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martes, 7 de febrero de 2017

El abrazo al maltrato

Franck: Sonata

- Te he dicho que lo siento. ¿No vas a disculparme? No puedo ser como tú quieres.
- No quiero que seas como yo quiero, sino que dejes de ser lo que nadie querría que fueras; ni siquiera tú, si te encontraras con alguien igual a ti. 
- ¿No he estado siempre a tu lado? Te doy todo lo que me pides...
- Y también todo lo que te digo que no quiero. En realidad, es una sola y misma cosa, y provoca situaciones insufribles. Eres la persona más noble que conozco: pero anulas tus muchas virtudes cuando te posee ese otro ser interior que te ha convertido en un monstruo de dolor.
- Si es así... lo siento...
- Lo sientes hoy, y lo sentiste hace poco, y hace mucho, y lo volverás a sentir mañana, y son ya demasiados mañanas y demasiados ayeres... Parecemos un edificio condenado a caerse que siempre estamos reconstruyendo. Te refugias en que no puedes cambiar; aunque lo realmente cierto es que continúas pensando que yo exagero y tú haces lo correcto ... Ni por un momento te miras como si fueras alguien ajeno que se observa objetivamente. No te lo digo para hacerte daño, sino para que no te lo hagas tú ni me obligues a repetir las mismas palabras. De nuestras vidas han desaparecido el afecto, la confianza, el erotismo expreso...
- ¿Te gusta machacarme? ¿Es eso? ¿Y tú? ¿Nunca te equivocas? ¿No eres excesivamente perfeccionista? 
- No estamos compitiendo para ver quién es peor o mejor. A nadie le pido lo que no me exijo a mí. No pretendo ser tu dueña, sino que seas dueño de ti. Yo también me equivoco, pero intento acertar, y rectifico. Tú no quieres admitir un probable error porque sería para ti tanto como aceptar que tu vida lo ha sido. Y no es así: si rectificar es de sabios, no querer hacerlo es de contumaces. ¿Crees que te lo digo por maldad? Si no me importases no me dolería tener que decirte lo que sé que no quieres oír: pero detén un momento la necesidad de huir de estas palabras y analízalas sin miedo: ¿Puedes negar su verdad? Tampoco tú tienes maldad: es que los fantasmas y humillaciones de tu pasado te transforman en un ser encerrado en una tumba de la que nadie puede sacarte porque está llena de espinas por dentro y por fuera: y cuando te revuelves te las clavas y se las hundes a quien se acerca. Tu temor al fracaso provoca tu fracaso porque tu inseguridad te genera una ansiedad que anula tu buen juicio y te ciega para ver que tu "estar" suplanta tu "ser"; caes en una especie de histeria que se apodera de tu sensatez. Entonces se levanta un muro infrangible que solo lleva a la incomunicación. ¿Cómo confiar en quien siempre levanta esos muros y siempre dice que es el último?
- Hago todo lo que puedo.
- Menos creer que tal vez no me equivoco porque significaría admitir que te equivocas, y, por lo mismo, no intentas rectificar. No creas que no quiero aceptar tus disculpas, como yo te pido que disculpes las mías. Lo que importa es que si te disculpase sin decirte lo que te digo estaría dándote permiso para que sigas maltratándome cada vez que no quieras reconocer que tu conducta conmigo se llama maltrato: estaría diciéndote que puedes maltratarme cuando y cuanto quieras. 


lunes, 6 de febrero de 2017

Si yo supiera decir


Por una elevada senda

1.- Hace años. Una noche salí a perderme en medio de la noche. Sentado, contemplaba la muchedumbre buscando su individualidad perdida en este mundo en el que han desaparecido las identidades. Me sentía solo bajo las estrellas, como tantas otras veces. Y quise gritar, decirme algo. Lentamente, fueron apareciéndome, verso a verso, los que luego conformarían este poema:

Si yo supiera decir
cuanto, sin palabras, dice
mi corazón a las cosas,
al mar y al viento, a la lumbre
de los íntimos sentidos
que me escuchan y responden
como la piedra a la piedra
y el agua al agua, o la luz
al puro ensimismamiento,
mis labios pronunciarían
los secretos y vislumbres
que el alma guarda en la sombra
desde el principio del tiempo
y que tan solo conocen
la flor, el pájaro, el alba,
esos instantes ocultos
como dones misteriosos
en los que se transfigura
el anhelo en realidad,
la claridad en pureza.
Entonces, la clara bruma
del presagio estallaría
como una revelación
en la estancia donde habita
mi ser esperando ser
inmensidad, transparencia.
Y con los ojos cerrados
abiertos hacia la luz,
contemplaría los fuegos
y los glaciares que agitan
el espíritu y lo elevan
allí donde la pluma se detiene.
                                                               (Del libro El Mausoleo y los pájaros)


