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domingo, 31 de julio de 2022

Por una elevada senda.

Wagner: Lohengrin

Hace años. Una noche salí a perderme en medio de la noche. Sentado, contemplaba la muchedumbre buscando su individualidad perdida en este mundo en el que han desaparecido las identidades. Me sentía solo bajo las estrellas, como tantas otras veces. Y quise gritar, decirme algo. Lentamente, fueron apareciéndome, verso a verso, los que luego conformarían este poema:

Si yo supiera decir
cuanto, sin palabras, dice
mi corazón a las cosas,
al mar y al viento, a la lumbre
de los íntimos sentidos
que me escuchan y responden
como la piedra a la piedra
y el agua al agua, o la luz
al puro ensimismamiento,
mis labios pronunciarían
los secretos y vislumbres
que el alma guarda en la sombra
desde el principio del tiempo
y que tan solo conocen
la flor, el pájaro, el alba,
esos instantes ocultos
como dones misteriosos
en los que se transfigura
el anhelo en realidad,
la claridad en pureza.
Entonces, la clara bruma
del presagio estallaría
como una revelación
en la estancia donde habita
mi ser esperando ser
inmensidad, transparencia.
Y con los ojos cerrados
abiertos hacia la luz,
contemplaría los fuegos
y los glaciares que agitan
el espíritu y lo elevan
allí donde la pluma se detiene.

Como suele ocurrirme, los versos surgían igual que telegramas mentales, y cada cinco o seis me los repetía para no olvidarlos, junto a los anteriores. Luego suelo esperar dos o tres semanas, y si la memoria sigue repitiéndomelos deduzco que quiero decirme algo que me importa demasiado. Entonces, los escribo. 
     ¿Qué me decía a mí mismo en ese texto? Que hay un territorio en nuestra mismidad, pleno de misterios y revelaciones, al que apenas tenemos acceso y que es intraducible al pensamiento. Que lo esencial es invisible para la pluma; que la palabra no está capacitada para expresar todo lo que sentimos; que la plenitud y la clarividencia están "allí donde la pluma se detiene" porque se sabe impotente para reflejar el pozo visionario al que se asoma.
     ¿Es la palabra una herramienta inadecuada para nombrar cuanto somos? ¿Es incapacidad de quien escribe? ¿O verdaderamente existe la inefabilidad y el nombre de ciertas cosas es el silencio verbal? Recordemos el "rebelde, mezquino idioma" del que se quejaba Bécquer porque no consigue sino ser eco del "un no sé qué que queda balbuciendo", que constata Juan de Yepes.
     Me pareció curioso que el último verso, por ser endecasílabo, cerrase, como un aldabonazo inesperado, la serie de octosílabos que le precede, combinación esta inusual, y aun arrítmica. Seguramente porque quería resaltar formalmente el contenido: la imposible o chirriante relación entre emoción y razón, anhelo y logro. 
     Todos sentimos una estancia oscura en nuestra identidad oculta que se asoma a las barandas de nuestra conciencia por una grieta y nos permite entreverla. Es la irracionalidad queriendo formar parte de nuestro yo racional. Y solo a veces la palabra consigue ser testigo de esa fuga emocional del paraíso o el infierno que habita en nuestro ser. Para ello hay que mirar hacia arriba, hacia el tabor de nuestra inmensidad indescifrable. Tal vez por eso titulé el poema, "Por una elevada senda", tangente con la mística.
     Y porque sé que la música es la única palabra que expresa lo inefable.

