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domingo, 13 de junio de 2021

La estrategia del verbo


La estrategia del verbo

La estrategia del verbo (*)


Estaba yo sobre el papel, armado

con la pluma, mirando el firmamento

del futuro poema que abriría 

un libro prometeico. Las estrellas

giraban en mi mente como versos

buscando identidad. ¿De dónde nace 

la voz que reverbera en una obra

constituida en universo fértil,

sino desde el dolor y resiliencia,

la ascensión de las sombras a la luz,

la transfiguración de la desdicha

al convertir en himno la elegía?

Yo indagaba en las prístinas honduras 

de la clarividencia, vislumbraba

urdimbres luminosas, claros predios

de la creación verbal. Petrarca, Horacio,

Garcilaso -también El Bosco y Wagner,

y todos los autores de la Historia-

miraban por encima de mi hombro

cuanto yo rubricaba, pretendiendo 

enriquecer con su arte mi escritura

para que urdiese esencias perdurables

del hombre universal, no del poeta.

Pero nada lograron el impulso

creador en su conjuro ni, tampoco,

las hordas literarias agrupadas

durante tantos años en mi pluma.

Un poema es la transustanciación 

de la materia cósmica en humana:

la invasión del sinántropo, los dédalos

clarificados, desenmascarados

por la palabra noble y sentenciosa

del corazón sintiente y reflexivo

convertido en lumínica estrategia:

la tradición es un camino que anda.

Y allí quedé, luchando con la savia

que manaba de mi experiencia: vida, 

libros, artes, espátulas inútiles.

Entonces comprendí que la alta hazaña 

de nombrar con precisa idoneidad

cuanto sentimos, solo algunas veces

consigue transformarse en un diamante

tras una sabia pulimentación:

al ungirla un secreto sortilegio

que dicta, en su demiurgia inescrutable,

el rostro de la inefabilidad.

Y que el afán de todo autor consiste

en trascender su tiempo: conciliar 

lo disímil, fraguar eclecticismos,

escuchar los colores, ver la música,

crear con la palabra el Universo:

semillar la alegría.


(*) Corrigiendo las pruebas de imprenta definitivas de mi libro de ensayos "La construcción del poema" me advirtió el editor que faltaba una nota explicativa del contenido para la contraportada, y que él la añadiría si no lo hacía yo. "Qué horror, me dije, que quien no sabe leer pretenda escribir". Y allí mismo tracé, en lugar de una burocracia, estos versos autobiográficos, a modo de poética entre la reflexión y la narración. En ella el poema se presenta como el fruto de una lucha ("armado") por hallar un todo luminoso ("firmamento", "prometeico") surgido al vencer el dolor ("al convertir en himno la elegía"); épica tarea en la que auxilia la experiencia vital y el aprendizaje de todos los creadores de la historia ("las hordas literarias"). Se trata de jibarizar el cosmos en la palabra mediante el sentipensamiento, la fértil coyunda de emoción y pulimentación en ese instante privilegiado que propicia la voluntad hímnica ("hazaña", "secreto sortilegio") hasta conseguir la inspiración -la visión- provocada, el gran eclecticismo, "el rostro de la inefabilidad". 



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