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sábado, 28 de abril de 2012

Aníbal Núñez (Efigies, V.)


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Faurè: Elegía

Aníbal Núñez


       Son muchos los poetas que perpetran la edición de sus obras completas o sus memorias apenas llegados al “mezzo del camin de la sua vita”. Unos lo hacen porque precisan recordar al lector su existencia y otros porque necesitan sentirse precoces en algo. Poetas que jamás lo han sido y que no apuntan indicios de que algún día lo sean. En realidad, nada malo habría en la prematura recopilación si no fuese porque el crimen de lesa poeticidad ya se había cometido en la primera edición. Esto de pretender mantenerse en el escenario de las letras es como la lluvia: por cada oasis engendra mil cloacas. Agónico resulta pensar en tanto autor apenas édito en su  vida y tantísimo vivo amortajado tan tempranamente en libros.

           Otros autores, en cambio, más que de publicar, se preocupan de crear y les sorprende la muerte con muchos inéditos en los baúles de la reescritura, lo cual ya me parece un sabio estar en la poesía (lo de dejar en cuarentena la escritura). Es el caso de Aníbal Núñez (1944-1987), a quien conocí a comienzos del 68, fecha mítica en la leyenda de mi mente por razones ajenas al tópico. Por entonces yo descubría mundos... Lázaro Carreter, cuando volvía de sus congresos y se avenía a sustituir a sus sustitutos, nos atormentaba con Chomski y espiaba nuestras lecturas: Usted, señorita, estará leyendo la guía telefónica para encontrar novio, claro... Un día descubrí que, además de editor definitivo de El Buscón, era primoroso autor de obras teatrales que solo un lingüista se atrevería a firmar y que solo algunos ratones suicidas frecuentaban. Harto de su soberbia y misoginia le confesé que su pasión teatral no era correspondida por este alumno insumiso y gustador de Lope y Calderón. La respuesta fue la salida del aula y el septiembre en lontananza.

             Fue entonces (y por eso el preámbulo) cuando vi, sentado a la mi vera en un banco de la Biblioteca de Anaya, a Aníbal Núñez: dos cursos por delante, algo díscolo y con solo la apariencia de poeta. Leí algunos poemas de su primer libro, al alimón con otro autor. No me gustaron. Siguen sin gustarme aquellos textos. Pero su pluma aprendió a decir de otra manera. Sin gesticulaciones ni embelecos.

            Al aparecer su “Obra poética”, lo hizo bajo el síndrome del panegirismo. Se fundamentaron los editores para la reivindicación de Aníbal Núñez en la distinción individualista de su escritura. Ciertamente, no es difícil hacerse con un estilo propio (si el estilo fuese una manera de expresarse y no una forma de vivir) en un país en el que todos insisten en escribir igualmente mal. Pero es meritorio intentar que esa escritura sea no solo diferente, sino aportadora, creadora, no solo distinta sino distintiva, que imprima carácter al concepto además de ser característica formalmente.

           Aníbal Núñez trata de apartarse, entre los pocos que siguen la corriente del apartamiento, de la banalidad y del filosofismo. Su dicción es troquelada con la pasión de quien la contiene cuando escribe para que la verborrea no se disparate. Eso puede producir frialdad o ausencia de emoción, pero es contención (no siempre). Más que albañilería hay una arquitectura. Tal vez hay poca carne en la palabra. Tal vez sobra ironía distanciadora y defensiva. Algunos poemas tallan altos lirismos. Otros, como en todo poeta, solamente son la escalada hacia la cima de un estilo, el titubeo ante el hallazgo. Porque todo autor es una carrera en busca del hito expresivo y la consecuente caída en el precipicio de la reiteración o degradación de lo encontrado. Aníbal Núñez, como Hernández o Lorca, y cuantos mueren en plena madurez juvenil, no tuvo tiempo de caer en el autoplagio, al menos asumido.

      Como he dicho, hojeé entonces sus primeros poemas publicados. Nada que destacar. Años después leí algunas de las Fábulas domésticas y me parecieron de la cuerda, no de la línea, novísima. Recordé más al autor que al poeta. Ahora vuelvo a hojear, más lentamente, algunos textos y veo en ellos la pluma del autor con voluntad de tachar más que de proliferar, de suprimir y reescribir más que de versografiar. Y esa voluntad de contención, que debería distinguir a todo autor, dignifica su verso y estructura algunos poemas de entidad y nobleza. El poeta que sale de estas páginas ya no es aquel que conocí en los claustros de Anaya, a la sombra de Unamuno y Fray Luis. Ha cambiado la euforia y la gesticulación verbal por el acto conciso de la palabra escueta. Sin duda, su labor traductora le enseñó mucho sobre la conveniencia de la exacta manipulación del lenguaje. Mucho hay de escritura automática y estética sincrética. No obstante, es el chispazo de la vida lo que hace empatizar al lector con un poema. Y eso ocurre con la invasión de “Casa Lys”, poema que, por su potencia verbal equilibrada, destaco en este rápido recuerdo. Porque la belleza que importa es la que nace de la identidad del hombre, no solo de la entidad que llamamos literatura. 

          Los críticos no escriben sobre poesía, sino sobre los libros de versos publicados. Por eso los poetas, en vez de intentar escribir plenos poemas, escriben versosemas para los críticos y antólogos, con lo que la poesía se degrada cada vez más. Porque los poetas atípicos no encajan en los esquemas de la crítica y se quedan fuera de los estudios y las antologías. Solo unos pocos deciden mantenerse al lado del poema y conseguirlo a cualquier precio. Yo creí, hace años, que podía ser uno de ellos (me faltaron la inteligencia y el coraje). Aníbal Núñez lo fue. Probablemente.