2.- Como suele ocurrirme, los versos surgían igual que telegramas mentales, y cada cinco o seis me los repetía para no olvidarlos, junto a los anteriores. Luego suelo esperar dos o tres semanas, y si la memoria sigue repitiéndomelos deduzco que quiero decirme algo que me importa demasiado. Entonces, los escribo. 
     ¿Qué me decía a mí mismo en ese texto? Que hay un territorio en nuestra mismidad, pleno de misterios y revelaciones, al que apenas tenemos acceso y que es intraducible al pensamiento. Que lo esencial es invisible para la pluma; que la palabra no está capacitada para expresar todo lo que sentimos; que la plenitud y la clarividencia están "allí donde la pluma se detiene" porque se sabe impotente para reflejar el pozo visionario al que se asoma.
     ¿Es la palabra una herramienta inadecuada para nombrar cuanto somos? ¿Es incapacidad de quien escribe? ¿O verdaderamente existe la inefabilidad y el nombre de ciertas cosas es el silencio verbal? Recordemos el "rebelde, mezquino idioma" del que se quejaba Bécquer porque no consigue sino ser eco del "un no sé qué que queda balbuciendo", que constata Juan de Yepes.
     Me pareció curioso que el último verso, por ser endecasílabo, cerrase, como un aldabonazo inesperado, la serie de octosílabos que le precede, combinación esta inusual, y aun arrítmica. Seguramente porque quería resaltar formalmente el contenido: la imposible o chirriante relación entre emoción y razón, anhelo y logro. 
     Todos sentimos una estancia oscura en nuestra identidad oculta que se asoma a las barandas de nuestra conciencia por una grieta y nos permite entreverla. Es la irracionalidad queriendo formar parte de nuestro yo racional. Y solo a veces la palabra consigue ser testigo de esa fuga emocional del paraíso o el infierno que habita en nuestro ser. Para ello hay que mirar hacia arriba, hacia el tabor de nuestra inmensidad indescifrable. Tal vez por eso titulé el poema, "Por una elevada senda", tangente con la mística.
     Y porque sé que la música es la única palabra que expresa lo inefable.

domingo, 5 de febrero de 2017

Laconismos 666-675


Field: Adagio

Welista: Despojamiento lacónico

666.- Solo el propio perdón -la propia comprensión- nos es imprescindible. 
***
667.- La vida es un país desconocido lleno de maravillas y de horrores.
***
668.- Los primeros títulos de un creador son aprendizajes y premoniciones, y los últimos reiteraciones y autoplagios.
***
669.- La obra maestra es aquella que concilia el sentimiento y el pensamiento, la verdad humana y el ludismo: el horaciano deleitar aprovechando. De otro modo: hay que sensibilizar el pensamiento e inteligenciar el sentimiento.
***
670.- Si escribes, pintas o compones, mira hacia adentro y conviértete en tu propio lector: con una autocrítica tan feroz que te impida publicar -salvo cuando te vaya en ello la vida-. 
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671.- Solo a quien no soporta la verdad puede mentírsele.
***
672.- Los buenos amigos no esperan que les regales tu libro, sino que, si lo juzgan malo, te ruegan que lo escondas, y, si es bueno, son los primeros en adquirirlo para dar ejemplo.
***
673.- El exceso de confort nos convierte en esclavos.
***
674.- Si tratas de salvar a quien se obstina en morir seréis dos los cadáveres. 
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675.- La castidad es la perversión de la sexualidad.
***

sábado, 4 de febrero de 2017

Lo escrito y lo escribible (II)


Pulsar para leer:

Lo escrito y lo escribible (I)


Scriabin: Poema del éxtasis

4.– La pregunta era: ¿Cómo surge el poema?
     Hay autores que trazan de antemano un esbozo de lo que van a escribir: tanto que solo tienen que ponerle palabras al pergeño. Otros van a la caza y captura de metáforas, imágenes, visiones... incluso sin premeditación temática, a ciegas, haciendo camino al andar. Tan malo o bueno es un método como otro si el proceso acaba con una implacable tachadura: sustituyendo, pulimentando, jibarizando.
     Un poema precisa unos límites que pocos saben darle. Es fácil desatar la pluma y dejar que diga lo que quiere. Lo difícil es contenerla y que en lo contenido –en sus limitaciones– haya un mundo propio, emocional e intelectual, que sea autónomo y renazca en el lector aunque no haya nacido para él.
     5.- Contra el dicho popular, el mayor enemigo del poeta es la inspiración: el arrebato. Por eso Bécquer, siguiendo a Wordsworth, afirma: «Cuando siento no escribo». Quería que sus emociones reposaran para que no se infiltrasen en su escritura desviaciones sentimentales o verborreicas. Lo cual nos dice definitivamente que es preciso domar el «rebelde, mezquino idioma» hasta encontrar la adecuación expresiva de lo que late en la mente: tensión, contención y armonía dictivas. Antes, Poe había escrito en su Método de composición: «La ejecución de un poema es una operación intelectual, no un don de la musa». Y basta recordar a Valéry, a Pound puliendo a Eliot, o las 200 versiones que Dylan Thomas hacía de muchos de sus poemas para que no nos resulte extraño oír a León Felipe exhortar a la desnudez verbal: «deshaced ese verso, quitadle los caireles ...». García Lorca resume esa unión de irracionalidad y racionalización denominándolas simplemente «gracia y esfuerzo».
     6.-  Pocos textos tienen la adecuación precisa: visión y revisión de lo vislumbrado que deben concretarse en la precisión de lo sentido a través de lo expresado. Difícil es esa urdimbre. Y es que todo poema necesita encontrar la idoneidad: 


