Sufría muchos sufrimientos un poeta romano, hasta el punto de que hubo de aposentarse como limosnero a las puertas de Roma, donde padecía escarnios, hambre, frío, y otras desgracias.
Pasó un día Mecenas y, observándolo, dijo: Acompáñame, que yo te pondré en situación de que puedas alimentarte a ti y a tu verso, sin necesidad de perder tu talento en los menesteres cotidianos.
El sufriente poeta contestó: Disculpa, oh gran Mecenas, que rechace tu dádiva y te ruegue que a otro ofrezcas tu ayuda. Mucho agradezco tu generosidad. Pero yo escribo sobre lo que siento. Mi escritura, fruto de mi sentir y mi pensar, es mi alimento. ¿Y cómo, y qué, escribiría si no sintiera el hambre y la sed, los rigores de la injusticia y la desdicha, la lluvia, el frío, la maldad y la bondad... ¡Escribiría sobre lo que desconozco! ¡O enmudecería! Perdona mi soberbia...
Pero Mecenas, comprendiendo que el poeta rechazaba su destino porque creía ser su dueño y no su esclavo, lo convirtió en el blanco de sus iras.
Estaba Amada en la antigua almena de su ciudad oteando el horizonte para abrazar a su Amado en cuanto lo divisase; y este se acercaba en su alazán para recogerla y cabalgar hasta el paraíso de su amor. Tanto deseo tenían el uno del otro que olvidaron beber en el oasis y murieron de la misma sed que los empujaba hacia el abrazo.
En el principio el uno se hizo todos y fuimos separados de las bestias. Una incipiente Nada Oscura urdió la conciencia de que éramos distintos a las piedras, al árbol y a las aguas. El mundo era mayor que nuestra mente: somos una respuesta que pregunta. Alguien dijo que el nombre del misterio era Divinidad, Arcano, Magia. Primero fue la tierra, luego el cielo aclarador de todos los enigmas. Un cosmos sin principio o transmutable, un bigbánico tiempo atemporal, una causa incausada -¿pero cómo?- en un lugar sin límites- ¡y cómo si todo espacio y tiempo necesitan otros en los que ampliarse eternamente y no hay eternidad que sea eviterna! Todo se concertó contra nosotros. La tormenta dispuso sus arietes y nuestro nombre fue el de antagonistas. Puntas de hueso, pedernales, hierros, obsidianas y flechas, fuegos, odios... todo fue un enemigo de la vida, el tasajo carnal de nuestro espíritu. De pronto el corazón fundió pasiones, carnalidades y espiritualimos, concupiscencias físicas y síquicas, bienes todos mostrencos del amor. Un insomne cometa me arrastraba. Yo me introduje en mí titaneando como un saurio de luz, como una antorcha seduciendo cavernas y aerolitos. Y encontré un monstruo que he llamado yo. Preguntas sin respuesta me acosaban. Así brotaron las mitologías, las babeles y las cogitaciones. Las brasas del dolor incandescente me efigiaron el rostro de Caín. Somos una respuesta que pregunta.