Los primeros pensadores, filósofos, o analistas, tejieron sus teorías sobre el mundo: la existencia era un cúmulo de placeres o sufrimientos, errores y aciertos, caos o cosmos. Tal vez triunfó la visión de quienes entendían que este mundo sería un buen espacio para vivir si se eliminaban los errores. Claro está que los errores se debían a la materia, al cuerpo, rémora de la pureza del alma. Como consecuencia, el cuerpo se convirtió en el enemigo de la felicidad. Con lo cual, se le condenó a purgar su culpa mediante sacrificios y torturas, en tanto que se ensalzaban las excelencias de la muerte como puerta hacia la liberación del alma.
La historia del pensamiento es, de este modo, una historia de la condenación del cuerpo y, por lo mismo, de la naturaleza corporal. Tuvo que llegar el hedonismo, en su más noble acepción, para que se defendiesen las pulsiones de la carne y su aventura en este pequeño lugar llamado Tierra.
Es verdad que no solo de materialismo vive el ser humano; ni, tampoco, solamente de espiritualismo. Pero ¿cómo se conciliarán materia y espíritu, cuerpo y alma, si no se satisface el fragor de la pasión para que la razón encuentre su equilibrio? ¿Y cómo se conseguirán una vida y un arte armoniosos sin la armonía de la mente que la vive y lo dicta?
En la conquense Priego se celebra, desde hace años, un breve curso de verano que organiza la Universidad de Castilla-La Mancha: "Leer y entender la poesía". En los últimos años estuve allí. Nada de frialdad académica: familiaridad. Universitarios, profesores y conferenciantes en un pequeño hotel. Deleitar aprovechando. El clima agradable suavizaba el mes de Julio.
Este año volveré probablemente. Días 9 y 10. Se dedica en esta ocasión a Antonio Carvajal y a la poesía y crítica del tardofranquismo. Intervienen: Juan José Lanz, Ángel Luis Luján, Antonio Chicharro, Manuel Rico, Luis Bagué, Juan Ramón Torregrosa, José Cabrera, Dionisio Pérez.
Durante los años cuarenta y cincuenta del anterior siglo, cuando Alicante inició su despegue del desierto cultural en que yacía tras la guerra, fueron las páginas del diario INFORMACIÓN portadoras de la inquietud de algunos jóvenes que buscaban llenar aquel vacío con sus versos, sus tertulias y revistas poéticas. Algunos, concienciados con la cultura, fuera del signo que fuese, dedicaron lo mejor de sus días a empresas literarias como “Siguenza”, “Verbo”, “Ifach”, intercambiando textos y autores con otras revistas y dedicaciones similares de toda España. Con criterios dispares, paralelos, contiguos u opuestos al Régimen, diciendo “digo” poéticamente donde pensaban “Diego” en cuanto a ideologías, en aquel tiempo de silencio sembraron actos que darían hechos de relieve, como, por ejemplo, la primera publicación y reivindicación de Miguel Hernández dentro del páramo español, en 1951.
Hojeando el quehacer periodístico de esas décadas -en un puñado de páginas facilitadas por Francisco Moreno Sáez-, encuentroen el del día 13 de mayo de 1946 un poema olvidado de Manuel Molina. Olvidado, relegado o perdido, porque no figura en el rescate que de su poesía hizo el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert. El volumen, que Molina no pudo ver impreso, aunque participó en la recopilación, nació con vocación de ser unas “poesías completas”, y se editó bajo el título de “Versos escogidos”, reconociendo los editores que faltaban muchos poemas dispersos en periódicos.
A pesar de que el texto aludido contiene alguna cojera rítmica, probablemente erratas, lo copio más para sus amigos -entre los que tuve la suerte de encontrarme- que para los críticos. Se trata de un soneto, publicado cuando contaba 29 años, dedicado “A don LuisPrats y García del Busto”, cuyo título es “Palabras del camino”:
Por la senda larga y sin poniente
donde la sangre marcha a pie forzado,
los siglos y las rutas han dejado
el ansia de su huella refulgente.
Se adivina su voz tierna y caliente
en los límites que el aire ha colmado
de su tacto sutil y enamorado
en la espuma sin luz de su corriente.
Espejo de ese sueño que se vierte
cuando el deseo se anul(d)a con el alma
en un abrazo único y vehemente,
es el camino que, por su vertiente,
como el agua que fluye hacia la calma
nos lleva de la vida hacia la muerte.
(*) Fácilmente se observa que el primer verso pudiera ser "por el sendero largo y sin poniente", en el 6º decir lindes en lugar de límites, y en el 10º anuda en lugar de anula. Pulsar para leer >>
A.- Fue a mediados de 1980. Yo
había escrito un largo y pretencioso análisis de Manuel Molina -y Vicente Mojica-
y la Diputación lo había publicado en la revista del entonces Instituto
de Estudios Alicantinos. Cuando algún tiempo después conocí personalmente a
Molina en “su” Biblioteca Gabriel Miró me preguntó que por qué afirmaba yo que
él era un “hombre colérico”. No lo era: se trataba de una errata: un signo de
interrogación que, al omitirse, convertía la pregunta en afirmación.
