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sábado, 12 de mayo de 2012

Don Juan el invasor (Aulario sentimental, V)



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R. Strauss / Zagrosek: Don Juan



                                        Don Juan el invasor


El origen del mito.
La figura de Don Juan nace de la unión de dos personajes esbozados en poemillas medievales: el caracterizado como enamorador y el signado como maldito y pendenciero, desafiador de convencionalismos, provocador de cielo y tierra, transgresor de todo lo que no convenga a su interés. Con el antecedente de El infamador, de Juan de la Cueva, la primera vez que se unen ambos caracteres -el amante burlón y el jugador de ventaja de la vida- es en la obra de Tirso de Molina El burlador de Sevilla y Convidado de piedra, determinándose su caracterización de conquistador de hembras, buscador del enamoramiento efímero y constante, buscón del fugaz gozo, retador de sí mismo a través del desafío continuo de lo ajeno, autocondenatorio cada vez que juzga y no perdona a los demás. Desde ese drama adquiere una relevancia universal y su presencia en la literatura y la cultura de todos los países y los tiempos es inagotable. En España es Zorrilla quien lo populariza y le otorga la posibilidad de redención, lo convierte en perdedor consciente e inevitable, lo sensibiliza, aunque sensibleramente, con su debilidad por doña Inés, que significa la inocencia frente a su desprecio por lo social y familiar. Moliere, Lenau, Lord Byron, Pushkin, Espronceda, Torrente Ballester -quien pretende compendiarlos todos- Righini, Gazzaniga, Gluck, Dargominzky y Richard Strauss, por citar siete culturas, lo han definido en música y palabras. Y quizá sea la palabra y la música de Mozart -con sus adherencias prefroidianas- las que más hondamente han configurado su misterio y su hipnosis.
         Esencialmente, el tema y desarrollo de los cientos de obras que lo tratan son los mismos: un noble aventurero cuyo rasgo distintivo es el de coleccionar mujeres y ofensas: se burla del amor en quienes lo aman (quizá para burlarse de sí mismo como estéril amante) y de las normas de la vida en aquellos que quieren imponérselas (para demostrarse, tal vez, que es un ser superior por atreverse a transgredir las leyes). Ejemplos de ambas transgresiones hay en la relación “de amores y desafíos” en la hostería del “Laurel”, el rapto de doña Inés en el convento y el convite al Comendador muerto a sus manos, presentes todos estos episodios, para ejemplificar simplificando, en la obra de Zorrilla.
          Toda la personalidad de don Juan -de Don Galán, como es denominado caracteriológicamente en algunas obrillas- se apunta en diversos fragmentos, esparcidos a lo largo de los siglos, que orbitan sobre el tema del enamorador de espíritu blasfemo. Resumo uno de ellos que compendia todo el donjuanismo (obsérvese que el personaje solo se acerca a la iglesia “por mirar las damas”) :
Caminaba Don Galán / para misa de Cuaresma. 
Iba por mirar las damas  /  que salían de la iglesia.  
Delante del Camposanto /  encontró una calavera.  
“¡Calavera, te convido / esta noche a la mía cena!”.   
A cosa de media noche /  Don Galán pide la cena. 
Aún bocado no probara /  cuando llaman a la puerta. 
 Sentárase muy a gusto  / a cenar la calavera. 
“Vente, Don Galán, conmigo / esta noche a la mía cena”.
En medio del Camposanto / una sepultura espera. 
“Entra en esta sepultura / y para siempre  escarmienta”.