Escuchar el poema

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martes, 26 de julio de 2022

Ana Belén Rodríguez de la Robla: El himno en la elegía

Libros
'El Himno en la Elegía'
Antonio Gracia, último Premio 'Alegría', firma un poemario impecable. El alicantino, tras un largo silencio, logró el galardón del Ayuntamiento de Santander
PREMIADO. El poeta Antonio Gracia. / SE 
     QUINTANA
  Diario Montañés

La resolución de los premios literarios nos depara de vez en vez sorpresas agradables. Tal ha sido el caso del último 'Alegría', Premio Internacional de Poesía convocado por el Ayuntamiento de Santander, que en esta edición ha dado la oportunidad de aproximarnos a la obra de Antonio Gracia -un alicantino bien conocido en el contexto literario mediterráneo- mediante la publicación del libro seleccionado por el Jurado: 'El Himno en la Elegía'.

El 'Himno en la Elegía' es un poemario que continúa una trayectoria de publicación prácticamente compulsiva por parte de su autor en los últimos años, después de un sostenido y voluntario silencio que comenzó en 1983 ('Fragmentos de Identidad' fue el libro inmediatamente previo a este mutismo) y que no se ha roto hasta 1998, con un título revelador: 'Hacia la Luz'.

El 'Himno en la Elegía', como libro, como aportación literaria   e incluso meramente como título, es un oxímoron. Es un libro de contrastes. Un libro de exaltada resignación, de vitalidad morigerada. Un libro en que la idea de la temporalidad, que conlleva la de la muerte, deviene fundamental en la contemplación de los objetos y el entorno, que así protagoniza un casi involuntario carpe diem («Esta luz de las cosas/ surge de su contemplación»). La contemplación, entonces, se hace única excepción posible de esa muerte: la vida -como para Le Parc el arte- se inicia en la mirada, y en ella termina. Fuera de la voluntaria contemplación -una tregua, en realidad, en el curso del mundo- todo es finitud, aunque sin aspavientos ni tragedias («El horizonte ofrece/ podredumbre, algunos sueños,/ la materia letal de las criaturas»). Y máscaras, también; el fingimiento de que otra realidad -la belleza inmaculada- podría ser posible, de no ser por su imposibilidad absoluta («Está el dolor callado. Finge el cielo/ palomas en la noche»). En el deseo obstinado de vadear esta corriente ineludible es donde la muerte se agazapa («y el anhelo es la muerte que nos damos»).

Como contrapunto necesario a la elegía, el himno hace su aparición, a modo de intermedio, en la segunda parte del poemario. Es la espalda del poeta quien escribe, todo lo que quedaba en la estación primera fuera del alcance de la vista y la memoria, toma ahora la palabra, y se deja así un lugar a la esperanza y la belleza («Toco el agua, la rosa, el horizonte./ Siento la vida./ El himno de la tierra emociona a los pájaros»). La fuga cruel del tiempo se adormece, el mundo se entiende renacido, y su prístino esplendor, como una droga, aplaca la violencia del recuerdo («Así escribe, en sosiego,/ el manuscrito del futuro. Y canta/ cada instante a la luz y a la alegría,/ como si la tristeza no existiese/ y el mundo fuera un niño»).

La tercera y última parte se edifica sobre el encuentro y la armonización de las dos previas, que conciliadas de este modo, dan paso a una introspección del autor y a su asunción del horror y la esperanza confundidos. 

Presencia musical.
Resulta interesante el protagonismo, más intenso aquí que en los versos precedentes, de la música como manifestación de las evoluciones caprichosas y a la vez artísticas del mundo; es casi el reconocimiento de una perfección de lo imperfecto: las notas templadas de la vida, los arpegios de los pájaros, el canto que bellamente sustituye («facsímil de la luz») el florecimiento de las cosas. La música, además, sabe entrelazar en su discurso las emociones encontradas, como en 'Köechel 626', que de forma gráfica nos remite al 'Réquiem' de Mozart («Recita el violonchelo su congoja/ anhelante, y esparce su alegría/ la vigorosa suavidad del alma./ Atraviesa la muerte la cadencia/ y su magia se eleva: un manantial/ brota entre las estrellas, luminoso»).

