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miércoles, 25 de agosto de 2021

Breve imagen de Lope.



A. de Cabezón: Himno


                                   Breve imagen de Lope


         1.- La búsqueda de una nueva expresión poética durante el Siglo de Oro tiene tres hallazgos: GóngoraLope Quevedo. Góngora y Quevedo consiguen su propósito con tanta obviedad que Lope los envidia, sobre todo al primero, porque había encontrado lo que él con tanto ardor buscaba. Góngora y Quevedo, en sus diferentes y complementarias estéticas, se parecen en que subordinan la pasión a la cerebralización, el uno con fulgor y el otro con precisión. En Góngora destaca la sensorialidad; en Quevedo, la intensidad. Lope es menos intelectivo y la palabra que, tal vez, mejor lo define es la compulsión, el arrebato. Admiraría y odiaría entrañablemente a Góngora; pero su personalidad no le permitió ser el “poeta científico” que quiso ser. Lope se diseminó en millares de versos, muchos de los cuales conforman títulos tan formidables como las Rimas o El caballero de Olmedo.
        Por dos cosas es fundamental Lope: por ser no solo el reformador del teatro del Siglo de Oro sino el creador de nuestro teatro –sin olvidar cuánto le deben muchos extranjeros- y por haber sido uno de los primeros en trasvasar a su obra lírica su intimidad biográfica, sin caer en el cotilleo ni acogerse a la abstracción. Cuanto menos virtuoso se muestra más humano se manifiesta. Muchas son las confidencias de signo autobiográfico, las emotivas fisuras de su obra por donde se escapa el hombre olvidado del ágil y generoso versificador. En pocos autores la fusión de vida y obra es tan definitoria: ¿Que no escriba decís o que no viva?/ Haced vos con mi amor que yo no sienta, / que yo haré con mi pluma que no escriba. (“A Lupercio Leonardo”. Rimas); Porque amar y hacer versos todo es uno ("La Dorotea"); Es la locura de mi amor tan fuerte / que pienso que lloró también la muerte. 


       2.- Un millar de páginas suman las obras de Shakespeare. Por cada una de aquellas Lope escribió dos obras. Esa fecundidad -similar, en nuestro siglo, a las de Villalobos o Picasso- no impide la intensidad, aunque sin duda resta tiempo para la pulimentación. Ser prolífico no es un mérito y puede ser un demérito. Quizá por eso "La Dorotea", que hilvanó a lo largo de su vida, dedicándole menos espontaneidad que reescritura, sea una de sus mejores obras. A pesar de su facilidad -de ahí su fecundidad-, Lope aspiraba a la obra hermosa por trabajada, como afirma en varias ocasiones: Oscuro el borrador y el verso claro; La poesía ha de costar grande trabajo al que la escribe y poco al que la lee.
        Pocos autores tan clásicos como Lope. Y sin embargo -o tal vez por eso- de pocos se puede decir que su principal rasgo fue el anticlasicismo. Tal vez su vitalidad impulsiva fuese causa de sus fecundos errores y de sus ejemplares perfecciones. Potro es gallardo; pero va sin freno, dijo de él Góngora; y acertó. Pero incluso cuando Lope se desboca hay algo de esplendoroso en su desbocamiento; y cuando pone freno a su estampida consigue las más altas cimas de la expresión poética.
       Es Lope uno de los primeros que tiene conciencia plena de que el autor es un ser que se expresa en un habla diferente a la de los demás, de que la literatura es el habla superior de la lengua. Ahora bien: ese habla puede adolecer de extremista y caer en la vulgaridad o en la pedantería. Fue Lope un buscador del poeta artista versado en todas las artes, el autor que concibe la obra como un tributo a la inteligencia y la sensibilidad, depositarias de todos los saberes. Sus tecnicismos son consecuencia de esa persecución, igual que sus ecos gongorinos. Afortunadamente, supo ver que las excelencias de una obra, su lengua, la construcción, estructura y demás diamantes y bisuterías, no son decisivas, aunque la determinen, de su permanencia -la vigencia-. Que solo si esos afluentes o manantiales conforman un diáfano, trascendente y perdurable caudal consiguen que el lector se bañe dos veces en el mismo río.