 Identidad de don Juan.
¿Por qué el éxito de este personaje? ¿Cuál es la calidad que hay en su mito? ¿Qué es lo que determina que el público de todas las épocas se identifique con él o se sienta atraído por su esencia? ¿Qué representa? ¿Por qué su vigencia permanente? ¿Quién es, en fin, Don Juan? Muchas respuestas hay, y ninguna se basta por sí misma: 
1) Sin duda, el tema del amor, el más universal y el más cercano al ser humano cuanto más tabú por sexual, que es lo que encarna el personaje, tiene mucho que ver con la atracción que ejerce: acaso, observando a Don Juan,  pretendemos descubrirnos descubriendo su juego o su tragedia. 
2) Todos deseamos ser conquistadores, halagar nuestro yo sabiéndonos amados por una multitud de individualidades: o, quizás, ocultar que somos incapaces de hacernos amar siempre por la misma persona. 
3) Toda mujer quiere saberse deseada por quien, teniendo tantas para elegir, la escoge a ella: ¿cómo no amar y dejarse amar por el más grácil enamorador, burlando con ello, si fuera necesario, al Burlador, si, además, cuando llegare el abandono puede imputársele no a un fracaso propio, sino a la condición inestable del amante? 
4) Todos deseamos ser tan “libres” como el libérrimo amador: aunque, ¿acaso no está atado a su propio pergeño?  
5) El riesgo que conlleva su conducta, el desafío explícito que es: sin embargo, ¿quién necesita demostrar que es un valiente sino aquel que se estima muy cobarde? 
6) La superstición o religiosidad que encarna el tema, la funebridad y la tangencia de la vida con la muerte, predio terrible de cuantos somos racionales: desafiar al Dios Creador es retar a la vida, ganarle su partida con la muerte, rendirle un homenaje o un tributo a la postrimería, el caos del trasmundo, la ultratumba: pero acaso es de necios llamar al enemigo antes de que se percate de nosotros, quizá enorgullecernos de ser diablos es humillarnos ante su poder, quizá es adelantar la muerte que tememos, denunciar nuestro miedo proclamando un desprecio por el mismo ... 



