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jueves, 8 de agosto de 2019

Antologías


Schubert: Momento musical nº 3

Puesto que poco queda de lo mucho que hubo en otros siglos, las antologías, aun a riesgo de equivocarse, debieran dar muestra de lo que debe haber, no de lo que hay. Sin embargo el criterio selectivo es suplantado por el representativo de los gustos del público, con lo cual, como este adolece de mediocridad -factor común de la humanidad, mal que nos pese­- se antologa lo banal y perecedero.
Tal labor de mostrar lo que hay corresponde más acertadamente a las revistas, periódicos y blogs, volanderos y volátiles por principio. Lo cual no exime de la más estricta selección para que no se oferte como modelo lo que, futuriblemente pero no con gratuidad, exhiben la falta de autocrítica autoral y la irresponsabilidad del editor.

miércoles, 7 de agosto de 2019

De la autoinsuficiencia


Mansell: Réquiem por un sueño

1.- La libertad es el principio y fin de nuestra dignidad. Ser libre significa habernos forjado una conciencia lo suficientemente propia como para enorgullecernos de nuestros aciertos y no acusar a nadie de nuestros errores: de este modo, desamparados de cualquier providencia y dueños de nuestro destino, nosotros elegimos el fin, el camino y el método. 
     Aunque, si bien lo consideramos, más que ser libres, pretendemos que nos dejen en paz para hacer lo que nos plazca, sin deudas éticas ni responsabilidades. 
     Decimos que nuestra vida es nuestra, que nuestro deber consiste en no dejarla esclavizar, y que nadie tiene derecho a entrometerse en ella. Añoramos compañía; pero no estamos dispuestos a pagar su tributo. Nos sentimos solos entre la multitud; y maldecimos el mundo porque no nos trata como creemos merecer. No obstante, nos proclamamos autosuficientes sin reparar en que rompemos las fronteras del egoísmo y la misantropía. Creemos que ese egoísmo nos conducirá a un ocioso bienestar, a librarnos de las obligaciones de la convivencia, a tener todo el tiempo para nosotros. En verdad, a los demás solo los necesitamos para que nos procuren esa irresponsable autosuficiencia.

2.- ¿No dependemos de nadie? Por lo pronto, reparo en que estoy escribiendo. Alguien se esforzó en traducir a signos el sentimiento, el pensamiento, la voz; y no fui yo. Alguien ideó instrumentos con los que grabar esos signos; y no fui yo. Alguien, a través de milenios, pulió piedras, cultivó helechos, inventó tintas, disecó pergaminos, construyó prensas, talló plumas... y tampoco fui yo. Alguien me enseñó a hablar, a pensar, a escribir... mientras yo comía y bebía alegremente, preso en la beatitud de la niñez.

3.- Ahora, olvidado mi origen, voy al supermercado, a la farmacia, al quiosco de periódicos, aquí y allá, y allá y aquí, adquiero cuanto necesito y regreso a mi casa, cierro la puerta para defenderme del vecino y me siento a comer ante el televisor; y me digo que nada debo a nadie porque con mi trabajo pago lo que compro, lo que visto, lo que gasto. Sin embargo, detrás, delante o por encima de mi puesto de trabajo está el arquitecto que diseñó el edificio en el que duermo, el albañil que levantó sus muros, el forjador de hierros y ladrillos, el que hizo posible que iluminase mis noches con la luz, que escuchara una música o leyese un buen libro, el que instaló el teléfono, el agua y tantas cosas... Y detrás, o delante, o por encima, están los campesinos que sembraron semillas con unas manos que no fueron las mías; aquellos que recogieron la cosecha con unas manos que no fueron las mías; quienes acondicionaron su fruto con unas manos que no fueron las mías... hombres y mujeres, más hombres y más mujeres, muchos hombres y mujeres que pusieron a mi alcance cuanto preciso para mantenerme vivo, sano, confortable, hijo del bienestar, hermano de lo ocioso, padre de mi voluntad, dueño de una existencia libre para que pueda recordar, así, lo que me importa; o, incluso, olvidar lo que no me interesa tener en cuenta.

4.- Y aquí estoy porque he venido -¿o porque me han traído?-: con los pies dentro de unos zapatos de los que ya no puedo prescindir; vestido con una ropa de la que ya no quiero prescindir; viviendo en una casa de la que me resultaría difícil prescindir; ante una comida de la que me es imposible prescindir; rodeado de unas comodidades que me parecen imprescindibles; protegido por unos privilegios que considero imprescindibles; escribiendo que no necesito a nadie porque nadie es imprescindible. Yo, un liberado más; yo, nosotros, orgullosos sabios de la ignorancia que necesitamos imprescindiblemente creer que somos autosuficientes para consumar sin remordimientos nuestra insolidaridad. 