         3.- Ejemplar me parece Lope, como profundo y auténtico artista, cuando escribe humanamente, y menor poeta cuando pretende serlo. Sus poemas “mayores” rara vez consiguen el aliento lírico de su poesía íntima, cotidiana y experiencial, reflejo de su vida de hombre y no solo de poeta. Acertó Lope cuando tituló Rimas humanas una de sus colecciones líricas, porque nunca es mejor Lope que cuando se muestra como hombre que escribe y olvida al poeta “científico” que pretendió ser y cuya égida le arrebató el culto y cultista cordobés. Cuanto más íntimo y diáfano se manifiesta más universal y profundo es. La autenticidad vence el virtuosismo porque la espontaneidad cultivada supera en él al pretencioso culteranismo. Lope, a pesar de que supiera que las obras, como las paga el vulgo es justo / hablarle en necio para darle gusto, ni habló jamás en necio ni se conformó con el aplauso popular; buscó afanosamente el respeto de la élite. Tentativas como las Soledades o, luego, Altazor son La Circe y otros poemas “mayores”. En cuanto al teatro, pocas obras de nuestra lengua superan en lozanía y lirismo El caballero de Olmedo, en mi opinión, más perfecta, por su ausencia de frialdad expositiva, que las “perfectas” obras de Calderón. Porque cuando una obra hace vibrar la inteligencia y los sentidos es más humana y más artística que la que solamente enamora el intelecto.
       Tal vez Lope no creó ningún personaje como Pedro Crespo o Don Juan; pero sí reflejó mejor que ningún otro el personaje colectivo, la sociedad de su tiempo, el pueblo diseminado en tantas figuras de tantas obras y recolectado en Fuenteovejuna. Su espontaneidad le llevaba a reflejar la realidad, y sus personajes se corresponden con los de su época más que los más estereotipados de Calderón o Tirso, quienes agudizaron el honor o el carácter femenino, pero que no existirían sin la existencia de Lope. Tal parece que nunca se tomase el teatro como un verdadero camino para mostrar su genio, sino solo su ingenio: otros caminos, los de la lírica, bullían en su horizonte. Pretendió tal vez deslumbrar con sus poesías y quedó deslumbrado a su pesar, y pesaroso, al encontrar en Góngora la senda que él había buscado sin hallarla. Le sobraba a Lope vitalidad aunque no le faltase cerebro, que es lo que Góngora conseguía mantener frío para volver y revolver sobre su obra, pulirla, desmontarla, reconstruirla. Claro está que Lope corregía y volvía a corregir muchos de sus textos ("La Dorotea": ríete de poeta que no borra): pero eran tantos que no podía dedicar a la corrección el mismo tiempo que quienes escriben con pausa (Lope escribió 3.000 sonetos, tantos como todos sus contemporáneos juntos). De todos modos la humanidad podría pasar sin la obra de Góngora –aunque sea esta más brillante- mucho más fácilmente que sin la de Lope. Porque el arte sirve para mostrar la vida, no -solamente- el mismo arte. Lope representa la irrupción de la vida en la obra. ¿No constituyen lo más entrañable de Lope aquellos poemas que nacen de sus vivencias y aluden a ellas? Igual puede decirse de Quevedo, aunque intelectualice más su experiencia sin por ello extirparle el estremecimiento, las medulas que han gloriosamente ardido. A esa fusión de vida y obra se deben los saltos que hace Lope en sus poemas incluyendo episodios autobiográficos hogareños, más humanos cuando más despojados de “idioma literario” están:

                               Cuando Carlillos, de azucena y rosa
                               vestido el rostro, el alma me traía
                               contando por donaire alguna cosa...



      4.-   En Lope se aúnan como en ningún otro las dos inquietudes que contradicen al hombre y que lo identifican como tal: el deseo de creer en unas leyes sobrenaturales y la pasión de vivir cuanto la carne pide; la lealtad a un ser supremo que garantiza la ulterior felicidad y la imposibilidad de negarse la fidelidad a sí mismo como ser hecho de carne y hambre de vivencias; la carnalidad racional y la animalidad mística. Eso hace de su obra emblema de todo mortal que sienta la fiebre de la inmortalidad y la mordedura de la muerte. No es extraño que sus libros lleven por título “Rimas humanas y divinas”. La trascendencia de la vida que se sustenta de la algarabía de la sangre, clamorosa de sensualidad irreductible. Y ese fue Lope: biógrafo de su espíritu, confesor de sus pecados y sus arrepentimientos. Sus muchos amoríos, sus muchos hijos y sus muchos partos verbales hacen pensar en un hombre que todo lo gozó y todo lo sufrió. Sin duda, Lope ayudó al hombre, mediante ese confesionalismo, a comprenderse mucho mejor.
       A esta vía responden tantos poemas “humanos” y “divinos”: “Yo no quiero más bien que solo amaros”, “Ir y quedarse, y con quedar partirse”, Suelta mi manso, mayoral extraño”, “Resuelta en polvo ya, mas siempre hermosa”, “Es la mujer del hombre lo más bueno”, “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?”, “Pastor que con tus silbos amorosos”“Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro”.
       Bien pudo escribir Lope, como divisa de su vida y obra:

                              Versos de amor, conceptos esparcidos
                              engendrados del alma en mis cuidados,
                              con más dolor que libertad nacidos.

        A pesar de sus triunfos populares y personales, Lope fue un hombre íntimamente solitario; no son azarosos estos versos:

                              A mis soledades voy,
                              de mis soledades vengo,
                              porque para andar conmigo
                              me bastan mis pensamientos.



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