(En el centro del escenario una mujer cubierta con una túnica indefinida o ambigua identidad. En la pared del fondo van apareciendo las imágenes de cada una de las monologadas. Primero se suceden todos los retratos; luego cada una de las representadas mientras lo son).
- Soy la mujer, la mulier sapiens, aunque hayan ocultado mi apellido los muchos necios que en el mundo han sido. Quiero contar mi historia para entender el mundo y aceptar la vida. Nací en la Edad Dorada, esa de la que habla Don Quijote. Mi compañero de edén me respetaba y éramos felices en aquel paraíso. Sin embargo, de pronto, un día, una lluvia de víboras me envió una serpiente luciferina y tuvimos que huir bajo lluvias y herrumbres. Y empecé a no entender. Una babel de desentendimientos comenzó a levantarse y separar a unos nómadas de otros, cainitas todos ellos. En los caminos y aldeas lo que brotaba como fraternidad y solidaridad fue tornándose impunidad ante la ley. Gobernaba el más torpe y más fuerte en soberbia. Así, se me empezó a tratar como un objeto tan solamente útil para el trabajo, dar hijos y limpiar la caverna. Como era él quien salía a cazar y nos nutría -a mí y a nuestros hijos- empezó a considerarse el fuerte y dueño, y a mí su débil esclava.
(Se aleja hacia el lateral izquierdo y se viste con otra túnica similar, pero distinta)
- Soy Leonor de Aquitania. La primera mujer que unió espada y verso, puesto que participé en las cruzadas y conjunté en la corte juglares y trovadores, engendrando el "amor cortés", que tantos y bellos textos llevarían hasta el "dolce stil novo", dantes, petrarcas y garcilasos. Primera feminista tal vez soy, que no se olvide. Sin mí no existirían las Wolstonekraf ni las Beauvoir, que son las que se llevan los honores.
(Se aleja hacia el lateral derecho y se viste con otra túnica similar, pero distinta)
- Soy Hildegart Von Bingen. Los anacoretas y eremitas emigraron desde sus desiertos en busca de algunas alibech descaminadas, esas que retrata Bocaccio en su Decamerón. Aproveché la debilidad de las Iglesias de aquel tiempo y difundí mis músicas y filosofías por Europa, sirviéndome de mi categoría de abadesa liberal. Ya demostré mis astucias y estrategias haciendo compatibles mis dedicaciones al saber con el monjerío hacia la santidad. Seguramente me repudiaron los cantores gregorianistas, más recios con sus monodias.
(Se aleja hacia el lateral izquierdo y se viste con otra túnica similar, pero distinta)
Yo soy la inesperada y no obstante la creada por un hombre: Dulcinea; es decir: la perfección de la mujer soñada como espíritu inasible. Por mí tal caballero se esforzó en mejorar el mundo sin desesperar un solo día ni un instante. Como yo ha habido muchas que solo han conseguido ser metáforas de sueños. Pero también regalos de la inteligencia y perseguidoras de las igualdades. ¿Queréis algunos nombres? Ahí tenéis a Hipatia, a Juana de Arco, a Curie... por ejemplo...
(Se aleja hacia el lateral derecho, o al fondo y se viste con otra túnica similar, pero distinta)
- ¿Alguien ha escuchado "La marcha nupcial" del ilustre Mendelshon? Pues yo soy su hermana Fany, tan ilustre como él, al que ayudé en sus composiciones aunque se me acalló por ser mujer. Por ahí anda la hermosa Clara Vieck, más conocida como Clara Schumann, esposa de Robert -con quien tuvo ocho hijos-, compositora como él, y la mejor concertista de la Historia hasta entonces, según el mismo Liszt o Brahms, a quien se negó durante décadas por dedicarse a difundir la música de su marido, por amor y vasallaje machista.
(Se aleja hacia el primer plano y se viste con otra túnica similar, pero distinta)
- Y en fin. Qué decir de mí. Soy Virgo María, la madre del Cristo. Señora del Cielo y de la Tierra y, sin embargo, gran sufridora del más sonado y oculto derecho de pernada, puesto que la Trinidad se lo impuso a mi marido, el sufriente José. ¿Importa si pude ser virgen y madre al mismo tiempo, como dicta el sofisma de Éfeso? Lo que sí importa es que, según ese dogma, se me privó del placer del conocimiento carnal, siendo el acto sexual el principio de la supervivencia, además de que la satisfacción del erotismo forma parte de la Naturaleza; impide caer en el desequilibrio mental. Diré que todos aquellos que no reciben sexo están incompletos. Y no obstante, a mí -la más corazonada de las féminas- se me negó por divino decreto; y no me rebelé, esa es mi culpa. ¿Qué puedo yo deciros sino que no os dejéis vencer por las inquisiciones?
(Al centro y fin)
- Yo soy la Nueva Eva. En mi condición de encadenada al ostracismo el hombre me ha convertido en la observadora de su devenir, su historiadora; y esto es lo que he visto, más de esperanza que de hierro armada: la historia del mundo que ha creado el hombre es una sucesión de guerras separadas por extrañas treguas para reponer sus armas. Y no debemos igualarnos a ellos, ni competir con ellos, sino aprender de sus errores y de sus aciertos, sin odios ni revanchas. Toda vida es un viaje hacia otra persona. El mundo debe aceptar que, más que hombres y mujeres, somos ocho mil millones de personas con la misma dignidad. Seguid el criterio: una para todas y todas para una. Esa es la divisa. Todos para todos.