'El Himno en la Elegía' es, en resumen, un poemario de exposición de conflictos interiores resueltos con serenidad anímica y recursos formales equilibrados e impecables, lo mismo en ritmo que en selección léxica, que incita a encontrarnos con nosotros de la manera en que el propio autor ejemplifica: «Yo me siento a la orilla de la tarde,/ cercano a alguna fuente,/ y procuro callar y sonreír/ como si fuera a hablar, por fin, conmigo».


lunes, 25 de julio de 2022

Contentarse con poco

 


Me sorprende el hecho de que cada nueva obra despierte admiración y gran aplauso. 

¡Pero si la memoria es un filtro de lo bueno, no una acumulación de lo malo!


Lecturas imprescindibles, 14


Versión 1950

Versión 1990

La palabra es el rostro de los hombres. Si es así, pocas obras encarnan ese criterio como Cyrano de Bergerac, el caballero feo que enamora con su decir hermoso. Su autor, Rostand, escribe una obra en la que se considera cuál es el mayor valor: la belleza del cuerpo o la del alma -y, por ello, la inteligencia o la frivolidad-. 
     Todos deseamos -necesitamos- ser amados. Por eso quien da o dice sentir amor, lo despierta. Es la palabra de Cyrano -la sensibilidad, la inteligencia, que es el mayor afrodisiaco- lo que ama Roxane, no al hermoso galán que la corteja sin el verbo). 
     El amor es ilusión, esperanza de que se cumpla el sueño. El amor es el verbo, la palabra que lo pronuncia. Esta dice lo que pretende hacer quien la formula y hace soñar a quien la escucha. La palabra es en sí una promesa que ejerce la fascinación de su cumplimiento con solo pronunciarse. Pero es también una distancia entre lo prometido y lo que se realiza. Quien domina en el arte de decir tiene el poder sobre el otro. Subyuga porque ofrece y da un misterio. Doña Inés dice que Don Juan posee la “palabra seductora”. Cyrano, por su fealdad física, se ve condenado a gozar con el cuerpo del otro lo que conquista con su espíritu verbal.
     El corazón se enamora más por el oído que por los ojos: no atrae tanto la belleza física como la verbalidad convertida en profecía de felicidad. Por eso los grandes amantes, más que hermosos, han sido grandes decidores, grandes magos de la palabra susurrante. 
     Es esta una obra que ensalza la palabra como poder conquistador. 


Cyrano de Bergerac. Completo

viernes, 22 de julio de 2022

Este país está afónico!.

Tchaikoski: Patética


- ... Entonces... ahora somos un país sin idioma!

- !No! Somos una nación con muchas lenguas y muchos deslenguados.

- ¡Weno! Decía Goethe que "un hombre es tantos hombres como idiomas habla". Ahí tienes: castellano, español, cataluño, galicio,  Extremaduro, norteño, sureño, albaceteño, murciano, oriolano, gringo, etcétero ...

- ¿Y no será mejor aprender a hablar bien aunque sea uno solo?

- ¡Para lo que hay que oír!

- Culturalmente se pueden conservar todos, como un tesoro; pero los idiomas, como seres vivos que son, se transforman, mueren, nacen... y la sensatez dicta que debería utilizarse el más convivencial. Fue Alfonso X el Sabio quien decidió la lengua de esta patria tan de todos y de nadie. ¡Si se quiere tijeretear la Historia otra sería el habla de los hispanolatinos, por ejemplo...!

- ¿Y no sería más mejor reinsertar el inglés que se hablaba en Roma y Atenas hace dos milenios?

- Aquello no era inglés. Era valenciano en pruebas de imprenta.

- ¡Pues yo independizo mi barrio, lo llamo Nazión y promulgo como lengua oficial el vikingo de Nigeria!

- No; porque esos señorones que se sientan en el Kongreso quieren las peleas para ellos solos, y para ser corrupto y poder estar allí primero tienes que ser elegido por tus méritos: por ejemplo, que tu mano izquierda no sepa lo que roba la derecha. 

