Había vivido una vida tan aventurera que la aventura era su única hazaña. Huyendo de sí mismo se enzarzaba en continuas batallas amorosas -o mejor: escaramuzas lujuriosas- que no sumaba como extrañas victorias, sino como derrotas de sí mismo vencido por sí mismo. Y, como odiaba su propia identidad, era un consuelo que alguien lo amase siquiera durante el breve tiempo de la fascinación.
Cada mujer era, antes y después, una leve y hermosa fortaleza, un desafío en el que, aun victorioso, era vencido. ¿Era su soledad buscada -como siempre había creído-, o impuesta porque su egotismo disfrazado de libertad sin compromisos ni responsabilidades se la imponía? ¿Moriría sin haber conocido esa dulce compañía -dicen- que llaman convivencia? El terapeuta le aconsejó que -cuando tropezase con el monstruo de La Melancolía- reviviese y repasase el número y calidad de amoríos en vez de aumentarlo:
Cuando en su enumeración pasó de las siete decenas observó que había aumentado la cantidad y disminuido la calidad: Porque más vale aderezar y compartir la comida con amor que variarla por probar de todo pantagruélicamente. Y mejor es ir por la vida de la mano emotiva y sensual que del sexo sin bridas. ¡Pero cómo decidir sobre lo que no se conoce! De modo que tendría que aventurarse a abandonar la aventura y comprometerse consigo mismo a mantener su decisión: convivir y no convertir la convivencia en otra aventura de supervivencia!
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