¿Qué sería de todos los que escriben
y leen si no hubiera yo inventado
un alfabeto para que la Historia
fuese posible y notariase el viento,
las olas del océano, los ríos,
la múltiple belleza de las flores,
el nombre de los pájaros, la ardiente
simetría del beso y las estrellas,
el terciopelo de la piel del alma,
el filo de la espada y las victorias,
el amanuense de la maravilla,
las epopeyas de la sangre airada,
la gesta del espíritu y los cuerpos,
la lírica carnal de la lujuria,
el amor, las venganzas, los homeros,
las odiseas y las metafísicas,
el arrecife alanceador del barco,
las naves ante Troya, los ejércitos
frente al bastión termópilo, la frágil
barbacana de Don Alonso el Bueno,
defensor de la luz, el buen vasallo
que fue el Cid y que fue Roldán, el verso
de Petrarca y de cuantos urde el cálamo,
el fulgor de la muerte cuando empuja
hacia otra vida a quien se lleva de esta,
la metáfora del daguerrotipo,
el aroma del vértigo, el topacio,
el cielo y los infiernos, la esperanza
de ser dioses nacidos de luzbeles,
el esternón como un puñal clavándose
en el purpúreo corazón del tiempo,
los monstruos, las onirias, las verdades
que asolan las certezas de los hombres,
la piedra y el vencejo, como una honda
en la tarde otoñal, y las sirenas
fingiendo no existir, el astrolabio
rusiente y ágil para biemperdernos
en las urdimbres de los laberintos
y no volver jamás, por fin, jamás
hasta que la palabra halle la gruta
en donde crece la felicidad ... ?
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