- ¿Y no se dan cuenta los patriachiquistas chovinistas que vamos hacia un país, una comunidad autónoma universal, en donde no caben los "pelos de la dehesa"? ¿No es egoísmo querer que todos sean para uno en vez de sumar el uno para todos? 

- ¿Y en qué lenguaje hemos estado hablando durante las últimas décadas?

- Tá klaro: nel de los sordos!


jueves, 21 de julio de 2022

Púlsame

Púlsame>>>

Escrituras metapoéticas

El Cuaderno

Jul 20

«El subconsciente siempre sabe más que la conciencia. Por eso el poeta romántico que hay en todo poeta pretende liberarse y asoma una y otra vez entre los aherrojamientos a que lo somete la objetivación del azar». Un artículo de Antonio Gracia.

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martes, 19 de julio de 2022

Mintientes ("Porque lo digo yo")

 Aquel que dice poseer la verdad es el que más miente.

El astro enfebrecido.


En varios textos y ocasiones he dicho que el mundo tuvo la mala fortuna de seguir a Platón en vez de a Epicuro: porque aquel condenaba lo material -y por tanto, el cuerpo humano- considerándolo un entorpecimiento para la trascendencia, mientras que este defendía el placer interior como demostración de la conquista del sosiego -y no como prosaico hedonismo-. 
     Eso me lleva a traer aquí el poema titulado "El astro enfebrecido", en el que se muestra el cuerpo como rostro de la infinitud del Universo y puerta hacia la trascendencia. 
     El lector avisado no se contentará con ver en él una invitación a la carnalidad, sino que observará la exaltación de los sentidos, perceptores, mediante el erotismo, de la sensibilidad más metafísica y de la semilla de la identidad cósmica: eso que nos permite aceptar el verso "yo soy el Universo".
     Como la voluntad inconsciente -forjada por tantas voluntades de la conciencia- pretendía que mi pluma expresase lo que el acto creativo necesita decir, el poema fue fluyendo inexorablemente hacia una determinada disposición, y no con otra. Y así, su estructura es la siguiente, o esa veo ahora: 
     1.- Una primera parte (versos 1-16), la más extensa, en la que una serie de verbos en imperativo (que se continúa en todo el texto) invita a contemplar algunas partes del cuerpo por las que accedemos a la naturaleza física, síquica y cósmica: "mira los ojos", "observa esos labios", "siente el cuello", "escucha el corazón", "contempla el epitelio".
     2.- Una segunda parte (versos 17-29) en la que se subrayan las consecuencias trascendentales de tal contemplación: que el cuerpo es la "humana simetría", un diseño o copia exacta del orbe: "mira cómo se ordena el caos"...
     3.- Una tercera parte, la más breve (29-32), en la que se desafía al lector contumaz a que afirme, ante esa verdad, que el ser humano es un error de la creación en vez de constatar que es la perfección y la entelequia de cualquier Artífice Supremo que se empeñase en crear la inmortalidad.
     Todo ello, y otras cosas, hacen del poema la conjunción de eros y tanatos, la pulsión amorosa y la rebelión contra la muerte: un emblema de todo cuanto he escrito.

EL ASTRO ENFEBRECIDO 
                                                                                          (palimpsesto sobre T. M.



MIRA los ojos: cómo transparentan
la luz del universo, donde el alma
es infinita; observa, enfebrecidos,
esos labios, por los que emerge el mundo. 

