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lunes, 25 de diciembre de 2023

Manual para la supervivencia

 

Bach: Suite 3, Aria


Prosas para un poema (Villancico social) 

    Miro a mi alrededor; observo 
las calles como un río de transeúntes 
que creen conocer a dónde van; 
el enhiesto semáforo pregunta 
qué hace allí 
y parpadea sorprendido porque 
nadie hace caso de sus guiños rojos; 
los automóviles compiten por 
saltarse las señales; 
una anciana se arrastra por el suelo 
con la mano mendiga; en los rincones 
de la noche se esnifan paraísos 
artificiales: la televisión, 
gran dictadora de la sociedad, 
ocupa el santuario 
de las divinidades de otro tiempo. 
    Los Padres de la Iglesia, más 
astronautas que humanitarios, prestan 
más atención al cielo que a la tierra. 
Aquí dejan pudrir los alimentos 
para que se equilibren las Economías 
y allí equilibran la demografía 
dejando morir de hambre a cuantos nacen. 
Algún joven de sana juventud
carga la moto con 
el estampido de una metralleta 
y estudia, entre las aulas de la calle, 
el oficio de gánster. 
Los animales cada día son 
más pacíficos 
y el hombre es cada hora más 
depredador. 
La cultura es tan solo ya un derecho 
que pocos consideran un deber.
    Por otra parte, los nacionalismos, 
chovinistamente, 
hablan de que lo suyo es lo mejor 
-pero no lo comparten-. 
Los políticos tratan de salvar 
sus poderes y olvidan 
que hay que salvar a cada ciudadano
para la solidaridad. 
Agunos encumbrados celebran conferencias 
de paz mientras que otros 
jalean la carrera armamentística. 
En algunos países viven en la Prehistoria
y en otros se malmatan 
igual que en el peor telediario. 
Los misiles escriben el destino 
en sus inmensos féretros volantes 
y, mientras tanto, las palomas pierden 
sus blancas alas y su simbolismo. 
    Al mismo tiempo que los asombrados 
ojos de un niño demacrado asoman
su muerte -igual que una ventana abierta 
hacia la vida-, un “yupi” carcajea 
su gran negocio en el más alto páramo 
del rascacielos de la vanidad. 
    Yo miro alrededor; vuelvo a mirar; 
y pienso: “Esto es el mundo, no le des 
más vueltas”. 
Pero no sé dejar de darle vueltas 
y, todavía menos, dar la espalda. 
Lo malo es que tampoco sé -nadie lo sabe- 
cómo hacer frente a este tiovivo 
al que llamamos vida.    
Lo cierto es que resulta escalofriante 
pensar que una gran parte de este mundo 
es solo un hospital inmensurable 
que los maquilladores de las altas 
finanzas nos disfrazan con colores 
de fiesta y 
que se pudre en el hambre y el dolor. 

    Y sin embargo, la existencia es un 
lugar hermoso; y lo sería más 
si hubiera menos gentes pervirtiéndola. 
Muchos hacen felices a otros muchos, 
y muchos más lo intentan.  
¿Cómo evitar que el corazón
-el gran desconocido-, 
también se tambalee 
ante tanto seísmo? 
Detengamos el mundo un solo día, 
aboquemos las arcas de ese día 
sobre el gran hospital, ya cementerio, 
y el universo humano habrá cambiado. 
    
    Item más:
    (Lo peor viene ahora: que también
yo acudiré al olvido, el gran invento
de la razón para sobrevivir).


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