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lunes, 2 de febrero de 2026

José Ramón Giner: La vida interior


José Ramón Giner: La vida interior (*)

Cuadernos 2005-2011

Imprenta Kadmos. Salamanca. 2025



¿De qué sirve correr si todos llegan cuando la meta ya es otra o se ha ido alejando durante la carrera? Eso es El Progreso: un lugar indistinguible y mutable. La única manera de alcanzar el presente es deteniéndolo, no acumulando novedades -o "progresos"- que la mente no puede asimilar; para un mundo justo debemos detenernos, igualarnos, y después continuar. Sé que eso es improbable porque todo el mundo quiere subir peldaños y si se detiene el pensamiento no progresa la ciencia ni la tecnología...; y si esperamos a que todos los necesitados sacien sus necesidades las grandes empresas no sacian las suyas... Y ya no podemos decir que los ricos dejarían de enriquecerse: porque todos somos hijos espurios de los ricos. Pero hora es de volver a la caverna inicial y salir de ella amando a quienes conviven con nosotros en la cripta del mundo, en la caverna del cosmos, y regresar una vez igualados para seguir avanzando todos al mismo ritmo.

    Ser objetivo con la propia subjetividad es el logro mayor para acertar en nuestras opiniones y equivocar lo menos posible la voluntad solidaria. El único filtro para aceptar o rechazar algo que afecta a nuestros principios somos nosotros, el yo de cada uno: significa que cualquier cambio es juzgado por la misma entidad que pretende ser alterada. Requiere la honesta percepción del mundo propio y ajeno: el de todos. Esa consecución exige la voluntad más difícil de practicar: la honestidad meditativa, la difícil tarea de dudar de todo como mètodo para encontrar en ese generoso escepticismo la verdad o el substrato verdadero de todo hasta hallar una tras otra la verdad perdurable, el prístino destino del devenir humano. Y es más cómodo ser creyente de cualquier manifiesto de la mayoría que disentir en busca de una verdad atemporal porque todas son efímeras. Salvo una: quien  no duda no busca la verdad. Con lo cual se firma la sentencia de muerte de toda inquisición.

    Hago esta consideración tras la lectura de un breve librito titulado La vida interior en el que se practica la duda metódica sobre las huellas del tiempo. Su escritura tal vez fue confesional y autorradiográfica, pero su impacto en el lector, por su aparente carencia de pretensiones, va más allá de cualquier ludismo. 

    Su autor es José Ramón Giner, quien durante muchos años fue periodista y en este libro lo es de su propia vida; es decir: buscador de aquello que le permita afianzar su pensamiento en algo definitivo tan propio como ajeno. Su método ha sido muy sencillo y muy difícil: comentar fragmentos de identidad individuales y sociales: afrontar el hoy del pasado como un objeto manipulable por el tiempo para que no sea manipulador del hoy del presente y del futuro, todos engranables. Su práctica es muy sencilla también: recordar una brevísima circunstancia y deducir trascendencias. Este método no es novedoso, pero sí acertado: porque no hay literatura, ni mitología del ayer, ni utopía, sino afrontamiento de una realidad próxima: es un diario que argumenta y cuestiona no lo cierto de esa breve circunstancia memorística sino el aprendizaje deductivo de la misma. De manera que el lector se da cuenta de que la pluma va extrayendo recuerdos y probabilidades de veracidad: la pluma no trata de convencer al lector sino al autor, siempre esgrimiendo la duda y la voluntad de acertar en esas deducciones.

    Como consecuencia, es este un libro de mínimas memorias, de intrahistorias que rescatan toda una vida: la del presente continuo que se fue, se va y se irá. La de que pensar la vida -como dictaran otros- es aprender a morir: pero también a vivir. La de un hombre en la frontera que afirma su existencia para tratar de entender la imposibilidad de entenderla y ser consecuente. Un breviario sentencioso, aforístico; retrospectivo en su indagación melancólica y prospectivo en temores y anhelos. Eso es, o me parece, este conjunto autotestimonial. Pequeñas postales componiendo el friso de la nostalgia y la asunción de la muerte.

    Algunas de estas brevedades son o pudieran ser sustratos para poemas. Exhalan un aroma lírico. Lo que cuenta importa poco en ocasiones; pero sus consecuencias reflexivas y emotivas, el cómo lo dice es otro qué que sí importa y hace importante el qué anterior. La levedad de la prosa y las profundidades en las que penetra deduciendo hacen de la obviedad descubrimiento y de la sencillez profundidad; y bien merece calificarse esta dicción de otra forma de hacer lirismo. En el horizonte yace el Quevedo de ¡Cómo de entre mis dedos te resbalas, / oh cómo te deslizas, edad mía! Y, más lejano, el Hernández de ¿Adónde iré que no vaya / mi perdición a buscar?

(*) El autor ha cedido sus derechos de edición a este blog para que el lector tenga libre acceso a su contenido.

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