Parece una anécdota sin interés: he visto en una librería, en el lomo de un libro, junto a uno de los grandes títulos de Lope, en vez de Lope de Vega, un nombre desconocido. Y he pensado: ¡Qué barbaridad más estangurria! Al curiosearlo, observo que el tal nombre es el del prologuista y anotador de los tres mil versos.
La anécdota se convierte en paradigma: ya ni los universitarios conocen a los grandes autores; y sus obras, para ser adquiridas y hojeadas, deben ir firmadas por sus profesores, a los que -¡Oh fiera desilusión!- no tienen más remedio que conocer.
¿Qué puede hacer quien contempla la vida y se sabe muriente? En lucha contra su
fatalismo convierte en agonía su existencia, y no consigue ver más luz que la
de la muerte, definitiva sombra que mata su dolor. He aquí un ejemplo tomado de
mi propia biografía:
1.- Con
la misma certeza que digo “yo nací”, puedo afirmar, sabiéndome igual a todos
los seres humanos: "moriré". Y entre ese pasado y este futuro queda
un hoy al que llamamos yo, al que desconozco y del que solo sé que
siente y piensa contra la muerte.
2.- Ese
vacío es lo que pretende llenar la conciencia, aun temiendo que nunca logrará
su propósito de identificación.
3.- Por lo
tanto, todo mi conocimiento de la temporalidad se reduce a decir: nací cuando
necesité pensar para paliar la muerte, y seré hasta que esta venza a mi
pensamiento en desigual batalla.
4.- De donde
brota la primera realidad palpable. “Sé que sufro; por eso sé que existo”;
ese fue mi cogito ergo sum.
5.- Terrible
silogismo, pero exacto. Y más terrible porque la razón del animal racional que
había en mí no hallaba un argumento para mitigar aquel dolor: supe que no
existía un principio inamovible, o yo no lo encontraba: lo que me despertó un
Escepticismo Agónico. Y escribí:
LABERINTO
ESTELAR
Mira una
noche clara la inmensidad azul del
firmamento, observa la transparente urdimbre de los
astros, el mágico estallido de luz.
Sobre tus ojos la galaxia de Andrómeda agita sus
estrellas como
infinitos átomos gigantes. A un millón
de años luz de ese bosque solemne vives tú,
enamorado de tu gran corazón, un astro
diminuto que late y te recita palabras
armoniosas que siempre te convencen de que tú
eres el rey del Universo. Y sin
embargo yaces en un rincón oscuro limítrofe de
nada, tan lejano de cualquier
referencia y claridad que si Dios
nos buscase no nos encontraría.
Ante esa
catástrofe síquica pocos seres sintientes y pensantes se convertirían en héroes
de la esperanza. Yo no he hallado en mí, jamás, arcilla para forjar esa
heroicidad. Sospecho que, por ejemplo, tampoco tanto suicida habitante de la
Historia, aunque muchos de ellos crearan obras luminosas como estrellas.
No sé bien
cómo; pero, finalmente, sentí, deduje y escribí:
(Sobre el suicidio)
Antes de decidirte a abandonar esta vida que odias o te duele, cerciórate de que hay otra existencia ―o una nada― más digna a la que ir; no sea que el lugar en el que surjas aún te horrorice más que este que
habitas.
Ante todo lo cual, se me permitirá que deduzca lo siguiente:
Cuando sentimos
que el mundo es un lugar oscuro y solitario, y la vida una desesperanza con la
que cargamos como un fardo que no sabemos dónde descargar, ¿quién no necesita
unas palabras en las que apoyarse y de las que sorber algún consuelo,
comprensión, reposo?
El hombre ha caminado
tanto por la senda de la humanidad, ha conocido tantas alegrías y tristezas,
que le ha puesto voz a casi todos los sentimientos y conclusiones de sus
silogismos.
Es terrible ser
consciente de que nuestro cuerpo va descomponiéndose mientras respiramos,
mientras nos sentimos más vivos: que nuestras células se pudren como la madera
de un navío en cada singladura.
En los momentos de
tiniebla no estorbará tomar la mano amiga -por sintonía emocional- que tira de
nosotros hacia afuera de la ciénaga y que un día escribió:
LO FATAL
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque esa ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente. Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, y el temor de haber sido y un futuro terror... Y el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la vida y por la sombra y por lo que no conocemos y apenas sospechamos, y la carne que tienta con sus frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, ¡y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!...
