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domingo, 18 de diciembre de 2016

Felices infelices


Offenbach: Barcarola


Todos nos hacemos preguntas a lo largo de nuestra vida; los males que recibimos nacen cuando no conocemos la respuesta. Saber preguntarnos y respondernos satisfactoriamente es lo que sacia nuestra conciencia. Sin embargo, pocas veces damos con la pregunta exacta y la respuesta sabia.
     Y es que la sociedad ha ido amordazando la facultad de pensar: de preguntar y responder idóneamente. Ha dado una respuesta para anular cualquier pregunta: "Dios escribe recto con renglones torcidos", "Para sentirse bien hay que lograr el éxito", "Lo importante es participar" ... 


     Pero ¿de verdad marginarse del mundo, o marginarlo, o utilizarlo como nos conviene, o hallar el éxito exterior ... nos permite concluir que podemos sentirnos satisfechos íntimamente?
     ¿Quiénes somos, qué hacemos con nuestras vidas, adónde nos conduce la existencia, qué existe más allá, somos egoístas o lo suficientemente solidarios, es útil nuestra vida ...?


     Estas preguntas no las responde satisfactoriamente ningún triunfo efímero, material o social, aunque ayuden: porque también ocultan nuestra verdadera necesidad de reconocernos no deudores de la naturaleza, del mundo, de nuestra oculta identidad, que reclama otros triunfos más emotivos y profundos: el afecto cordial propio y de los otros.

     Bien es verdad que huimos de hacernos preguntas porque tememos que nos disgusten las respuestas. Y por eso también detestamos a cuantos muestran un espíritu inquisitorial, por muy leve que sea. Así, creamos una sociedad de cómplices en la apariencia en vez de solidarios en la esencia.

     Pero sin interrogaciones el mundo se estanca, o va hacia atrás. Y quien va hacia atrás es una rémora, un feliz infeliz, un peso muerto: la carne de cañón que precisa la Historia para crear su médula.