Siente el cuello, que yergue la cabeza 
y se abre sobre el pecho como un río 
apaciguado; escucha el corazón,
su músculo sonoro, su sangrienta 

geometría, el cúmulo de gárgolas 
ardientes; y las vísceras añiles 
enrojecidas por la voluntad 
de la creación; los vasos y los filtros 
ordenados en mágica armonía. 
Contempla el firmamento esplendoroso 
del epitelio cósmico interior, 
las mil estrellas que el cerebro fragua. 
Mira cómo se ordena el caos; mira 
cómo surge la nada y se transforma 
en cálida materia inteligente; 
y cómo se dilata en los pulmones
y se expande en la rueca de la vida 

hacia el pubis sediento. Observa, palpa 
la humana simetríahuele el tacto
de las manos, los muslos, la osamenta 
vestida con la carne que se burla
de toda podredumbre y canta firme
su exaltada salmodia, la lujuria
de la pura existencia incontenible,
irresoluble en muerte. Abraza el cuerpo
repite su clamor y niega entonces
la furia del vivir y su conciencia
de eternidad. 


lunes, 18 de julio de 2022

RECONSTRUCŢIE Reconstrucción

 

Vangelis: La conquista del paraíso

RECONSTRUCŢIE

Eu nu sunt cel ce am fost pentru ca aceste versuri
să-mi răscumpere memoria în această noapte
de gingăşie şi încetineală a sufletului.
Nu există nimic care să-l poată învia 
pe cel ce a îmbrăţişat cândva moartea.
Versurile mele îmi înapoiază un străin
care vrea să mă înlocuiască cu povestea lui 
abandonată într-un ieri de demult.
Ce singurătate locuiesc în aceste vremuri
în care, după ce am trăit, trăiesc un mort
şi creez pe cel ce simte acum, gândeşte
şi scrie această elegie,
sau această odă fără sfârşit.
Ştiu bine că cel ce zvâcneşte
în cuvântul meu este cineva care nu există 
şi pe care numai îl cunosc
în timp ce scriitura făureşte materia.
Eu sunt cel ce renaşte vers după vers,
sub pana rătăcitoare
singur cu visul meu şi cu adevărul lui.
Sunt cel ce doreşte să fie mai mult decât ce-a fost.


Reconstrucción (Identidad)  

Yo no soy el que fui porque estos versos 
rescaten mi memoria en esta noche
de suavidad y lentitud del alma.
Nada hay que resucite
aquello que abrazó la muerte un día.
Mis versos me devuelven a un extraño 
que quiere suplantarme con su historia,
abandonada en el profundo ayer.
Qué soledad habito en ese tiempo
en el que, pues viví, vivo difunto
y voy creando al que ahora siente, piensa
y escribe esta elegía
o esta oda sin fin.
Sé bien que aquel que late
en mi palabra es alguien que no existe
y al que solo conozco
mientras forja materia la escritura.
Yo soy el que renace verso a verso
bajo la pluma errante,
a solas con mi sueño y su verdad.
Soy el que anhelo ser más que el que he sido.
                        Traducción al rumano de Elena Liliana Popescu

viernes, 15 de julio de 2022

Fernando Llorente: EL HIMNO EN LA ELEGÍA


EL  HIMNO  EN  LA  ELEGÍA
Antonio Gracia
(Presentación Ateneo de Santander)
Fernando  Llorente

