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jueves, 22 de marzo de 2012

Un poema de José Santiago Pérez Olivares (Antología, XLIX)

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Eisenstein / Prokofiev: Alexander Nevsky



LOS NIÑOS DE LA ESTACIÓN LENINGRADSKY

                                                                    A Roma, Misha, Yula y los demás



Los niños de la estación Leningradsky
     también perdieron la guerra.
Mas no como soldados,
     sino como niños
que un día descubren el horror.
Ellos no conocen más guerra que la de cada día
     -una en la que no hay obuses ni cañones,
campos minados ni metralla-.
Pero nada recuerda tanto una guerra
     como sobrevivir,
y nadie se parece tanto a un francotirador
     como una criatura con hambre.
Siento piedad por los niños de la estación Leningradsky,
por esos cuerpos sucios, esas ropas raídas,
esos ojos que dan la impresión de no entender.
Siento piedad por Misha, abandonado
     en un orfanato,
por Roma, cuyos padres bebían y lo azotaban.
Y por Yula, violada en la flor de sus doce años.
Siento piedad por los hombres y mujeres de Rusia,
     noble y bárbaro país
de popes y mujiks, de Solschenitzin y zares.
En el rostro de sus niños
     -los niños de la estación Leningradsky-
puede leerse la historia de la guerra
     (de todas las guerras perdidas).
Ellos llevan en la frente la sombra del GULAG
     y la sonrisa de Stalin.
Llevan la herida del vodka y la mirada de acero
     del KGB.
Yo siento piedad por los niños de la estación Leningradsky,
     llena de turistas,
de policías que odian,
de trenes que se hunden en los túneles
     como buscándole el alma a la noche.

© José Santiago Pérez Olivares

 Ilustración del autor


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