Visitas

Seguidores

sábado, 7 de abril de 2012

Poemas comentados (II): La leyenda de Oniria

video
Ravel: Pavanne pour une infante dèfunte

Si algún autor hispano puede representar el ideal del amor y su insatisfacción por el decreto de la muerte, ese es Garcilaso.

Siguiendo a Dante, Petrarca y Boccaccio, que habían sublimado el erotismo dándole forma de doncella arrebatada por la fatalidad de la inexistencia (Beatriz, Laura y Fianmetta), Garcilaso sintió en verdad y en carne viva lo que aquellos habían sentido y preludiado en verso: la muerte de Isabel centró su obra en la melancolía de la pérdida y, desde ella, el existencialismo.

La transformación -o catasterismo trascendente- de ideal en personaje lírico lo llevarían igualmente al poema Herrera y Quevedo, y otros muchos: siendo la vida y el amor un desengaño, lo mejor para evitar o asumir este es dar por muerta a la amada antes de que el impulso erótico tome forma en un cuerpo que aún no conocemos: algo así como un "no esperes y no desesperarás". La espiritualidad de lo corpóreo ante las abrasiones de la muerte para esquivar a La Metáfora.

Ese trovadorismo elegíaco pervive en Novalis, EsproncedaSalinas o Hernández. Bien entendió Poe el impacto que produce la muerte de la belleza y de la juventud en su método de composición, a propósito de "El cuervo".

Juvenilidad y hermosura frente a podredumbre: alegría contra sufrimiento: panegírico y exequias: la oda contraviniendo el planto: eros y tánatos. No hay receta mejor, aunque no se la busque, para encandilar, encender y aun azotar el corazón humano.


Sin duda, contra tanto fragor, así se fue tejiendo el himno en la elegía. 

Estrategias son del inconsciente que dejan su huella en el poema. Y en la pintura: ¿Qué es La Gioconda sino la búsqueda de un paraíso más allá de la carne? Y en la música; pues ahí está "A la amada inmortal", de Beethoven; y "La muerte y la doncella" o "Viaje de invierno", de Schubert; y "Amor y vida de mujer", de Schumann; y la conversión de Matilde y Wagner en "Tristán e Isolda".


Quede claro, con palabras de A. Machado (¿no es Guiomar una simbiosis de Leonor y los demás amores, como lo son todos los nombres de amadas literarias?): "No prueba nada / contra el amor que la amada / no haya existido jamás".

Tal vez ese dolor universal y su desconsolada tradición perduraban en mi pluma -investida de un terrible Tediato- cuando trazó este "Moja bieda", delirio luego superado -un crisantemo vencido, y un efímero infinito- en "Resurrección":

MoJa bieda



Ella era triste como una lascivia insatisfecha.
No sabía mirar, no sabía vivir, no sabía morir.
Ella era hermosa como un suicidio de quince años.
No quería ser triste, no quería ser bella, no quería ser muerte.
Ella vino en la noche como un beso en la noche.
Tenía el horizonte agarrado a su cuello
como una horca terrible sin forma de patíbulo
y se dejó caer hacia arriba, en la noche.
Ella vino en un beso masacrado, ella vino.
Ella era amor como una errata en un libro de lágrimas.
Ella no tiene cielos ni infiernos en sus ojos.
Tampoco los crepúsculos sonríen a su paso.
Y sin embargo el zoclo se detiene al oírla.
Ella era el cobalto, la manzana y el grítalo.
Quizásmente tal vez ella es una liturgia.
No hubo salacidad que rozase su piel de lepra virgen.
Ella no muere nunca porque no vive nunca.
Jamásmente ella ha sido lo que yo no soy nunca.
No enturbia, no conoce, no sonríe, no llora.
Sin embargo su pálpito eclipsa el universo.
Ella vino en la noche con un beso en la noche.
Ella vino en la noche como un beso en la noche.
Yo amé su piel de amianto para mi fuego inútil.
Murió hace doce años al erguirse hacia un beso.
Murió hace doce años llevándose mi vida.
La verdad: yo quisiera
no haber tenido que escribir este poema.


Greuze: La jarra rota

Resurrección



Cuando yo muera quiero
que olvides que existí.
Estaré en tu memoria,
la que no recordamos,
la que nos hace ser
quien somos porque fuimos.
En tu cuerpo, mi piel
continuará abrasándote.
Viviré en tus entrañas
y estaré en las palomas,
dondequiera que mires
y no esperes hallarme.
Por eso yo te digo
que cuando muera quiero
que me olvides, que abraces
los cuerpos de otros hombres
que te sigan amando
con la furia del tigre
y el tacto de las rosas.
Piensa que si viviera
querría oír tu risa
y saber que en el mundo
permanece el aroma
de tus senos de mar
y tus muslos de escarcha
y el orgasmo estridente
de la creación forjándote.
Escúchame, alma mía:
déjame que me vaya
sabiendo que mis dedos
moldearon tu carne;
que mi vida creció
en tu vida y que existo
a pesar de la muerte
en la vasta armonía
de la existencia: tú.

El primer poema puede escucharse pulsando:
Dos audiopoemas 
en Auralaria