Rubén Darío
Perdidos en la selva
selvaggia, lanzados a la búsqueda de una cumbre sobre la que elevarnos
para que no nos asfixie el lodazal, miramos a nuestro alrededor y preguntamos
sin esperar respuesta:
"¡Ah de la vida..!" ¿Nadie me responde? ¡Aquí de los antaños que he vivido! La Fortuna mis tiempos ha mordido, las Horas mi locura las esconde.
¡Que sin poder saber cómo ni adónde la salud y la edad se hayan huido. Falta la vida, asiste lo vivido, y no hay calamidad que no me ronde.
Ayer se fue, mañana no ha llegado; hoy se está yendo sin parar un punto: soy un fue, y un será, y un es cansado.
En el hoy y mañana y ayer, junto pañales y mortaja, y he quedado presentes sucesiones de difunto.
Quevedo
Es
verdad que el estremecimiento emocional de la lectura de ambos poemas no eleva
el corazón a la esperanza: pero la asunción del dolor y la pérdida como algo
inherente a la condición mortal, y el saber que otro ser humano la sufrió y
supo decirlo, nos infunde -por una extraña empatía o íntima solidaridad- cierta
voluntad de superación y reisilencia. De tal modo que cuando leemos el
siguiente poema va disminuyendo el seísmo de la carne sacudida por el miedo: y
nos invaden calma y lasitud: y aun a pesar de nuestra derrota carnal, podemos
consolarnos -y apesadumbrarnos- con la contemplación del mundo que fue nuestro
y sigue siendo de otros alteregos nuestros:
EL VIAJE DEFINITIVO
Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando; y se quedará mi huerto con su verde árbol, y con su pozo blanco. Todas las tardes el cielo será azul y plácido; y tocarán, como esta tarde están tocando, las campanas del campanario. Se morirán aquellos que me amaron; y el pueblo se hará nuevo cada año; y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado mi espíritu errará, nostáljico. Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco, sin cielo azul y plácido... Y se quedarán los pájaros cantando.
JRJ
Aun así, nada nos impide
constatar el hecho inexorable de la muerte, su acoso paulatino, su astucia
pertinaz, su acechanza invisible y no por eso menos abrazada a nuestra carne:
ESPERA SIEMPRE
La muerte espera siempre, entre
los años,
como
un árbol secreto que ensombrece,
de
pronto, la blancura de un sendero
y
vamos caminando y nos sorprende.
Entonces,
en la orilla de su sombra,
un
temblor misterioso nos detiene:
miramos
a lo alto y nuestros ojos
brillan,
como la luna, extrañamente.
Y, como luna, entramos en la
noche
sin
saber dónde vamos, y la muerte
va
creciendo en nosotros, sin remedio,
con
un dulce terror de fría nieve.
La carne se deshace en la
tristeza
de
la tierra sin luz que la sostiene.
Sólo
quedan los ojos que preguntan
en
la noche total y nunca mueren.
J. L. Hidalgo
¿De qué manera consolar
el corazón que se sabe inconsolable? Ni Rubén, ni Quevedo,
ni Juan Ramón, ni Hidalgo...: nadie puede enterrar la muerte en un poema para librarse de ella.
Y sin
embargo, esos hombres heridos por la muerte supieron hallar el modo entre sus
tormentas de refrenar su angustia cuando hablaban en verso, tal vez para sanar
de su dolor: y como un bisturí, la pluma iba hilvanando un consuelo al domeñar
las bridas de los desbocamientos de la mortalidad. La pulsión compulsiva
elige el ritmo, el léxico, la fonética... para liberarse de la carga doliente y
pasional ("Cargado voy de mí doquiera que ando...") del olvidadoBoscán. Unas veces el poema fluye
como un torrente dominado, otras igual que una tristeza madejada.
Un poema
de Gil de Biedma (confieso que lo culpo, junto a otros, del posterior
pollinismo del lenguaje poético) afronta con senequismo el tránsito del
vivir:
NO VOLVERÉ
A SER JOVEN
Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde -como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante.
Dejar huella quería y marcharme entre aplausos -envejecer, morir, eran tan sólo las dimensiones del teatro.
Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: envejecer, morir, es el único argumento de la obra.
En mi última infancia
adolescente mi indefensión optó por refugiarse en la soledad y en el silencio.
Allí, sin dioses y sin hombres, desde un infierno que vislumbraba edenes, bajo
una escalera de vecinos, fui descubriendo libros; y música y pintura. Sembré
semilla y frutos en la pluma, sin determinación y como única trinchera, para
poder decirme un día que no hay más destino que la voluntad; de allí manaron,
tras muchos años y palabras frágiles, algunos textos consolatorios en los que
la muerte sueña con defenderse de sí misma resucitándose en sonrisas:
ONIRIA.COM
La
soledad devasta. En ella, la tristeza anida su dolor. Y la alegría se convierte en fatal melancolía que vuelve podredumbre la belleza.
