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sábado, 27 de febrero de 2016

La muerte centenaria: Rubén Darío


Villalobos: Descubrimiento...

Cien años cumple su muerte. 
     Rubén Darío es uno de esos autores fascinados por la lengua que la interrogan y muestran nuevas posibilidades expresivas, y el tiempo les enseña que vale más como fin lo que se expresa que considerar finalidad el medio de expresión. No es, como Garcilaso, un autor que funde novedad del instrumento dictivo con perennidad de lo dicho, salvo en ocasiones.
     Las obras de Darío pertenecen al hombre lúdico investido de poeta que encuentra al hombre trascendente al margen de su ludismo versal. Un poema tan sencillo como Lo fatal tiene mayor vigencia que sus ritmos poderosos o sus delicadezas de cuentos de hadas. ¿O alguien prefiere La princesa está triste... o Ya viene el cortejo...? Acudimos a estos para descansar del trabajoso vivir en la cotidiana metafísica del desencanto, y vamos a aquel para reconocernos como hijos de la condición mortal. Estos dos son "poéticos"; aquel es bello y verdadero, aunque su belleza sea dolorosa.
     He aquí dos sonetos de Darío: el arquitectónico Caupolicán, y el metafísico Lo fatal:


Caupolicán

Es algo formidable que vio la vieja raza: 
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón 
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza 
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón. 

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza, 
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región, 
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza, 
desjarretar un toro, o estrangular un león. 

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día, 
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría, 
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán. 

«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta. 
Anduvo, anduvo, anduvo. La aurora dijo: «Basta», 
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

     El soneto, "formidable" en su arquitectura, retrata al héroe en el momento en que demuestra su reciedumbre -episodio que Darío toma de la Araucana de Ercilla-, tras la cual es aclamado como una especie de mesías. Las hazañas del héroe -la sujeción del árbol, el poder sobre los míticos Hércules y Sansón-, apoyan su imponderable fortaleza, de tal modo que su casco lo forman sus propios "cabellos" y su "coraza" su misma musculatura pectoral. La hipérbole con la que se construye el retrato encuentra credibilidad ante la espectacular demostración verbal de Darío, hábil constructor de rítmicos heptasílabos geminados en alejandrinos -que juegan con el más una y menos una sílaba de finales esdrújulos y agudos- (Hércules, Sansón, por ejemplo), además de con la estructura trimembre ("anduvo"..., "le vio...") que hace avanzar inexorablemente al esforzado personaje hacia su clamorosa victoria sobre lo increíble.
     En cambio Lo fatal renuncia a ese poderío verbal adelgazando la escritura hasta su sencillez natural, porque de poco sirve la altanería frente al destino que conduce a la muerte: el tedio que aplasta al hombre le hace escribir -aparentemente- con descuido, escondiendo el soneto que en realidad conforman los versos, dejando caer con ordenado desaliño el encabalgamiento (versos 8-9), buscando la premura de la temporalidad en el continuado y pertinaz polisíndeton (y...): hastiando su existencia y su expresión, deseando la insensibilidad para evitar el sufrimiento de la conciencia ante el sinsentido de la batalla interior entre eros y tánatos (la "carne", la "tumba") que forjan un vivir sin causa ni consecuencia conocidas: 

A René Pérez

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque esta ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, 
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos, 
y la carne que tienta con sus frescos racimos
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, 
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos...!

Caupolicán

Lo fatal