         No creo descabellado afirmar que perdura en Don Juan -incluso en el donjuán- la inclinación atávica del hombre cazador: si aquel necesitaba cazar animales para satisfacer su hambre física y afirmar su condición de guerrero, Don Juan -y el donjuán- se ve impelido a conquistar personas para ofrecerle a su intelecto afectivo el trofeo con el que alimentar su ego insatisfecho, su imperio sobre los demás. Don Juan es una reencarnación del homo cinegético acosado por la fugitiva temporalidad. Don Juan es la personificación del carpe diem -de ahí el “qué largo me lo fiáis”- entendido como única salida ante la angustia que supone el tiempo perecedero. Frente a las metafísicas podredumbrosas, que acaban por acongojar la existencia con su desenlace en la muerte, se opone la física del instante amarrado a la propia carne antes de que el dolor la inunde y la cadaverice.
      Una de las causas del donjuanismo es probablemente la necesidad del llenar el hueco afectivo heredado de la infancia y adolescencia: el traumatizado siente que nadie lo ama y nadie lo va a amar porque “no se lo merece”; así que, venciendo su amargura se lanza a una carrera de amoríos que oculten su carencia de amor: enamora y no ama porque así se demuestra que puede ser amado y nunca abandonado, con lo cual exorciza su pánico a la indefensión ante la soledad erótica. Compulsivamente, una tras otra, la mujer es un reto que debe vencer y cuya victoria en realidad no goza porque, al no permitirse amar, al prohibirse la entrega, la donación de sí mismo a quien empieza a amarlo, busca otro desafío en una carrera interminable de victorias que son, en el fondo, la demostración de su derrota afectiva. Habiendo asumido que nadie podrá amarlo, se prohíbe amar y ser amado cercenando el amor en el inicio del enamoramiento. (En otra dimensión, pero en igual sentido: los últimos planos de “Ciudadano Kane” muestran el almacén abarrotado de objetos con los que, a lo largo de su vida, Kane ha intentado sustituir la ausencia del “Rosebud”. Pues así, en Don Juan: la acumulación de mujeres solo es un disfraz para ocultar la falta de lo que estas debieran significar: amor. Tal es la mente del Don Juan metafísico).
        O tal vez la íntima esencia de Don Juan sea la de ser un buscador que odia encontrar para no decepcionarse y abatirse en el tedio. Y la figura de doña Inés es una necesidad que, como el creyente con su Dios, habría de inventar para satisfacer una energía, la fe en una esperanza. O que ama buscar para hallarse a sí mismo definitivamente en otro ser que lo identifique como hallazgador. Y muera así la soledad del desengaño y la compañía del viajero incansable que entretiene su viaje a ningún sitio con viajeras que nunca lo detienen aun despertándole el sexo del amor y engendrándole una identidad aparentemente pletórica de toda plenitud.
           Cuando Don Juan dice, en Tirso, 
                                  ... el mayor 
                                         gusto que en mí puede haber 
                                         es burlar una mujer 
                                         y dejarla sin honor
y, en Zorilla, 
                                          por dondequiera que fui 
                                         la razón atropellé,
                                         la virtud escarnecí,  
                                         a la justicia burlé 
                                         y a las mujeres vendí,
está mostrando, más que su lujuria, su rebeldía ante la realidad efímera y el amputado sueño. Pues Don Juan es el ideal quevedesco que se rebela y escupe al dios que le hizo soñar sueños irrealizables. Es un misógino a su pesar porque, como Quevedo, ama lo que sueña -el eterno femenino- y odia la realidad -la mujer- que le desengaña del sueño. Con razón Musset escribiría: 
                 Don Juan. He ahí el nombre misterioso del que todos hablan y que 
                          nadie comprende. 
Porque el satanismo o, más bien, malditismo de Don Juan es una consecuencia de su desengaño: en vez de la serenidad de quien sabe que nada puede esperarse, a Don Juan le provoca furia contra el hacedor de promesas incumplibles. Y posee mujeres ya que no amores; y mata hombres como si se matase a sí mismo en ellos; y reta al cielo que ha convertido su vida en un infierno.
         Don Juan ama la belleza y no puede evitar tejer redes de araña sicológicas para apresarla. Está preso de su oficio de carcelero amoroso. La imagen del amor suplanta al cuerpo amoroso: y Don Juan se condena a perseguir cuerpos en su búsqueda inútil de la imagen que inventó. Su ansia de enamorado insatisfecho lo convierte en enamorador, porque para ser amado solo es preciso saber hacer soñar; y su angustia de buscador le lleva a burlarse de sí mismo y también de la imagen engendrada, de los cuerpos defraudantes; de ahí su malditismo, su desmesura, su demoniaca fascinación. Pero fascinación que le usurpa la realidad y es el motor que lo induce a fascinar: porque para quien descree de sí mismo, ¿hay placer más hermoso que la contemplación del rutilante fulgor de una mirada pensativa en cuya pupila yace escrito “existo, eres mi dios”?
Don Juan es la palabra
Todos deseamos -necesitamos- ser amados. Por eso quien da o dice sentir amor, lo despierta. Don Juan conquista por verbal (el Cyrano de Rostand, que es un donjuán que goza sus conquistas con el cuerpo del otro, lo demuestra: a veces la verbalidad es tan atractiva que incluso suplanta al propio cuerpo: es la palabra de Cyrano lo que ama Roxane, no al hermoso galán que la corteja sin el verbo). El amor es ilusión, esperanza de que se cumpla el sueño. El amor es el verbo, la palabra. Esta dice lo que pretende hacer quien la pronuncia y hace soñar a quien la escucha. La palabra es en sí una promesa que ejerce la fascinación de su cumplimiento con solo pronunciarse. Pero es también una distancia entre lo prometido y lo que se realiza. Quien domina en el arte de decir tiene el poder sobre el otro. Subyuga porque ofrece y da un misterio. Doña Inés dice que Don Juan posee la “palabra seductora”. El corazón se enamora más por el oído que por los ojos: no atrae tanto la belleza física como la verbalidad convertida en profecía de felicidad. Por eso cada mentira de Don Juan es una verdad para quien espera su realización, y por eso los grandes amantes, más que hermosos, han sido grandes decidores, grandes magos de la palabra susurrante. Don Juan es por eso el gran conquistador, el gran prometedor, el gran embaucador. Todas las mujeres de Don Juan se sienten elevadas al más alto podio de la vanidad porque, en esencia, lo que escuchan puede resumirse con este breve poema atribuido a Angrac Ianto:                          


                                       Muchas son las mujeres que embellecen el mundo.
                                       Si hubiera dedicado mi existencia
                                        a buscar la más bella, para amarla,
                                        habría muerto antes de conocerte.
                                        No obstante, tú me amas:
                                        y si pronuncio amor suena tu nombre.
                                        Luego un Dios existe.

