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viernes, 25 de septiembre de 2026

Poemas en Akra Leuka (XVII) - Pedro Ramírez


Debussy: El mar (Baile de olas)


Enamoradiño de Susana estaba Pedro, aquel verano en Torrevieja. Fue por allí durante tres o cuatro años, en los meses de agosto. Y, cuando un día ambos salieron del mar, como dos peces brillantes jugando a perseguirse, y se sentaron sobre la toalla, él le dijo a ella con su voz susurrante y melancólica: "Se te han quedado dos gotas de océano en los ojos, y son como dos olas que me inundan. Qué hermosa es la tormenta que hay en mi corazón".
    Así la enamoró.
Escribió prosas y versos que tal vez solamente yo conservo; y, tras algunas cartas, desapareció con su amorosa estatua y sus inviernos. No sé más.
    (Sospecho que al menos uno de los dos poemas que aquí copio no fueron dirigidos a la misma ninfa de la playa: los ojos de la destinataria del segundo son "negras lunas", no del color de las marítimas olas como las gotas del océano de Susi).

La estatua

Como una estatua líquida, sonríes,
carámbano de cielo, frente al mar,
mientras las olas leves te persiguen
para abrazarte con tu propio abrazo.
Playas sin horizonte, errante piélago
que se acerca y se aleja igual que un péndulo
precipitado a la desolación.
Pareces de coral y carmesí,
devanación de esfinge alborozada,
y brillas como un chorro de alegría.
El agua se deshoja entre sus olas
y teje su guirnalda ante tus pies.
Triste melancolía la del mar,
que no te alcanza y deja al retirarse
su corazón como un dibujo muerto.


Mensaje en una botella
                             

Me dolía la vida 
y un día te encontré.
Me dibujé en tus ojos,
que me llamaban como negras lunas.
Tu sonrisa me hizo sonreír
y entró en mi corazón
como una luz serena
cargada de promesas.
Yo soñaba que estaba en una isla,
abrazado a tu cuerpo y a las olas.
Náufrago del dolor,
me buscaba en tu boca,
y en la mía tú hallabas 
el beso, talismán que nos unía.
Ahora, ya despierto, yo me digo:
tal vez tú eres mi isla,
y en ti quiero adentrarme
hasta amarrar mi sexo en tus entrañas.

                      
 © Pedro Ramírez

miércoles, 23 de septiembre de 2026

El abrazo perfecto


Historia de Marujita y Marujito

Sucedió por Entonces que Adán y Eva vivían acomodados cada uno en su paraíso.
    Un día se conocieron y se hallaron cada uno digno del otro: en su ser y en su estar. 
    A menudo hablaban de que serían más felices todavía si compartieran sus días en el mismo paraíso; pero no se decidían a ponerlo en práctica por temor al fracaso. 
    No se daban cuenta de que la felicidad está dentro de cada uno, no en su exterior físico o social: que importa menos el alrededor que el centro porque este es la creación de un ser independiente -el te amo y te necesito mutuos- nacido de dos independencias que se abrazan y conviven hasta encontrar la generosa cotidianidad esencial como verdadera substancia de sus vidas -o vida-. 
    Que bastaba sustituir el miedo a abandonar sus respectivos paraísos solitarios por el construido entre ambos. De conservarlos, y así tener tres: el vergel del Tuyomío, el del Míotuyo y el de "Ahora necesito estar solo conmigo mismo-a y tú me lo permites como te lo permito yo". De tal manera bastaba con decir: "Me voy a desendemoniarme".
    Surgían de este modo tres convivencias: tú conmigo en mi casa; yo contigo en tu casa; y cada uno en la propia sin el otro. 
    No existía así el fracaso, sino el acostumbramiento a las cotidianidades -victorias sobre los egoísmos-  que son las que atemorizan por si no las vencemos. Así siempre existe el "tequiero-nosqueremos", estemos  en cualquiera de esos paraísos. 
    Es la única eternidad de dos.

(¡Pues empecemos ya! No vamos a perder nada y podemos ganarlo todo!)
Utopia habemus .- Se oyó graznar a Luzbel cercanamente a lo lejos. 

martes, 22 de septiembre de 2026

Gorgona

Escuchar 

GORGONA  

La gorgona

Eran sus ojos como dos venenos

que me invitaban a una muerte dulce. 

Los ojos son sirenas que hipnotizan 
con su canto a la luz.

La tempestad del corazón renueva 

su oleaje de lágrimas ardientes, 

y dos gotas de zarca simetría 

-igual a la esmeralda tras la lluvia-

dilatan sus océanos convertidos 

en vítreos manantiales de luz fénix

hipnotizantes: como dos gorgonas 

dispuestas a matar a quien los mira. 

Eran sus ojos como dos venenos

que me invitaban a una muerte dulce. 


Alejandro Hidalgo: Encuentro con Antonio Gracia

 

                                                        Casi una epopeya
 
Alejandro Hidalgo: Encuentro con Antonio Gracia

El otro día, con el entusiasmo jovial de quien tiene ganas de ser mejor persona, recibí un correo de don Antonio Gracia. Me decía que tenía tiempo libre y podíamos vernos. Yo sentí de súbito una emoción que me recorrió la espina dorsal: una mezcla de nerviosismo y adrenalina.
    La distancia que me separaba del lugar de encuentro era considerable y, además, debía adecentarme. El principal motivo de aquella entrevista era, en apariencia, sencillo: un trabajo académico, la recopilación de materiales para una investigación y, quizá, la posibilidad de formar con ellos un futuro artículo.
Llegué un poco tarde, a pesar de haberme dado prisa. Ya había empezado con mal pie. Para colmo, pasé delante de él sin darme cuenta.
    Habíamos quedado en una cafetería. Entré y descubrí que no estaba dentro. Salí de nuevo y entonces vi a un hombre excelentemente acicalado: canas, alopecia madura, camisa blanca y pantalones a juego. Su presencia era impoluta. Frente a la mía, un simple conjunto azulino: camisa azul y pantalones vaqueros.
    —¿Es usted Antonio Gracia? —pregunté apresuradamente, con la seguridad de que sí lo era y sin saber demasiado bien cómo introducirme.
     —Sí —respondió de forma escueta.
    Me presenté nuevamente, aunque ya lo había hecho por correo. Saqué el portátil para consultar una interminable batería de preguntas. Lo primero que le pregunté fue cómo estaba. Una preocupación inicial, quizá dulce, para romper el hielo de una manera natural y que la pregunta no pareciera gratuita.
    Noté un súbito nerviosismo que fue diluyéndose conforme avanzaba la conversación. Poco a poco, aquella entrevista que yo había imaginado como una situación solemne se volvió bastante natural.
    El tema fue desarrollándose de manera lineal. Comenzamos hablando de su infancia. En determinados momentos tuve la impresión de que su inteligencia se adelantaba a la mía: recuperaba datos que yo había recabado antes de nuestro encuentro y los reformulaba, en ocasiones, utilizando la tercera persona. Yo escuchaba e intentaba seguir el hilo. Su cultura era amplísima y, por momentos, me sentía intelectualmente inferior ante alguien que llevaba décadas acumulando lecturas, experiencias y reflexiones.
    La conversación tenía algo hipnótico. Hablaba a media voz y el ruido del tráfico parecía acompasar su ritmo. Los chicos sentados a nuestro lado reían con una estridencia que contrastaba con su tono. Una madre caminaba cerca con su hijo y movía incesantemente un sonajero. Pensé en proponerle que entráramos en la cafetería, pero no quería interrumpirlo. Ni siquiera llegué a invitarle a nada: estábamos demasiado absorbidos por la conversación.
    Durante buena parte del encuentro tuve la sensación de no estar completamente a la altura de la situación, a pesar de encontrarme allí precisamente en calidad de investigador.
    Hablamos de Los ojos de la metáfora, un libro peculiar y difícil de abordar desde una lectura exclusivamente racional. Hice especial hincapié en él porque quería comprender cómo había nacido aquella escritura. Mi impresión, después de haber leído el libro y de escucharle hablar sobre él, era que allí confluían una experiencia de oscuridad, un lenguaje extraordinariamente alucinado y una búsqueda insistente del propio sujeto. También hablamos de su blog y de Reconstrucción de un diario. Allí apareció de nuevo la cuestión de la construcción del yo y de la posibilidad de escapar de una determinada identidad mediante la escritura. Yo había interpretado en sus textos la presencia de un desdoblamiento de la voz poética, de un posible alter ego, y quise contrastar esa lectura con él.
    La conversación derivó también hacia algunas experiencias de su trayectoria literaria, entre ellas sus problemas relacionados con el Premio Loewe y la repercusión pública que tuvieron. Escucharlo hablar de aquellas circunstancias me hizo pensar en la distancia que puede existir entre una persona y la imagen que de ella construyen los demás.
    En otro momento apareció una cuestión que me llamó especialmente la atención: su preocupación por transformar al ser humano y mejorar su condición. La idea me pareció ambiciosa y, al mismo tiempo, inevitablemente utópica. La conversación continuaba desplazándose de un asunto a otro, como era natural en un encuentro informal, pero cada desvío terminaba conduciendo a alguna de las cuestiones que me habían llevado hasta allí: identidad, escritura, vida, muerte. Finalmente apareció precisamente la muerte.
    Su concepción de ella me pareció marcada por el escepticismo y por una ausencia de respuestas religiosas tranquilizadoras. Me contó una imagen relacionada con su propia muerte que me impresionó especialmente: la representación de su cuerpo en un ataúd, ya en estado de putrefacción. No sé hasta qué punto comprendí exactamente lo que quiso decir con aquella imagen, pero la experiencia de escucharla me produjo una impresión difícil de olvidar.
    Al final nos dimos la mano y nos despedimos.
Y aquel gesto sencillo, casi doméstico, terminó de devolver la conversación —después de haber hablado de poesía, identidad, lenguaje y muerte— a la realidad inmediata de dos personas que, durante unas horas, habían compartido una mesa, unas palabras y una parte de sus vidas.
                                                Alejandro Hidalgo

                                                            Pulsar 


domingo, 20 de septiembre de 2026

SONETO PARA AZULINDA Otro audio encontrado en internet

 

Ruego al lector o lectora que sea fiel al texto. Más se lo agradeceré.


De Azulinda para su enamorado

Tú dime que me amas, que me quieres
más que a todos los seres de este mundo,
y que has sido tan solo un vagabundo
buscándome entre todas las mujeres.

Dime una vez, y mil, que me prefieres
porque has hallado en mí el amor profundo
que no encontrabas, que con él inundo
tu corazón, y que sin él te mueres.

Yo te diré que sí, que creo en ti,
que nada es falso de cuanto me escribes;
que escribes para mí y para mí vives;

que en ti confío, igual que tú en mí;
que el amor es la única mentira
que el alma acepta y por la cual suspira.

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