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domingo, 16 de octubre de 2016

El abrazo inconsútil

Monteverdi: Lasciatemi morire


Habían desaparecido.
     "¿Por qué?", se preguntaba cada uno. ¿Tan difícil es decir la causa? Decir ya no te quiero, o ya no te deseo...
     Ni ternura ni lujuria eran ya reclamo para que volvieran a encontrarse. Ni una despedida. Simplemente, cada uno sintió que desapareció el otro y de nada sirvieron las nostalgias ni la breve esperanza.
     "Dónde estará", "no volverá", "es como si hubiese muerto", pero sin la certeza de la pérdida que hace que el corazón y la carne asuman que el sufrimiento también es superable una vez aceptado su motivo. 
     Ambos se preguntaban y no hallaban respuesta a aquel silencio, a aquel abismo, a aquel desaparecimiento. Cuando alguien muere la certeza de su muerte ayuda a superar el dolor que nos causa; cuando alguien muere solo para nosotros la duda de su resurrección es otra muerte diaria e inacabable.
     Mientras tanto se marchitan los besos, y los cuerpos recuerdan el tacto del uno sobre el otro. 
     ¡Es tan fácil vivir cuando creemos en nosotros mismos y en quien nos acompaña! ¡Y es tan difícil cuando la traición, o el miedo, o la desidia... sustituyen al otro por su ausencia!
     ¿Por qué dos corazones se alejan sin motivo y sin palabras?