Digo esto porque si algo de
Molina persiste en mi memoria es su apacibilidad, su bonhomía tras el humo de
su pipa, sus recuerdos amables y reiterados de los amigos que le acompañaron
durante toda su vida: Miguel Hernández,
Carlos Fenoll, Gil-Albert, Machado, César Vallejo. Él fue uno de los
primeros que me dio alguna pista sobre Pascual
Pla y Beltrán, recordándolo -paseantes corcova con corcova- junto a Valls Jordá por las calles de Alcoy.
A
veces sacaba una fotografía junto a Alberti
en Italia, acudía a Celaya, a Otero o Leopoldo de Luis y empezaba un lamento -que siempre interrumpía
apenas iniciado- sobre el hecho de que se le olvidase entre los poetas
“sociales”. Porque así, de poeta social, se calificaba a sí mismo en la
dedicatoria de un libro prologado por Cela
-que aún conservo- y que me remitió muchos años antes de que nos conociéramos.
Su adolescencia oriolana
junto a los sijenianos y sus años de esfuerzo por crear junto a Vicente Ramos un espacio cultural en
Alicante eran otros retornos de su memoria amable. Amable y apacible, ya lo he
dicho: nunca entendió los demonios poéticos o vitales: la huida literaria de
Fenoll, por ejemplo. Una tarde en su casa, mientras Carlos Sahagún intentaba deshacerse de mis inquisiciones literarias
y escrutaciones vitalistas, me dijo en un aparte que no comprendía mis
“tormentas”: “¡Si tienes un trabajo, un hijo, algunos libros y amigos que te
quieren! ¡Ya has plantado tu árbol!”. Era así de “sencillo”: creo que me lo
decía porque tampoco acababa de entender a Sahagún, encontró afinidad entre
nuestras vorágines y pretendía que Sahagún y yo nos reconociésemos como vecinos
mentales. Él era “familiar” -recuerdo a su esposa encontrándole papeles que
había ordenado en carpetas- y creo que jamás comprendió -pero tampoco la
descalificó- la tortura “existencialista”: porque para él la existencia era
como los caminos que, desde niño, aprendió a calafatear junto a su padre: algo
que había que trabajar con ánimo y sin desasosiego. Por eso, aun cuando en su
obra fustiga a los malversadores de la vida, hay un punto de comprensión del
descarriado.
B.- Fue Manuel Molina un autor que, durante casi
toda su vida, simultaneó su trabajo en la Biblioteca Gabriel
Mirócon su afán por la literatura y su devoción por Miguel Hernández, a
quien dedicó varios libros guiado más por el panegirismo y mitología de la
amistad que por la verdad objetiva, aunque los aciertos de esta no pueden
desenredarse, las más de las veces, sin los errores cometidos por la pasión de
aquella. Como poeta, destacan sus libros en los que la preocupación social
reclama el centro de atención, tal como pedía en ese tiempo su amigo y portavoz
de la “poesía civil” Gabriel Celaya. Como hombre, su palabra sencilla y su mano
tendida fueron siempre para cuantos jóvenes se acercaban a su despacho de la
Biblioteca o a la fácil puerta de su casa.
Un autor escribe a pesar de
sí mismo, contra sí mismo o para los demás. Rescatar una obra supone siempre
recuperar a un hombre. De Molina se puede y se debe decir -y creo que le gustaría-
que su humanidad fue superior a su poesía, sin que este juicio sea un menoscabo
para esta, sino una alabanza para aquella. Muchos poetas hay en la república de
las letras, y mucha competencia y animadversión. Pero en la tiranía y
democracia de la vida hay demasiados hombres que no consiguen ser “en el buen
sentido de la palabra, buenos”. Y Molina lo era. Trina Mercader, Rafael Azuar, Santiago Moreno, Clemencia Miró, Albi, Cerdán
Tato, Ernesto Contreras y otros muchos, incluso si los distanciaban las
ideas, solo eran nombrados con respeto y cariño. Fue como el Aleixandre de Alicante: para los
hernandianos, un auxilio; y para los jóvenes poetas, un apoyo. Como digo, su
casa estaba abierta a los recuerdos y la amistad serena.
Un día se marchó sin aspavientos,
tranquilo y sosegado, como él era. El Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, en
edición de Cecilio Alonso y José Carlos Rovira, recogió su poesía en 1992. Pero
yo, antes que como libro -aunque además-, prefiero recordarlo como hombre.
Por eso: adiós, amigo. No
olvides encender tu pipa, si estás en algún sitio: para que el humo oriente a
quienes te recuerdan.