Schumann / Fournier / Martinon: Concierto para violoncelo.
Aquejado de melancolía, y perseguido por visiones violinísticas inspiradoras de su último concierto -para violín-, Schumann no vio más salida que la de la muerte: y se arrojó al Rhin. Unos barqueros impidieron el suicidio y pasó los dos últimos años en un hospital siquiátrico. Sus obsesiones no están lejos de la raíz cíclica de sus pentagramas.
Kloechner
Volvamos a escuchar el principio del concierto para violoncelo: el yo introspectivo se convierte en protagonista y le dice a la orquesta -a la muchedumbre-: seguidme si queréis, pero no me detendréis. Y avanza con su lastimera y obsesiva meditación:
Jankovic
Meditación hiperestésica de quien se deja invadir por el misticismo y la lírica del sufrimiento, aquí manifiestos por la sensibilidad de Jacqueline du Pre:
Jacqueline du Pre / Berstein
El concierto avanza hasta retomar finalmente el tema principal: el yo, fuente de todo cuanto significa búsqueda y hallazgo perdurables:
Los
políticos pergeñan estrategias sociales que acallen la conciencia
del fracaso individual y colectivo; pero quieren encorsetar al
ciudadano en un sistema diseñado para una población que ya no
existe ni en su estructura ni en su mentalidad. Sin embargo, nada
esencial ha cambiado. El mundo es como una nave viajera por el tiempo
en la que todo emerge en otro sitio para que todo siga igual en su
viaje inmutable. Seguimos necesitando comer y copular, por ejemplo;
nacemos y morimos, por ejemplo. Entre tanto, nos enseñan a no
pensar: y no pensamos. He ahí el origen de todos nuestros males.
Es verdad, don Manuel, que hay libros que recibo y no comento: pero me ocurre con algunos cuyos posibles méritos no alcanza a apreciar mi insensible sensibilidad, y con otros de los que yo solo podría decir que mejor fuera que siguieran inéditos. No hay favoritismo en mis breves reseñas; sí la inevitable y razonable subjetividad, último reducto del individualismo. Si alguna preferencia tengo es la de dar a conocer libros dignos publicados en pequeñas editoriales, puesto que las grandes ya tienen reseñistas dedicados a multialabar todos los títulos aunque no hallen causa. Y si de algo debería arrepentirme es de haber sido demasiado sincero -es lo que se supone que implica la amistad- con algunos libros de amigos o conocidos -que ahora no me hablan-.
Siempre que, a lo largo de mi vida, han pedido mi opinión sobre este o aquel escrito, édito o inédito, he preguntado: "¿Quieres que te diga lo que te gustaría oír o lo que pienso?".
Y por decir lo que pienso, por escrito y oralmente, he conseguido la admiración de todos los que me detestan. No me arrepiento. Sin embargo, estaba equivocado: sobre los malos libros es mejor no decir nada -que supone decirlo todo-. Por eso no escribo aquí el título del suyo. Tal vez esto conteste a su protesta. Aunque, en verdad, ¿por qué tener en cuenta mi opinión?
Nada vale el poema que no puede consolar al triste, hacer que quien ama se comprenda mejor a sí mismo y sienta que también otros sintieron como él, nutrir de mayor alegría al que está alegre, ayudar al lector a identificarse. Nada vale la elegía que no consigue abrazar a quien ha perdido un ser amado, ni la oda que no alumbra más el corazón de quien ya sonríe ...
De nada vale la prestidigitación verbal -musical, pictórica...- si no tiene como finalidad la superación o consuelo de la condición mortal que todo arte debe tener.