  1. Buenas tardes, en primer lugar quiero dejar claro desde qué posición voy a dedicar unos minutos, sin menoscabo del protagonismo que le corresponde a su autor, Antonio Gracia, a la presentación de su libro El himno en la elegía. De igual manera que, en ocasiones, escribo reseñas de representaciones teatrales sin otro aval que el que me presta el ser espectador o, de vez en cuando, pergeño textos para catálogos de exposiciones de pintura como mero visitante de galerías, del mismo modo presento ante ustedes este libro, ganador del último Premio de Poesía “Alegría”, en mi sola condición de  lector sentado a un extremo de un sofá. Así que, durante unos minutos, voy a hablarles más de mi libro como lector que del que ha escrito Antonio Gracia, si bien se da la casualidad de que uno y otro se titulan de igual manera.
  1. El libro consta de tres partes, que considero fácilmente intercambiables entre sí, es decir, que los poemas de cada una de ellas bien podrían figurar en las otras dos, lo que significa que el poemario presenta una estricta unidad, tanto formal como temática. En cuanto a la primera, los versos responden a una métrica en la que predominan los endecasílabos y heptasílabos, sin que falte algún poema en alejandrinos y que, de vez en cuando, nos salga al paso un eneasílabo. En cuanto a lo segundo, a El himno en la elegía lo trenzan los temas que son pasto del que la poesía nunca se ve harta, ni podrá verse, porque siempre han sido, y serán, sus lugares comunes, esos lugares que inquietan, y seguirán inquietando, al ser humano, porque no acaba, ni acabará nunca, de acomodarse en ellos. Por eso, porque el ser humano está necesitado de ella, perdurará la poesía. Sin que falten referencias a la propia escritura, como consuelo y, a la vez, frustración, o a la memoria, que no es fértil hasta que olvida, dos son los temas que yo quiero resaltar y que transitan por los poemas: el tiempo, por mejor decir, la temporalidad -tiempo que arrastra y es arrastrado por los acontecimientos, tanto de dentro como de afuera- y la naturaleza, su depósito perdurable, corpus poético transido de un espíritu, el anhelo, y soportado en un lenguaje directo, inteligible en sí mismo y en sus combinaciones, mas elevado a la condición de poético en alas de imágenes tan profundas en su sencillez como bellas, imágenes que no necesitan arriesgarse más allá del riesgo que ya contienen, el del vivir. Si así ven el libro mis ojos de lector, ven a quien lo escribió sujeto a una mirada presa de esa tensión en la que la reflexión se ve iluminada, no tanto por la intuición, que está en el principio de todo poema, como por una actitud íntimamente contemplativa que envuelve la intuición y la reflexión, de modo que la primera orienta a la segunda, y esta dota de sentido a aquella.
  1. Comienza el libro con el descubrimiento de que la contemplación de cuanto le rodea –y cito un verso- “convierte al hombre en un dolor que anhela”, que José Hierro dice así: “Llegué por el dolor a la alegría”, en el primer verso de su libro Alegría, que da nombre al premio que hoy celebramos. Es una contemplación desde lo hondo de la vida vivida, sentida, tanto por los sentidos hacia fuera, como con el sentimiento hacia dentro, desde la vida que, gozada y padecida, se resiste a acabar. Es esta contemplación una mística de los sentidos, en especial el de la mirada cuando ve. Es el éxtasis de los sentidos que se compadecen con el sentimiento de que si es imposible el anhelo de ser poseídos por la belleza, que ni siquiera permite ser tocada, sí admite, y sólo, ser contemplada para, a la mirada del poeta, crear el mundo a cada instante.
  1. La mirada del poeta tiene como adversario y, a la vez, cómplice, al tiempo, por  mejor decir, la temporalidad, por cuyo lecho, quieto, discurre la vida imparable. Si es verdad que el verso con el que finaliza el poema “El leve paraíso” dice que “la muerte es el fin que hay en todo principio”, no es menos cierto que  la lectura del poemario me muestra el tiempo como una sucesión de principios y finales. Los finales no son sino principios de otros momentos que buscan su final, como la noche sigue al día que, cuando acaba, se encuentra con la noche. Dicho de otro modo, el poeta dirige sus versos hacia el fin del tiempo, pero sin perder de vista el origen a lo largo del trayecto, de modo que el término coincide con el comienzo. No es lineal, sino circular la vivencia que de la temporalidad late en los pliegues del poemario, así como la de que el tiempo, sin dejar de ser destrucción, es también creación, pues es en él donde se forjan los anhelos, lo que confiere al poemario un moderado componente existencialista, si bien modulado por un delicado lirismo, por el que la vida es una sucesión de anhelos insatisfechos, pues siempre nos asalta  un nuevo anhelo por satisfacer, una vez satisfecho el precedente, algo que nos mantiene sumidos en el desconcierto y la perplejidad, se mire hacia fuera o hacia dentro, hacia delante o hacia atrás, hacia arriba o hacia abajo, pues arriba y abajo, delante y detrás, dentro y fuera son lo mismo en ese río de la vida que en su corriente arrastra los anhelos, siempre bellos por deseables, pero no para aniquilarlos en un final, sino para disolverlos en el tiempo haciéndolos interminables. Pudiera atisbarse entre los versos un hueco para el pesimismo, pero, en cualquier caso, compartido con la ilusión de que sí hay otra vida, pero  que está en esta, como lo prueba el hecho de que entre las ruinas de la vida hay vida, como los despojos de la belleza son bellos.
  1. El ritmo al que se mueve la existencia hacia delante, hacia el fin, sin dejar de mirar hacia atrás, hacia el principio, es el que marca el latir del corazón, y que no es otro que el ritmo que, a través de la naturaleza, mueve, no ya al mundo, sino al Universo todo. Este libro es un encuentro del alma del poeta, que rezuma por la piel y se hace palabras, con el alma del mundo, encarnada en la naturaleza, en todas sus posibilidades de manifestación. La naturaleza es el templete desde donde el coro de su diversidad  entona el himno de la vida, del que la muerte forma parte de la letra y que junto con los avatares que la traspasan hay que bailarlo. Se trata de un estado del espíritu que anhela la armonía con el cuerpo, con la naturaleza, con el mundo, con el universo. La naturaleza que es de todos y todos somos de ella pone música a la letra de cuanto se pierde, que es de cada uno. Y el himno no dejará de sonar mientras haya una mirada que ilumine el mundo, el pequeño mundo personal de grandes anhelos universales, y se deje iluminar por él. Contiene el poemario una cierta carga de irracionalismo, por el que el éxtasis de los sentidos se sostiene en los afectos del corazón y en los impulsos de las entrañas, más que en la lógica de la razón y en los razonables deseos de la voluntad, si bien irracionalismo atemperado por una palabra poética moderada, serena, sin exaltaciones.
  1. Contraviniendo mi propia presentación, y metiéndome en los amplios y ampulosos territorios de estudiosos y críticos, en lugar de mantenerme en la escueta parcela del lector, quiero escuchar en la voz propia de este libro ecos de los poetas Francisco Brines y Antonio Colinas. Del Colinas que, igualmente puesta la vista en el origen mientras avanza, humaniza la naturaleza al tiempo que naturaliza al hombre. Del Brines que con palabra serena reflexiona sobre el estar en el mundo viviendo pequeñas muertes a la sombra del tiempo y a la luz que filtran los olivos. Al fin, Colinas, Brines y Antonio Gracia, mediterráneos, por más que Colinas sea Leonés.

