Los pálpitos de la infancia
Recuerdo mi niñez. Yo despertaba
y oteaba la calle. Era la misma
de ayer, el mismo dinosaurio
disfrazado de gente antigua y sola,
sin nada que ofrecer más que otro púlpito
desde el que dar reliquias o promesas.
La sombra del pasado y del futuro
impedía la vida. Era aquel pueblo
un difunto esperando
la canonización de sus exequias.
El acorde incesante como un trémolo mientras corría hacia Santo Domingo.
Era el paseo diario por los puentes
tras las estancias en la Biblioteca,
junto a una diablesa lujuriosa,
las películas en el Oratorio
y el terror al pasear por los andenes,
que descubrían mi enamoramiento
de alguna adolescente como yo
con la que naufragaba en la Glorieta.
Eran mis pesadillas y la luna
asomando su aullido cada noche
en el letargo de mi habitación,
donde procesionaban mis tristezas
hasta que amanecía y regresaban
hoy como ayer, mañana como hoy
y siempre inevitables.
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