¡Cuántos dejan para mañana lo que es mejor hacer hoy, y, sin embargo, mañana es siempre tarde! Ya lo escribió Lope de Vega: "Tanto mañana y nunca mañanamos". O sea: lo contrario del Carpe Diem. ¿Por qué Ana y Pedro retrasan tanto su mutua entrega sino porque esperan que sea el otro quien dé el primer paso? ¿Tan larga es la vida como para que el temor de vivir impida vivirla?
De media, diariamente en España… Se da de alta una nueva editorial. Se registran 287 nuevos títulos, 57 de ellos digitales (ebooks). Se producen unos 785.000 ejemplares. Se venden más de 547.000. Se facturan 7,6 millones de euros por libros en el mercado interior. 70 mil libros se publican anualmente en España. Estadística libros
Lo diré afablemente: confieso que mi sensibilidad no alcanza a sentir como poesía la mayor parte de la que, como tal, se publica. Abro un libro y me digo: ¿Pero qué es esto? Abro otro libro: ¿Qué es aquesto, vive Dios? Tropiezo con palabras, no con hombres y mujeres cuyo sintiente corazón pensante ha sido domeñado por la sensata razón del equilibrio.
Hay poetas -y otras faunas de otras artes- que se atreven no solo a publicar sus libros, sino a ostentar su nombre en ellos; deben de ser masoquistas, puesto que se ofrendan públicamente al escarnio; o doctos en ignorancia; o hijos del malentendido “lo importante es participar”... No diré sus nombres para no darles gusto o disgusto. Me los callo para no publicitarlos, que es la razón de su existencia: se esfuerzan en ser conocidos, no merecedores de reconocimiento; anhelan ser famosos, no respetados; persiguen el aplauso, no el prestigio. Hacen de la pluma su mentidero en vez de su carné de identidad más responsable.
También en arte, como en todo, el factor común de la humanidad es la mediocridad: esta es su icono, aunque nadie se dé por aludido; y cuanto más epidérmico y superfluo es lo que se dice, más se esboza el retrato de la muchedumbre.
Y lo malo no es que cada uno disfrute su minuto de infame famamundia: lo peor es que esos mismos encumbrados por las mayorías postergan a los que defienden su minoría de uno frente a la alienación globalitaria.
Lo diré una vez más: en Arte no hay democracia, sino individuo.
Equis y Zeta, sin proponérselo, han establecido un pacto con el que los dos ganan y ninguno pierde: sacian sus mutuas necesidades afectivas, carnales y convivenciales; luego regresan a sus vidas separadas.
Un día, Equis propone encontrarse más a menudo, entrar de vez en cuando el uno en la vida del otro, relacionarse con mayor frecuencia... Pero Zeta considera que, para mantenerse juntos en el tiempo, es mejor darse cada uno lo mejor -y quedarse con deseos de prolongar la convivencia- que pasar muchas horas, o días, el uno con el otro y dar pie a que la rutina los aleje.
Ante la razonada negativa, Equis no comprende que es una estrategia de Zeta para mantener la relación a lo largo del tiempo: que Equis es un manjar que Zeta quiere comerse poco a poco para no hartarse.
Equis insiste una y otra vez, pasando del ofrecimiento a la imposición -que Zeta no acepta porque también desea ser un manjar devorado poco a poco-. Se dicen Zeta y Equis: - Te agradezco el regalo que quieres hacerme de tu constante compañía. Ya llegará -o no- el momento idóneo. - O sea: que me desprecias. ¡Pues no quiero verte más! - Eso es un error. Estás tratando de imponerme un criterio en vez de que lo acordemos ambos. Ya has desaparecido otras veces. Pero si estás mejor sin mí que conmigo, eliges bien, aunque actúas mal. ¿Cómo confiar en tu inestabilidad? Y así queda la historia: ¿provocará el amor propio herido y rencoroso una decisión letal, vengativa e irresponsable en Equis, ya con experiencia en ocultamientos, y desaparecerá definitivamente? Zeta sabe que, por no aceptar una parte del tiempo y del manjar -que, bien condimentados, irían despertando el anhelo del todo-, Equis, contumaz, perderá la parte y el todo, y se los hará perder. Por eso, desgolgotadamente, y tristemente, empieza a garabatear: ¿Qué le diré a mis besos cuando no pueda dártelos...? ¿En qué otra boca encontraré los tuyos...?... ...
¿Qué sería de mí si no hubieras llegado hasta mi vida? En este mundo en el que todos huyen en busca de otro mundo, florece más el odio que el amor. No se cumplen los sueños, o se acaban, olvidando que el sueño más hermoso es el de transformar la realidad en un hermoso sueño. ¿Qué sería de mí sin tu sonrisa, tu corazón sintiente y tu lujuria, que hace estallar el día cada día? Cada vez que te beso olvido el desamor que hay en el mundo. ¿Qué sería de mí si no existieras?
Te despiertas con un sabor amargo entre los labios del alma: ayer no fue un día esplendoroso, sino atormentado. No pasó nada terrible, pero sí llegó el eco, como todos los días, del "Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé..." del penurioso César Vallejo. Y suena el becqueriano "Hoy como ayer, mañana como hoy, y siempre igual...".
Y qué hacer hoy, ante semejante perspectiva, sino volver a recibir el oleaje de la melancolía, del sinsentido de levantarte para hacerte preguntas sin respuesta que derriban tu afán de luchar para sobrevivir. Qué hacer, si no puedes salvarte, si no puedes salvar el mundo del desbocamiento hacia el abismo. Qué hacer sin tener una razón para seguir viviendo.
Miras hacia todos los lados de la vida y de la muerte; y de pronto lo ves con claridad, aunque por un instante: sí puedes hacer algo para salvar el mundo: concentra en un anhelo todo cuanto deseas para la humanidad y haz algo por una sola persona, sonríele, dale la esperanza que tú no tienes, muéstrate ante ella como si la tuvieras, dale la mano, conviértela en tu obra buena, en tu razón para seguir viviendo... Al final esa sonrisa solidariamente fingida acabará transformándote a ti, será tuya realmente, le dará un sentido a tu existencia porque has apostado por la esperanza en vez de cultivar la desesperación.
¿No es eso lo que predica Voltaire, al final del Cándido, cuando habla de cultivar el jardín propio? ¿No quería decir que el polen de las flores va de un jardín a otro y perfuma el mundo? ¿No hacía lo mismo Unamuno en su nivola sobre el bueno de don Manuel?
Vuelve a mirar el mundo: eso es lo que hicieron Buda, Confucio, Jesucristo... Aunque el menestoroso y apiadado Cervantes crease a Don Quijote para demostrar que el mundo no tiene solución.