7. Pero no me hagan caso. En esto de los parecidos ya se sabe, para unos la criatura se parece a la madre, para otros al padre, y no faltan quienes remontan el parecido a un lejano antepasado del que se conoce una fotografía. Ejerzan de lectores, búsquenle ustedes mismos el parecido, después de haber degustado todas sus palabras, los gestos que sugieren, las emociones que avivan y háganse, sin intermediario, su propia presentación de El himno en la elegía. Ésa es la que vale. Muchas gracias.


                                                        Fernando  Llorente  (Noviembre, 2002)



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Escritos sobre el autor


jueves, 14 de julio de 2022

Amor: lealtad y egoísmo.

 

Purcell: Lamento de Dido

Todos tenemos un espacio interior que debemos llenar para sentir satisfechas nuestras vidas. Nuestras relaciones físicas -padres, hijos, amistades, músicas, libros... - se traducen en sentimientos con los que llenamos ese espacio. 

Cuando desaparece uno de tales elementos nos desestabilizamos y es preciso sustituirlo por otro similar para que nuestra mente coordine bien nuestra personalidad. Pero ¿cómo sustituir a un hijo? ¿Cómo no entender que el hijo es más significativo que el marido, el hermano, el amigo, el amante... con el que tratamos de paliar la ausencia? 

