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martes, 3 de julio de 2018

En torno al abstraccionismo, 7 (Sustrato sicológico)

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Historia del arte en tres minutos

7.- Sustrato sicológico.
Varias son las razones de la metamorfosis abstraccionista, además de las pictóricas. Siempre el ser humano ha perseguido sus señas de identidad, la identificación de sus esencias y sus circunstancias para saberse único como especie, sociedad e individuo. Y como autor distinto de esas otras obras sustitutivas o complementarias de la realidad que llamamos arte; eso es la originalidad: una carrera hacia el yo iniciado entre los griegos, impuesto durante el Romanticismo y entrevisto en las vísceras del surrealismo. ¿Y no es el arte abstracto la culminación de la búsqueda de un yo eliminatorio de sus circunstancias? La búsqueda de originalidad y la fuga de sí mismo para expandirse y actualizarse, implícito en el propio concepto de obra de arte, lleva a unas estructuras cada vez más lejanas entre sí pero no ajenas, aunque lo parezcan por las batallas estéticas. Todo creador pretende crear un mundo propio, autóctono, no contaminado por los de los demás. Eso supone descreer de todas las estéticas después de haber aprendido de ellas, inventar un nuevo lenguaje con el que reconstruir el mundo y al hombre. Sin embargo, nunca se había separado tanto el arte de su tradición como con la llegada del abstraccionismo. En el crisol nutriente están las abstracciones rupestres, los diseños libres de la decoración oriental (basta echar una ojeada al arte musulmán para mostrar que lo que parecen ocurrencias ornamentales son figuraciones sin formas de la realidad, obras abstractas), la música pura de Bach -la que carece de indicación de instrumentos-, el yoísmo romántico, los autorretratos -mientras se autorretrata- de Van Gogh, los misticismos y sinestesias de Wagner o Scriabin, el atonalismo de Schoenberg… el freudismo, la escritura automática… que son, quizá, pasos en ese itinerario hacia la imagen sin forma pero formulada por los sentidos. El arte es un camino que anda alterando su efigie pero manteniendo su mismidad porque arrastra su pasado y previene su futuro. Por eso Gauguin pudo decir -y pueden decirlo todos los creadores- que “ayer yo pertenecía al siglo XIX y hoy al XX”.


 Es decir: somos lo que heredamos y creamos. Algo había en el ambiente para que Flaubert previese, ya en 1852, “un arte situado entre el álgebra y la música”. Y para que Apollinaire escribiera, confirmándolo en 1913, que “la geometría es a las artes plásticas lo que la gramática es al arte de escribir”.
     Comoquiera, el concepto de imagen pictórica se ha ido diluyendo tras los siglos hasta desdibujarse y separarse del referente natural, como en el Altazor huidobriano la palabra se deshace para buscar otro lenguaje, o se disuelve la melodía en los pentagramas wagnerianos para que a partir de Debussy encuentren otro melodismo cromático. 
¿Es “deshumanización” lo que emana del artista de los últimos tiempos? Tal vez, más escondida, hay una muy humana razón del cambio paulatino de la figuración a la abstracción: la creciente conciencia de que el hombre ya no forma parte de la Naturaleza y, por tanto, la Naturaleza ya no conforma al hombre, quien no tiene motivo para reflejarla en su obra porque es algo ajeno a su mismidad. Es el destierro, la expulsión del paraíso, la conversión del hombre en un paria del sinsentido, con su consecuente orfandad y existencialismo. El escepticismo existencialista de principios del XX creó un hombre incrédulo necesitado de creer en algo: y es esa lucha íntima, el vacío interior que deja la falta de fe y esperanza -esa necesidad de exorcizar la agonía espiritual- la que desemboca o se vomita en el cuadro: cielos e infiernos. Ese es el origen.

Así pues, la huida de la realidad desecha toda referencia a la figura real, al figurativismo; y la búsqueda de otra realidad alternativa conduce a que el único referente en el cuadro sea la propia conciencia, lo informe, no figurativo o abstracto. ¿Es el arte abstracto la configuración de otra realidad o la deformación de esta? Tal vez se llega a la primera a través de la segunda. El irracionalismo, el visionarismo, el automatismo surrealista, el deseo de matar a Dios borrando sus gestos, que son los entes del mundo ... son determinantes, y el asombro que produce en el propio autor queda manifiesto en los muchos títulos indefinidos: “composición”, “improvisación”... Sin embargo la semejanza conceptual de muchas de las obras de diferentes autores muestra que el inconsciente está poblado de numerosos objetos innominados comunes que no son sino equivalencias figurativas universales: donde había objetos hay “irrealidades” o símbolos. Rige el verso de M. Heredia: “El nombre de la vida es Agonía”.


El Arte es la representación que cada hombre y estética hace de la época en que vive. ¿Y qué vivencias tienen los hombres de principios del XX sino las de una naturaleza en guerra y unos hombres enemigos del hombre desde el Plauto del homo homini lupus? ¿Cómo no iba a triunfar el existencialismo y el refugio en las luces de la mente perseguida por las sombras? Así que el universo síquico estalla y el cuadro se inunda de los sesos del pintor, como volúmenes o lascas en desorden. De otra manera, eso es lo que ocurre con el Guernica de Picasso: un estallido interno ha multiplicado  en el vacío los fragmentos desjarretados y dispersos de la realidad del hombre.


¿Quién no ha sentido como injusto un mundo en el que nacemos con ansias de vivir y morimos a pesar del instinto de supervivencia? ¿Y que el Artífice de ese mundo parece no amar a sus criaturas puesto que las somete al sufrimiento de saberse mortales? Sea un Primer Motor Inmóvil, un Big Bang del Universo o un Dios religioso, Esa Inteligencia Todopoderosa podía evitar tal sufrimiento, y no lo hizo.

Recuerdo la página en la que Robinson Crusoe, desesperado ante el mar, considera su situación y trata de convencerse de la compatibilidad de un Dios con la circunstancia en que lo ha puesto. He ahí la gran tragedia de la Humanidad -cuya autobiografía es el Arte-: saberse, a lo largo de la Historia, creada por un creador que abandona  su creación al sinsentido de una existencia que en nada se parece al "mejor de los mundos posibles", en palabras de Leibniz. Tristemente, que este sea el mejor de los mundos posibles significa que cualquier otro sería peor, lo cual seguiría la ley de Murphy, la de que "si algo puede empeorar, empeorará". Y solo el arte pretende, además de reflejar la gloriosa miseria del mundo, crear otro que redima y consuele con su belleza y su utopía. El mundo es un caos en el que la vida no tiene sentido. El Arte crea un orden en el universo. Pero ese orden no puede integrarse en este mundo. Por eso el artista actual -pero también El Bosco, por ejemplo-, impotente ante su contumaz contumacia y utopía, acaba consigo mismo o con su arte, se bohemiza, se suicida. O sigue buscando a dios entre la niebla. O mira arbitrariamente excavando otras salidas de su laberinto.

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