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domingo, 19 de julio de 2026

Homero

 
Homero


Si el rostro de un autor es el de su obra,
¿por qué indagáis sobre mis circunstancias?
¿Fui griego, fui rapsoda, ciego... y qué?
¿Buscáis un talismán inescrutable?
Acaso no existí y me habéis creado
con fragmentos de identidad de otros,
como a un dios necesario que os permita
creer que la palabra os hará dioses
si, como yo, sabéis cantar los sueños 
de una mujer tejiendo su destino 
y el del héroe, que vuelve si se aleja,
un hombre descubriendo otros paisajes, 
desafiando la noche y el temor 
porque la inteligencia astuta vence
en el mar y en la isla, en Troya, en Ítaca, 
llámese Nadie, Ulises o Telémaco.
Fui el arado que trizó la piedra
y convirtió su yermo en tierra fértil.
¿Por qué, si soy el fruto, buscáis vainas?
Mi rostro es el de un libro autoleyéndose,
y todo libro es un autorretrato.
Cuántos se han apropiado de mi pluma,
de su creación, algunos sin citarme.
Mis citadores plagian mis escritos:
son citadores de furtiva estirpe.
¿Acaso me daréis más alta gloria
que la de haber cantado las hazañas 
de la mente y el cuerpo de los hombres, 
su batalla interior, la guerra entre ellos,
la derrota de todos aunque venzan?
Aunque me deis un rostro no sabréis
el nombre de la vida y de la muerte.
Amamos el misterio y nada queda
de nuestra identidad cuando la hallamos.


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