Igual que un cuervo mágico
He subido a tu cuerpo igual que un grajo
dispuesto a devorarte ansiosamente
como un sátiro hambriento de tu carne.
Y la miel de tus pechos ha saciado
mi corazón sediento. Luego he vuelto
hasta mi laberinto libre y solo.
Pero encerrado en esa libertad
que construí lejos del turbio mundo,
despierto cada día deseando
abandonar mi estancia solitaria
y regresar a ti, no solamente
porque me instigue tu carnalidad,
sino porque bebí en ella una magia
desconocida que me tiene preso
dulcemente, y que anhelo compartir
laberínticamente, amantemente.
Tú, dulce estatua, hija de los dioses
en los que no creí, me das la vida
y ruego que me aceptes como un astro
que necesita un sol inextinguible
para sentirse de oro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario