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viernes, 21 de junio de 2013

Manuel Molina: Un poema y un recuerdo (II)

Dowland: Fantasía nº 7

 2.- Un soneto

            Durante los años cuarenta y cincuenta del anterior siglo, cuando Alicante inició su despegue del desierto cultural en que yacía tras la guerra, fueron las páginas del diario INFORMACIÓN portadoras de la inquietud de algunos jóvenes que buscaban llenar aquel vacío con sus versos, sus tertulias y revistas poéticas. Algunos, concienciados con la cultura, fuera del signo que fuese, dedicaron lo mejor de sus días a empresas literarias como “Siguenza”, “Verbo”, “Ifach”, intercambiando textos y autores con otras revistas y dedicaciones similares de toda España. Con criterios dispares, paralelos, contiguos u opuestos al Régimen, diciendo “digo” poéticamente donde pensaban “Diego” en cuanto a ideologías, en aquel tiempo de silencio sembraron actos que darían hechos de relieve, como, por ejemplo, la primera publicación y reivindicación de Miguel Hernández dentro del páramo español, en 1951.
           Hojeando el quehacer periodístico de esas décadas -en un   puñado de páginas facilitadas por Francisco Moreno Sáez-, encuentro en el del día trece de mayo de 1946 un poema olvidado de Manuel Molina. Olvidado, relegado o perdido, porque no figura en el rescate que de su poesía hizo el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert. El volumen, que Molina no pudo ver impreso, aunque participó en la recopilación, nació con vocación de ser unas “poesías completas”, y se editó bajo el título de “Versos escogidos”, reconociendo los editores que faltaban muchos poemas dispersos en periódicos.
          A pesar de que el texto aludido contiene alguna cojera rítmica, probablemente erratas, lo copio más para sus amigos -entre los que tuve la suerte de encontrarme- que para los críticos. Se trata de un soneto, publicado cuando contaba 29 años, dedicado “A don Luis Prats y García del Busto”, cuyo título es “Palabras del camino”:

             Por la senda larga y sin poniente
donde la sangre marcha a pie forzado,
los siglos y las rutas han dejado
el ansia de su huella refulgente. 

Se adivina su voz tierna y caliente
en los límites que el aire ha colmado
de su tacto sutil y enamorado
en la espuma sin luz de su corriente.

Espejo de ese sueño que se vierte
cuando el deseo se anul(d)a con el alma
en un abrazo único y vehemente,

es el camino que, por su vertiente,
como el agua que fluye hacia la calma
nos lleva de la vida hacia la muerte.  
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