El mundo se oscurece. Y cada día empieza como una noche oculta. Yo era joven.
Un día ella murió; murieron mis anhelos; moría la voluntad ―el sueño, la firmeza.
Fueron tiempos de furia y de desolación. Cada instante era en mí como una despedida; y cada amanecer, un sol amortajado.
He vuelto a sembrar luz sobre mi corazón. Las semillas arraigan. Reflorece la vida. La primavera invade mi corazón helado.
Semejante esperanza de
superación hay en este poema de Antonio Moreno: en él, el trato
conversacional y manriqueño con la muerte hace que esta se suavice y nos
permita reconocernos hijos del tiempo innumerable:
TIEMPO
ATRÁS
Mi muerte, tiempo atrás,
solía visitarme. Al principio acudía sin
respetar las horas. Jamás consideraba ni el
lugar ni el momento. Con brusca sacudida, lo
mismo que al soldado al que privan de sueño para
ir al combate, venía algunas noches
mostrándome su abismo. Yo, mi vida, mis cosas, yo
desaparecía vertiginosamente, borraban
mi existencia. Y así es como quedaba hasta
el amanecer, igual que ese soldado que
escucha los silbidos de las balas y marcha
temblando a las tinieblas. Tratándola aprendí a
escucharla con calma. Vi que su soledad era igual
que la mía, que nada más buscaba un
poco de amistad. Comencé, pues, a hablarle
sin temor, a tratarla con el mismo cuidado con
que se guía a un ciego; le describía todo aquello
que estimaba, los juegos de los niños, el
brillo de las tejas, la variedad del mundo
reunido en los mercados, los horizontes anchos y
nuevos de noviembre, la danza de la luz invernal
en las olas, y también las mil formas en
que se halla el silencio. Cuánta dicha: sin darme
cuenta, perdía así
de vista a aquel soldado
que avanza por la noche. Aquel yo, aquel soldado y
hasta mi propia muerte -que ya no me visita- han
desaparecido. Toco mi eternidad en la
vida que pasa.
Ese es el consuelo que nos da
la pluma: cómo el arte mitiga la existencia: antes de mí, después de mí, todos
murieron de la misma muerte, y todos morirán del mismo modo: abrazándose
irremediablemente al principio de supervivencia. Constatando que la fiel
Naturaleza se contradice a sí misma. Aceptando "que la muerte es el
fin que hay en todo principio". Diciendo: qué sinrazón, morir. Pero envainada
su tragedia: no sin haber amado mucho la vida que nos lleva hacia la muerte.
(Y no obstante: ¿Existe algo que acongoje más el corazón, y sea aún más fúnebre, que la muerte? Creo que sí, aunque la respuesta sea de Pero Grullo:
Oniria contempla las estrellas como si fueran países a los que llegar y en los que vivir sin padecer el rigor de la existencia. Ha visto en los ojos de Adán un rechazo cada vez más creciente: ya no la mira con deseo apenas refrenable, o con ternura suavísima; ya no susurra, como antes susurraba, palabras elocuentes que la hacían soñar. Una vez más parece que va a quedarse sola, sin besos, sin abrazos, abandonada y fría como un mueble inservible.
Oniria recuerda ahora, cada día con más frecuencia, cómo se sintió -y tal vez no lo fuera- repudiada por su padre cuando murió su madre, alejada de todas sus caricias, como si la vida de la hija constatase la muerte de la esposa.
Oniria pasea sola porque cuando habla con sus amigos reunidos en tertulia no sabe, no comprende, no quiere comprender tanta frivolidad, tanta falsa alegría, tanta inútil mentira, tanta máscara hueca en tanto rostro hueco.
Oniria es triste porque el mundo es hermoso y nadie se lo entrega ni ella lucha por él, por conseguir su pedazo de cielo.
Se acerca a la marisma; pero nunca se atreve. Ahora entra en la bañera, siente su agua caliente, bebe la copa de champán muy frío, se relaja y contempla las estrellas debajo de sus párpados, y más allá un país infinito y sereno.
Oniria espera: tal vez la piadosa armonía que rige el Universo la adormezca y despierte bajo el agua, surgida en un vivir menos brumoso.