            La manifestación mayor del sentimiento es la palabra. Y su constatación, el beso, el abrazo, la cópula. La palabra es la caricia que preludia el orgasmo: la asunción de que nos aman y, por ello, de que nos amamos, de que estamos “cumplidos, realizados”. Don Juan ama sin saber a quién y nunca a alguien en concreto, aunque sexualice su amor en cada cuerpo. Siempre besa el mismo rostro inexistente en todos los rostros que le existen. Eso es lo que no saben las “donjuaneadas”: que sus palabras de amor van dirigidas a ninguna y por eso sirven para cualquiera que precise creérselas. Porque Don Juan es un escéptico del amor cuyo erotismo le impide despedirse de la mujer, en la que no cree hallar el sentimiento que busca ardientemente. Del amor tan solo encuentra el sexo, y este mantiene su energía y su hipótesis de que quizá un descuido del azar le lleve a hacer que el sexo se convierta en amor.
      Pero también el donjuán se emborracha de su propia verbosidad; ésta le hace sentirse poderoso, sabio estratega de los sentimientos despertados en quienes le escuchan, le proporciona el gozo del poder que ejerce con su palabra hipnótica. Gozo tan gozoso que incluso llega a suplantar el del amor y la lujuria. Y así lo constata el Don Juan de Moliere:
        ¡Qué suave deleite el que sentimos al ir conquistando con mil encendidas palabras el corazón de una linda doncella, (...) derribar poco a poco las débiles barreras con que piensa detenernos, (...) llevarla suavemente al punto en que anhelábamos encontrarla! Después de haber sido dueño de tal tesoro nada se desea ni se pide: lo más bello de la pasión ha concluido y solo queda adormecerse (...) hasta que se presentan ante el corazón los seductores atractivos de una nueva conquista...


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La fascinación de la impostura.
Don Juan no puede dejar de ser él mismo: no puede evitar su destino: enamorar y matar aquello que enamora y cuanto le rodea. El único exorcismo para don Juan consiste en que alguien no ame su apariencia, su egoísmo sufriente pero ególatra: por eso Zorrilla lo redime haciendo que lo ame quien no se guía por los fastos del enamoramiento apariencial, alguien que ama el amor y no sus embelecos aunque estos aturdan los oídos, alguien que ama lo que hay de humano, no divino, en el amor: Don Juan es vencido por la fragilidad de la autenticidad y no por el ensalmo de las bravatas y las aventuras: Doña Inés redime a Don Juan de ser él mismo, porque con ella ya no se ama a sí ni especula consigo, sino a quien no la desafía y, simplemente, se le ofrece y entrega. Tras la experiencia de Doña Inés, Don Juan descubre que hay tanta belleza en amar como en ser amado, que la entrega es tan esplendorosa como la conquista. Cuando no hay adversario no hay batalla, sino crimen o aceptación de que el propio enemigo es uno mismo. Don Juan se vence al rendirse a quien se le ha rendido de antemano. Don Juan es un solitario: pero doña Inés es solidaria: une su vida a la muerte de aquel, con lo que, para este, morir no significa más que dejar de ser un donjuán, el impostor de sí mismo, el rebelde indomable, el retador perpetuo de lujurias y de muertos, el enamorado del placer, el desafiante de peligros, el más desengañado de los soñadores.
         Demasiados hombres creen ser o haber sido donjuanes. Pocas mujeres confiesan ser su trasunto femenino. Simple cuestión de “honra social”. Pero existen tantas seductoras como seductores. En realidad, Don Juan es la Beatriz de Dante vista por la mujer machista: la posesión del Amor interpretada como la utopía de ser poseída -y poseer en ese instante- por el Amante. En cualquier caso, sería necio aceptar la descalificación que se hace de Don Juan considerándolo un inepto, un superficial, pues supondría admitir que más de la mitad del género humano -las mujeres y, en el caso de las doñajuanas, los hombres- se enamora de lo intrascendente, lo liviano. Algo hay en el símbolo “Don Juan” que atrae más allá de la común atracción: el misterio, el enigma, la oscuridad que preludia transparencia. Y, no obstante, es curioso observar que el donjuán (el seductor, la seductora) jamás es genialmente inteligente: porque la genialidad y la artisticidad producen miedo, cohíben, empequeñecen mientras deslumbran; y a la larga el deslumbramiento se llena de temor, y huye la deslumbrada y empequeñecida, pues ve, cada vez más, más evidente su pequeñez frente a la estatura mental de un ser de tal calibre. Y al revés: no es extraño que un alto índice de artistas haya sido sujeto y objeto de numerosos amoríos, precisamente por el deslumbramiento que la personalidad del creador ocasiona, y, paradójicamente, porque al huir las enamoradas de su extraño e hipnótico mundo se ven impelidos hacia nuevas amantes. La misma singularidad de su vida íntima imposibilita al creador para vivir una vida común. Por eso Don Juan siempre es “el otro”: el que pretende ser mientras asume su fracaso.