Igual ocurre con la amada, el amado. ¿Cómo evitar que la persona desaparecida nos siga doliendo en la sustituida, a pesar de todo y por mucho que aminore nuestro dolor?

El instinto de supervivencia nos empuja a continuar: quien ha sobrevivido a la pérdida -muerte, abandono...- se aferra a cuantos de su alrededor lo comprenden y, entre estos, a aquel que sintoniza más con él. Este,  o esta, es consciente de que jamás logrará hacer olvidar al desaparecido; lo asimila y acepta ser un "noble sustituto", un receptor de afectos que no nacen de él ni van dirigidos realmente a él. Pero antes o después se duele de ser más un consuelo que un amor, un objeto que un sujeto. En ese instante puede convertirse en héroe solidario o en villano egoísta. 


martes, 12 de julio de 2022

Manifiesto de desidia.



5) El hombre ansía la comprensión del Universo, busca el sentido último de la existencia. Pero cuanto más sabe, más reconoce que jamás lo sabrá todo. 
4) Sin embargo, puesto que todo es posible, nada hay imposible; y, por lo tanto, tampoco hay nada definitivo: de manera que toda respuesta es un error o, en todo caso, una premisa para una conclusión provisional. 
3) Pero también: ya que el tiempo convierte lo posible en probable y esto en una realidad, cada vez estamos más cerca de la verdad. 
2) No obstante, ese positivismo vuelve a su cauce nihilista: porque afirmar que existe la verdad definitiva es tanto como negar la infinita capacidad interrogadora del hombre, limitar la infinitud de su mente y la inabarcabilidad del Universo. 
1) En resolución: si las posibilidades son innumerables y también sus probabilidades y realidades, todo es una sucesión de verdades sincrónicas, todo resulta ser una mentira fragmentaria. No existe un fundamento. Todo deviene en caos. 
0) Decidme ahora cómo apuntalar la existencia, cómo detener el suicidio, puesto que solo queda el escepticismo como única fe y todo sentidor reflexivo habita en los infiernos.

martes, 5 de julio de 2022

El íntimo lugar (Winterreise II)

Wagner: Idilio


El íntimo lugar

Acompáñame, amada: abandonemos 
este mundo que finge ser el nuestro
y nos oculta nuestra identidad.
Mira el árbol y el río, la cascada 
de gorjeos, la música del aire 
y cómo te reflejas en mis ojos. 
Déjame que te ame porque tú eres mi mundo 
y ámame porque soy tu único mundo.
No hay mas realidad que nuestros cuerpos.
Ellos nos dan el tacto 
de la vida, el perfume, los colores, 
el agua, el sol, la tierra, nuestra carne, 
que nos hace soñar con paraísos 
y dulces metafísicas. 
El resto es solo efigie 
de la caducidad y contingencia
que crean nuestros sueños. 
Nuestros pasos nos llevan a nosotros:
tú y yo somos, unidos,
la espiritualidad de la materia; 
y no hay otro horizonte. 
Tú eres mi redención y yo la tuya.
Este ramo de acebo y de sonrisas 
no lo puedo ofrendar al universo, 
a la belleza o a la eternidad 
más que en cuanto de todo ello hay en ti 
y en mí cuando nos abrazamos
y, como yesca y pedernal,
encendemos la mística del cosmos.
Amémonos como la carne al hueso.
El amor es el único gigante
sobre la tierra que parece un dios.
Solo el amor puede salvar el mundo.
Dame tu mano y toma tú la mía.
Dejemos que las cosas sigan solas 
su curso inexistente:
que no interrumpan nuestra soledad 
de únicos seres vivos
conocedores del dolor eterno
y, no obstante, gozosos, inmortales.
Si un día nos perdemos uno al otro,
recuerda este misterio de estar juntos,
la trabazón de dos almas y cuerpos,
el éxtasis que otorga la lujuria,
su ubicuidad de efímero infinito.