Ensayo para un himno En la página azul de la Naturaleza leo sueños y dichas, escucho el pentagrama del río y de los pájaros, la montaña y el mar. Aspiro brisas, siento la canción de la tierra, palpo divinidades que crecen en mi carne como antiguas raíces de un origen divino. Y me digo, y te digo: que no pase ni un día en que tu corazón no reconstruya la armonía del cosmos y el legado del hombre; cruza los montes, mira la alta estrella y pon luz en la noche; da tu mano a quien la necesite y tira de la suya hasta que surja de su laberinto y viva en paz con todas las criaturas; haz como el sol, que alumbra disipando las sombras de todos los mortales sin pararse a indagar si fueron dignos de la mansedumbre; canta para que todos oigan tu canción y canten a pesar del dolor o del fracaso; encumbra todo cuanto ha nacido: porque todo muere y ya es bastante luto y sufrimiento la conciencia de la mortalidad.
Adela acaba de leer para sus compañeros el fragmento de Maquiavelo en el que instituye "la razón de Estado" como principio de gobierno. - Según eso -dice Pedro-, el fin justifica los medios, y yo puedo quitarle el bocadillo a Paula si tengo más hambre que ella.
- ¿Y qué pasa si soy yo quien se come tu bocadillo? -pregunta Yolanda-. Mi madre me aconseja que no utilice la fuerza, pero que es mejor, en caso de necesidad, hacerlo para ayudar al débil frente al brabucón.
- Dicen que los políticos ganan muchos euros -interrumpe Pedro para desviar el tema- ¿Qué hay que hacer para ser político?
- Lo primero, no sentir, y menos pensar, lo que acabas de decir: la política debe ser un medio, no un fin. Lo segundo: no tener ambiciones egoístas. Tercero: intentar ayudar a los demás sin imponerles nuestro concepto de ayuda.
Se enciende el proyector: los alumnos observan, dos veces, el principio y -casi- final de Emiliano Zapata, de Elia Kazan. En la primera escena, Marlon Brando reclama al presidente los derechos de los campesinos. El profesor hace hincapié en el paralelismo invertido de esta con la segunda escena: ahora es Marlon Brando, trasnsformado años más tarde en caudillo, el recriminado por otro campesino que reclama sus derechos y promesas, igualmente incumplidas. Y comenta:
- Es triste; pero parece irrefutable -ojalá haya excepciones- que la honradez no puede evitar alguna caída en la corrupción. Por ejemplo: un político honesto quiere establecer la justicia en una sociedad injusta. Intenta, naturalmente, conseguir el poder para establecerla; y -naturalmente- no lo consigue porque los poderosos de esa sociedad se lo impiden. Nuestro político se dice finalmente que si cede una sola vez a las presiones de sus enemigos conseguirá el gobierno y convertirá desde él la utopía en realidad. - Juan: ¡Por una vez, y con esas buenas intenciones...! - Lo que tal vez no sepa nuestro buen ciudadano es que su pureza e integridad se han contaminado ya con ese dilema (que sus ojos acaban de estrenarse en el furtivo arte de la confusión y el estrabismo de la ética). Lentamente irá añadiendo a las palabras "integridad" y "corrupción" sinónimos y eufemismos cada vez más ambiguos y próximos a "el fin justifica los medios". Así el mal se irá disfrazando de bien, hasta suplantarlo sin tener conciencia de ello. Y las pequeñas excepciones se habrán convertido en regla.
(Lidia va anotando las palabras que sus compañeros indican al levantar la mano).
- Eso es lo que acabáis de ver en esas dos escenas: el íntegro Emiliano Zapata, heroico y solidario luchador contra tiranos, acaba creyendo que el equilibrio conseguido con su revolución es el más armonioso y justo, y se convierte en otro dictador que cree injusto que pretendan cambiarle el orden social que con tanta integridad y esfuerzo ha conseguido. No se da cuenta de que también los tiempos cambian y cada sociedad necesita un orden nuevo para satisfacer la nuevas necesidades y eliminar las caducas. No es consciente de que una pequeña piedra inevitable ha entrado en su engranaje y que no sirve el "cambiémoslo todo para que todo siga igual" (recordad la frase del otro día: Lampedusa, en El Gatopardo); es decir: que hay que cambiar las esencias, no solo sus nombres. Porque el hombre, y la sociedad, que es un hombre multicéfalo, es un ser en constante mutación síquica: y, más lentamente, física. El profesor pide para el próximo día unas 20 líneas como resumen y
comentario de lo hablado. Lidia escribe en la pizarra las palabras anotadas y lee
en voz alta sus significados en el Diccionario.