5.- Hemos echado a todo el mundo de nuestras vidas íntimas para que no las entorpezcan. Sin embargo, toda una muchedumbre se condensa en el guisante que acabamos de comer. Y, lejos de lo que pretendíamos, nos asedia un malestar: el de saber que somos reyes de una nada que llamamos yo, donde -como en la vida del ciudadano Kane- solo habitan la ausencia y la desolación. Porque nuestro íntimo nombre propio siempre es nadie si no significamos algo para alguien.
     Ojalá, para nuestra verdadera libertad y salvación, todos encontremos algún alguien que nos quiera como nos queremos a nosotros mismos.


martes, 6 de agosto de 2019

El músico redentor

Coro de 10.000 voces
            
 Del autor, no del lector (La Novena)
   Grandes directores de orquesta ha habido y hay en la actualidad. Tal vez deba considerarse a Mendelsohn, primer reivindicador de Bach, el primero de ellos. Otros muchos compositores esgrimieron la batuta, no siempre con fortuna, porque el ardor de la composición no es el mismo que el de la interpretación.
     Schumann, Lizst, Wagner, Malher,Strawinski, Boulez, por ejemplo. Uno de estos directores actuales es Eliot Gardiner, quien, al frente de la Orquesta Revolucionaria y Romántica, propone interpretaciones heterodoxas y ha hecho una revisión de buena parte de Beethoven. Pero los experimentalismos, que sirven, ante todo, para ahuyentar el academicismo y recordarle a la tradición su verdadero sentido, no siempre tienen más fruto que el ya dicho.
          Acabo de escuchar “La Novena” ejecutada -en el doble significado de la palabra- por Gardiner y su Orquesta. Parece que la empresa discográfica hubiese impuesto un minutaje para la grabación; y el director ha escogido un “tempo” tan rápido como el de los aurigas de “Ben-Hur”. O tal vez ha querido darle a la Sinfonía el aspecto agresivo del rostro de Beethoven. Lo cierto es que ha deteriorado en buena medida la soberbia fragilidad con que la partitura se acerca a los prados del cielo, porque los éxtasis son fugaces, no veloces. A veces estremece (pero, ¿cuándo no estremece el mejor Beethoven?), como cuando las cuerdas arremeten contra el barítono (demasiado “belcantista”) en su primera intervención (el popular “Himno a la alegría”), produciendo una sensación casi de impulso yazzístico. 
Furtwaengler
          Me recuerda este “experimento” de metrónomo histérico, por contra, la lección que el gran Furwaengler dio hace 70 años proponiendo una lectura casi en continuo “rubato”, más lenta de lo acostumbrado, desgranando cada nota sin que la diafanidad individual de cada instrumento mermase la trabazón del conjunto orquestal. El público aplaudió entonces durante media hora y es hoy una grabación histórica ejemplar. En esencia, Furwangler prefirió el “piu moderato” al “molto agitato” de Gardiner. (Compruebo si la ostentosa cabalgada sonora es capricho o método de este director y constato en la “Séptima”, conocida como la “apoteosis de la danza” por su ritmo, que no hay caballos, sino bisontes en estampida; en cambio, el adagio “fúnebre” de la “Heroica” lo convierte en una fanfarria patética). Las versiones de Toscanini, Klemperer, Masur o Bhöem, por ejemplo, buscan el  equilibrio entre esos extremos. No me gustan otras -como la de Karajan- demasiado “correctas”, lastradas por las trampas de los estudios de grabación. En cualquier caso, no hay quien desmonte la poderosa arquitectura de esta sinfonía, que junto a la “Tetralogía” wagneriana o tantas obras de Bach, elevan la música a su más alto esplendor.
Klemperer
          En el arte de la dirección y la interpretación musicales es donde podemos encontrar encarnada verdaderamente la realidad del “lector cómplice”, del receptor que acaba definiendo la creación propuesta por el autor –y respetándola. No es fácil saber cómo se interpretaban exactamente las obras antes de la aparición de los primeros registros. Hay directores, como Harnoncour o Marriner, que intentan acercarse a aquel sonido y manera utilizando instrumentos originales de la época. Pero, sin proponérselo, tal vez el mismo Beethoven -siempre el autor sabe más de sí mismo, incluso si se equivoca, que cualquier otro lector- aconsejó cómo quería que se oyese su inmensa partitura: el día de su estreno (7-V-1824), la orquesta acabó mientras él, sordo solamente de orejas para afuera, seguía agitando sus brazos, marcaba el compás, continuaba dirigiendo; hubo de ser el otro director -colocado detrás de él y al que, en verdad, seguían los instrumentistas- y la contralto quienes le indicaran que atendiese al público, que ya llevaba varios minutos aplaudiendo (*). 
Transcripción al piano 
No estaban permitidos en aquel tiempo más de cuatro vítores, que eran los que se ofrecían a la familia real en sus apariciones. No obstante, ante la consternación de los funcionarios y la policía, fueron cinco salvas de aplausos las que no pudo oír aquel gigante. Sin duda, en la mente de su creador, “La Novena” continuaba sonando y haciendo tañer lentamente el armonioso rumor de las estrellas. Fue -es- esta una demostración emblemática de que una obra es del autor, no del lector.
              De particular interés me parece resaltar que Beethoven le dio la vuelta al significado del poema de Schiller (acabo de caer en la cuenta, hojeándolo), con lo que la alegría, lejos de ser un regalo de los dioses, se convierte en una conquista de los hombres a través de la solidaridad. Y eso, en un hombre religioso como era nuestro gran escrutador de las armonías del universo, es todo un ejemplo de independencia y modernidad. De su grandeza y popularidad, a pesar de su carácter bronco, dan idea las más de veinte mil personas que asistieron a sus funerales y las palabras del poeta Grillparzer ese día: Cuantos vengan detrás de él tendrán que empezar de nuevo, porque ha llevado la música a los mismos límites del arte.
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(*) La inclusión de voces no había despertado más que malos augurios. Pero su éxito hizo que otros muchos continuaran esa fusión sinfónica de voz y orquesta -principalmente, Malher-, y que incluso Schoenberg agregase la voz a su segundo cuarteto. 

