Elegía
Echado sobre el suelo, bajo la sombra azul
del árbol y el destello
de la tarde fulgente,
yo leía, abrazaba la existencia.
El rumor de los sueños caía entre las hojas
y el libro era un aroma de naranjos,
cigarras encendidas
y secretas estrellas que alumbraban
mi corazón de niño hacia la vida.
A lo lejos, un piano iba dejando
su seducción errante en mis oídos,
y el campo convertía sus paisajes
en cuadros que un pincel
armonioso pintaba en mi retina.
Qué inmensidad los ojos
descifraban, hendidos
en la página plena.
Nunca se ha repetido el tiempo aquel
de mi felicidad entre misterios:
todo era verde como
la primavera, el árbol y la dicha.
De tanta soledad hermoseada
solo quedan las ruinas del recuerdo
y el imposible edén de la nostalgia.
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