viernes, 3 de febrero de 2017

Homenajes sin saldo


Ravel: Pavana

Los homenajes, cuando son excesivos, ya no son homenajes, sino costumbres que cansan, intereses creados, tributos, chovinismos, deudas con el pasado de las instituciones que los organizan… algo ajeno al intrínseco valor de lo que se homenajea. 
     El centenario de Cervantes ha hecho que se publique más sobre él, pero no que se lean más sus escritos. Lo mismo ocurre con Miguel Hernández: a fuerza de nombrarlo es más un fetiche que una lectura. Sus diez o doce poemas necesarios han sido tapados por los ropajes de la hipérbole y el festejo popular. 
     Hernández abandonó el ludismo literario (“Perito en lunas”), la ambición de fama poética (“El rayo que no cesa”) y el deseo de hermanarse con los poetas comprometidos (“Viento del pueblo”). Cuando olvidó la emulación artística de Góngora y Quevedo, y la consigna política, y sintió la mordedura de la vida con sus pérdidas -la libertad, el hijo- ya no escribió como poeta ni para los poetas, sino como hombre y para los hombres: y ahí quedaron “El hombre acecha”, el “Cancionero” y sus últimos poemas. En este último tramo es donde hay que buscar su mejor legado. Lo demás -si fue católico o comunista, si hizo esto un día o al siguiente, si tal escrito lo fue para A o B…- aclara la anécdota creativa y vale a posteriori, pero no es distintivo ni refuerza el valor de lo que se dice para el hombre universal. Que una obra importa por lo que logra, al margen de cómo se logra. 
     ¿Continúa vigente “El niño yuntero”, por ejemplo, porque “es” un poema “social”, o por ser una variación de Gabriel y Galán? Ni por su coyuntura bélica ni por su origen literario, sino porque atestigua el desvalimiento infantil y la opresión del fuerte sobre el débil: y eso pertenece a cualquier tiempo porque habla de esencias, no de circunstancias.  
     Bueno es que los estudiosos desentrañen los entresijos de un autor, ya que es finalmente la intrahistoria la que determina la Historia; pero las buenas intenciones de los populistas solo consiguen malversar lo que pretenden popularizar: porque llevar la cultura al pueblo no puede significar frivolizarla: y es que un poema es palabra elocuente y sensitiva, no espectáculo trivial y publicista. Por eso no pueden apropiarse de un autor ni los eruditos ni los estupradores de la escritura. Ni siquiera El “Retablo de Maese Pedro” de Falla o las “Variaciones sobre un tema caballeresco” de R. Strauss han conducido hasta “El Quijote” a más lectores; menos aún los festitíteres baratos del Año Cervantino. Hay que buscar otras vías que no traicionen al autor.
     Cuando un poeta lo es en verdad, y enteramente, no escribe para que lo homenajeen, ni para que lo santifiquen o demonicen, sino para arropar al hombre y apaciguar, con su escritura, su orfandad ante el mundo, su indefensión social y emocional. Y no merece que lo ondeen solo como una bandera turística o un plato gastronómico digno de aplauso. Así que apláudasele una y otra vez: pero no hasta el punto de que la arenga sustituya su identidad: sus versos, su consuelo, su donación al mundo.

miércoles, 1 de febrero de 2017

El Libro de Teluria (II)

Para leer sobre Teluria pulsar:

El libro de Teluria (I)


Purcell: Lamento de Dido

3
Más dulce era tu voz cuando me hablabas
de la belleza de los manantiales
en la montaña, y de la lluvia bajo
los árboles de un bosque.
Nada hay más claro en la naturaleza
que la naturaleza misma de las cosas
desnudas y sencillas, me decías.
Me habías rescatado
de la ciudad inhóspita del mundo,
y no querías que volviese al láudano
de efímeros edenes.
Sumida en la ebriedad
del dolor, yo me había abandonado
a la desolación.
Me venció la agonía de estar viva
y sin hallar sentido a la existencia.
Pero llegaste tú
cabalgando tus sueños
y sembraste en mi invierno primaveras.


4
Recuerda, tú recuerda cuando entre las palomas
que arrullaban el sueño de Fray Luis
el aire detenía su aliento en el crepúsculo
y todo se aquietaba como un mar silencioso.
Allí, junto a la noche, recitabas a Horacio,
a Yepes y otras voces extasiadas
en la contemplación de la alta mansedumbre.
Acudían Aldana, Meléndez, y Teresa,
y tantos otros ecos de la luz
buscadores del alma de las cosas.
El verso estremecía
la piedra de la luna, que acuñaba
su ex libris sobre el cielo manuscrito
por tu voz y mi voz, salmodiadoras
de la belleza en el amanecer.
Luego tensaba el arco de Cupido
sus flechas y una música interior
nos devolvía al dulce Garcilaso.