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El vals

Berlioz: Sinfonía Fantástica

Pavana para una infanta difunta

Rachmaninov

Pinos de Roma

Variaciones sobre un tema caballeresco


lunes, 5 de agosto de 2019

Lecturas imprescindibles: Los miserables


Arvo Part: Cantus in memeriam B. B.


Un lector quiere comprender la sociedad, sus relaciones, sus problemas, cómo desenvolverse en ella, qué puede darle o recibir. Y acude a manuales de sociología. 
     Error, o mal comienzo. Lea Los miserables, por ejemplo -o a Dickens, por ejemplo-.   
     En todos los tiempos ha existido la literarura "social", comprometida. Los poetas civiles españoles de los años cincuenta, por ejemplo: y siempre caen esos autores -que quieren transformar el mundo con las ideologías transformadas en palabras- en retóricas buenas intenciones que, a lo más, quedan como documentos sociológicos, no como buena literatura ni logro social.
     Porque para escribir un buen poema -pintar un buen cuadro, componer buena música- primero hay que ser buen poeta, buen artista. Y no se es -ni artista, ni bueno- por utilizar la pluma, el pentagrama o el pincel. Hay que sentir lo que se piensa y pensar lo que se escribe idóneamente. 
     Los miserables es un gran ejemplo de arte social, y escritura individual, porque Victor Hugo era un creador, no solo un concienciado. Supo amalgamar ética, política, justicia, injusticia, religión, rebelión, caracteres humanos... con sabiduría narrativa. Por eso la aventura de su protagonista Jean Valjean y el pueblo oprimido tiene tanta vida que el lector la siente como válida y verdadera. Y sale del libro -igual que de otros similares- como de la piel de un hombre al que acaban de azotar y sigue luchando por la libertad.
     La lucha de un ser humano por redimirse y convertirse en un hombre bueno en medio de un mundo de malvados y miseria. Un friso gigantesco que incluso apreciarán los lectores amantes de los macarrónicos novelones de hoy en día.

Lecturas imprescindibles

Lecturas imprescindibles, 1

Lecturas imprescindibles, 2 (Orwell)

Lecturas imprescindibles, 3 (Saint-Exupéry)

Lecturas imprescindibles (17): Dorian Gray

domingo, 4 de agosto de 2019

El abrazo al fracaso

Chopin: Vals "del minuto".

Durante años Lula respetó, admiró y casi se enamoró de Cálamo. Ella insistía afectuosamente y él se negaba con el mismo afecto; eran muchas cosas las que los separaban. Lula le decía que años, distancias y demás paredes eran solo nombres del miedo, que había que derribarlas y dejarse llevar, que no hay que temerle a la vida y que la prudencia y el futuro son cosas de cobardes que no se atreven a vivir el hoy, que es la única patria que conocemos y hay que defender ...
     Pero no: todo lo vence el amor menos el hecho de que la realidad es invencible: que "todo lo arrasa el tiempo con su furia". 

jueves, 1 de agosto de 2019

La soledad poética



Schumann: Adagio (2º Sinfonía)

Una de las causas de alejamiento entre los seres humanos consiste en la dificultad o imposibilidad de compartir sus identidades. Todos tenemos un espacio interior en el que apenas cabe el otro; y sin embargo el otro lo pretende invadir porque entiende que en eso consiste la entrega: en el desnudamiento y mutua ofrenda de la intimidad. 
     Pero no: dos personas pueden aunarse en una sola para complementarse, no para desindividualizarse. El yo íntimo es el territorio cuyas fronteras, por leves que sean, no se pueden transgredir. Hay muchos que no lo entienden, o no lo aceptan: y se rompe la convivencia, se acaba la amistad, se quiebra la pareja. La soledad consiste precisamente en la falta extrema de sintonía con los demás: en el ensimismamiento absoluto, rayano en lo autista: en la comunicación exclusiva consigo mismo. Cuántos abismos celestiales surgen de la tortura del autoconocimiento.
     Y sin embargo, ese es el territorio del poeta, y el artista, a la clásica usanza. 
     (El mal de la poesía actual radica en la desaparición de ese ensimismamiento -bueno para la vida cotidiana, destructor de la lírica ajena al tiempo-. Un "poema" de hoy -o un cuadro- ya no es consecuencia de un modo de sentir individual y metafísico, sino del eco del grupito tertuliero, triunfalista y superficial al que se afilia una mayoría en la que el yo esencial ha desaparecido -devorado por el circunstancial-).