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viernes, 14 de enero de 2022

Tres esperanzas









Transcendence, de Samuel Wilson






Hay otras vidas
Hace miles y miles de millones
de años, en algún lugar del tiempo
y el espacio, ubicuos e intangibles,
una partícula infinitamente
comprimida inició su inexorable
expansión temporal e ilimitada,
de tal manera que aún no comprendemos
cómo la eternidad y el infinito
siguen tejiendo eternidad y espacio
capaz de hacer posible lo imposible:
que el Todo se contenga en otro Todo.
Estrellas y galaxias se fueron sucediendo,
muriendo y renaciendo: metamorfoseando.
En un instante pleno de esa metamorfosis
brotó mágicamente lo que llamamos vida;
y milenios después, sobre una roca errante
yerma y deslavazada, surgió esa ambigüedad
que se piensa a sí misma y que llamamos hombre.
¿Qué genes naturales iba a heredar tal ser
sino los de sus padres, la atávica violencia
entre el caos y el cosmos: el eros contra el tánatos?
Doliente y azotado por la naturaleza,
sobrevivió al dolor, padeció el desamparo,
sufrió la indefensión del glaciar de la noche.
Incluso cuando un día le nació la conciencia
como un órgano más, inesperado y frágil,
soportó el sufrimiento de saber, de improviso,
que su vida era solo un camino a la muerte.
Propuso resiliencias, creó mediante el arte
espejos de sí mismo: estatuas, lienzos, verbo
-—única munición contra la muerte— para
salvar su identidad, y legar su experiencia
como un breve sosiego a cuantos aún naciesen
y fueran masacrados en cuanto conocieran
la condición mortal de la existencia.
También yo soy sufriente de ese estigma
y buscador de adargas que me amparen.
Y, de súbito, siento que es posible
pensar estableciendo una premisa
tan absurda, tan lúcida y remota
como la del origen primigenio:
si la vida surgió de un ente mínimo
que se autogeneraba inmortalmente,
y toda consecuencia es una causa,
¿por qué no completar el silogismo
de la lógica absurda concluyendo
que la muerte es también una partícula
inmensurablemente comprimida,
—o un agujero negro redentor—
que inicia su expansión a otro universo
y conduce la vida a otra existencia?

Historial

1
Si seré o no seré el protagonista
de esta historia no lo sabré decir;
sí soy el ser sufriente que la escribe
más con el corazón que con la pluma,
pues nunca premedito mis palabras,
sino que me descubro al escribirlas
para ponerle nombre exacto y lúcido
al laberinto de mi identidad.
Tengo los mismos años que la vida
y me acerco a cumplir los de la muerte:
algo aprendí del viaje de la edad.
2
Nací un mal día en que tomé conciencia
de que estar vivo es elegirlo todo
menos cuanto a la misma vida atañe:
porque nuestro albedrío se limita
a aceptar que eligieron que muriésemos,
y toda muerte es negación de vida.
Así que puede un rayo
desjarretar mi pluma o mi existencia
en el instante menos predecible.
3
Recorro mi memoria y busco hechos
que justifiquen mi presencia
en esta sucesión de escalofríos
que es el hombre, que ensalcen su historial
y borren el sabor de gran fracaso
que siento cuando miro el horizonte
del contumaz pasado y el inhóspito
futuro. Alzo la bruma
que empaña los paisajes. Veo un ser
luchando contra el páramo y a veces
ensimismado, como si mirase
hacia adentro de sí y hallase un resplandor
inesperado y transfigurativo
de la carne en espíritu.
Al ponerse de pie
aquel ser liberó la mano, que antes
sujetaba sus presas, liberando
a su vez las mandíbulas, que
se redujeron y dejaron paso
a los huesos craneales, expandiéndose
el cerebro y con él la inteligencia.
Lo contemplo
huir de fieras
y guarecerse en grutas; veo
cómo la inteligencia, tras millones
de milenios y extraños sortilegios,
traza rupestres sombras, une causas
y consecuencias, crea silogismos,
aprende que el destino se llama voluntad
o que existe un Artífice Supremo
devanador del Todo.
4
Extrañas las criaturas
que algún principio mágico —o un dios—
hizo brotar como árboles frutales.
Algunas se reunieron.
Al sumar las victorias y derrotas
nació la observación de la experiencia;
y el saber resultante acumuló
devastaciones, sueños:
la construcción y la reconstrucción
de un diario en el que la Humanidad,
como en un gran espejo, contemplaba
su pasado y futuro
y los fragmentos de su identidad
para aprender que el mundo es imperfecto,
pero perfeccionable;
de tal modo que aquella voluntad
demiúrgica aprendió
a evitar el dolor y dar amor
aspirando a hallar himno en la elegía.
Esa debiera ser
la epopeya interior:
no imponer la alegría por decreto,
pero sí proponer como divisa
que
siempre
nos convertimos en lo que anhelamos
o tememos.
Y forjar con el carpe diem íntimo
un sueño realizable.
5
Todo se sucedió rápidamente.
No es más sabio quien tiene más respuestas,
sino aquel que concibe más preguntas
buscadoras de la última verdad.
«¿Por qué debo morir? ¿Tiene la muerte
poder sobre el instinto
de la supervivencia, que conlleva
una vida inmortal?».
Dejad paso al futuro, propusieron.
Un rayo prendió un árbol. Su destello,
como un sócrates de la inteligencia,
enseñó a combatir las glaciaciones
y a dar luz a la noche.
También el pensamiento vio la luz
y consteló la carne, los metales,
el prometeico viaje del progreso
en el que el mal y el bien se disputaban
egoísmos y solidaridades.
Pirámides y templos, columnas, ruedas, bronces,
océanos vencidos por las naves,
plumas talladas para la memoria,
bibliotecas, sixtinas, sinfonías
alzaron la estatura de la mente
hasta los cielos, más allá del cosmos.
Desde las atalayas que forman las estrellas
llegó la conclusión definitiva:
uno a uno la muerte mata al hombre.
Esa es la derrota; y es esta la victoria:
nada puede la muerte
contra la Humanidad.
El único sentido que tiene la existencia
es el de consolar la vida de los otros.




Different sides of me, de Aurelia Javier

Al íntimo Alienígena

Oh Dios Hermoseador de la Belleza:
si esta vida es tan noblemente hermosa,
¿qué otra me darás más venturosa,
si en esta ya me ofrendas la pureza?
¿Existe un cielo azul con más nobleza,
una rosa más bella que la rosa?
¿Crearás con tu mano poderosa
mayor grandeza en la Naturaleza?
¿Me darás un edén más acendrado
que el del árbol y el sol, la fuente, el río?
¿Acaso una palabra, una cadencia
como las de Petrarca, un sueño alzado
tan alto que doblegue mi albedrío
de gozar siempremente esta existencia?



Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.




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