El mejor villancico lo escribió Beethoven en su pentagrama sordo cuando, tras dos décadas de obsesión y esfuerzo, puso música a la alegría universal y fraterna escogiendo unas estrofas del original de Schiller:
Muchos lectores han leído Apnea del sueño, el libro de Vicente Luengo que apareció en este blog. Ahora el autor lo publica en papel, corregido y aumentado.
La dicción de Luengo entra en los cauces que marca una de las características de las últimas décadas: la cada vez mayor disolución de los territorios "prosa" y "poesía" que instauraron Lautreamont, Baudelaire o Bécquer, por ejemplo. En ese espacio de la escritura el concepto se antepone a la emoción, sin suplantarla.
Tres partes conforman el libro y suman sus 49 poemas: un dircurso más intelectivo que sensitivo, ajeno a los formalismos de la música versal y cercano al metapoetismo y a la conciencia de un mundo enajenado e inmerso en sus catástrofes síquicas y sociales. Mundo desolado en el que, en el poema "Desde lo alto de la ciudadela", se ve que:
El amor abandona sus ruinas sagradas y azotado por el viento cabalga con furia por todos los senderos del azul.
La desolación que se desprende es contenida por la búsqueda de una respuesta que no dará la escritura pero que ayudará a combatir, como se muestra en el poema "No pero sí":
NO PERO SÍ
¿Escribir para cambiar el mundo?
Más bien escribir para cambiar
la propia visión
y sentarme después a observar
cómo el mundo
se reajusta a mi nueva perspectiva.
Así una y otra vez
sin noches, sin días
sin descanso
hasta que visiones
escritura
o mundo
terminen.
El lector curioso puede contrastar la edición impresa con la internética pulsando aquí:
Sin alcanzar la épica de Los Nibelungos o el brío de Los sobornados, por ejemplo, pocas ficciones narrativas tan contundentes y exóticas como este proyecto de F. Lang, que volvía a los extensos relatos de sus orígenes alemanes con este testamento aventurero. Primera parte de "La tumba india".
Sin alcanzar la épica de Los Nibelungos o el brío de Los sobornados, por ejemplo, pocas ficciones narrativas tan contundentes y exóticas como este proyecto de F. Lang, que volvía a los extensos relatos de sus orígenes alemanes con este testamento aventurero. Segunda parte de "El tigre de Esnapur".
12.- El diablo en el infierno.- La ligazón natural entre el júbilo del amor y el dolor por su ausencia, como sentimiento gozado y deseado el uno y como desazón padecida -no masoquizada- el otro, aparece en su pureza (tras la hermosa y edénica historia de Dafnis y Cloe que Longo nos legó y Ravel llevó al pentagrama) en los primeros documentos líricos de nuestra literatura: Mi corazón se va de mí y grande es mi dolor por el amado. Enfermo está mi corazón. ¿Cuándo sanará?, gime una mujer en una “jarcha”. Tal autenticidad y genuinidad emocional, tal claridad expositiva, sin inquisiciones ni tabús, desaparece cuando la pluma judeocristiana escribe su laberinto culpabilizador y verdugal en el corazón y la mente del pueblo y, por tanto, del poeta. Así, mientras el clérigo Berceo condena santamente (y por eso, en el laberinto de contradicciones, la perdona) a una monja embarazada, el otro paraclérigo de Hita, hijo pródigo y prófugo de la Iglesia, misoginias y machismos epocales aparte, ensalza, justifica y explica la carnalidad: Aristóteles dice, y es cosa verdadera, que el hombre por dos cosas trabaja: la primera para hallar alimentos, y la segunda era para poder juntarse con hembra placentera. Que el amor es impensable sin el sexo o que este es imprescindible y está en la conciencia biológica lo muestra el aya de Julieta cuando le dice: Cuando seas mayor te caerás de espaldas; y John Donne, al preguntar: ¿Qué mejor cobertura contra el frío necesitas que un hombre?Bocaccio se burla de tanta pantomima enmascaratoria de la líbido o disfrazatoria de espiritualismos contando la aventura -la mixtificación- del alma que ambiciona un paraíso futuro a través de un infierno presente mediante la peripecia y el éxtasis coital, por otro nombre orgasmo, de la joven Alibech. Copio, libremente traducidas, algunas líneas de El Decamerón (III, 10), tan sabroso para mi adolescencia, y una versión en verso:
Una hermosa muchacha, que no contaba más de catorce años y era la inocencia misma, preguntó cierto día cuál era la mejor manera de servir a Dios. Le dijeron que aquellos que deseaban ir al cielo se retiraban a la soledad de los desiertos. La muchacha se puso en camino y halló a los pocos días una choza en la que un santo solitario, llamado Rústico, dio cobijo a la joven.
Cuando llegó la noche, dispuso en una esquina de su celda un pequeño lecho de hojas de palmera, y dijo a la muchacha que descansara allí. Pero, a pesar de su mucha virtud, el piadoso eremita sintió pronto el aguijón de la carne y quiso librarse de la tentación recitando oraciones. Aunque todo fue inútil.
No pudiendo evitarlo, ya no pensó sino en el modo de satisfacerse. Díjole que el diablo es el peor enemigo de la salvación de los hombres y que la obra más meritoria consistía en volverlo a los infiernos, lugar al que el Señor lo había condenado.
-¿Y cómo se hace eso?-.
-Ahora lo verás- contestó Rústico-. Haz lo mismo que yo.
El ermitaño se desnudó, y la ingenua hizo lo mismo. Él se hincó de rodillas, cual si fuera a adorarla, y la puso ante sí. Tan cerca y deseante, ante tanta hermosura y juventud, se produjo en el santo la resurrección de la carne. Alibech, muy asombrada al ver el péndulo vibrar, le dijo :
-¿Qué es eso que se yergue, que se mueve y avanza, y que no tengo yo?
- Es el diablo, hija mía, del que acabo de hablarte. Mira cómo tortura, casi no puedo ya con el mal que me hace.
-Alabado sea Dios, pues yo tengo más suerte, y no tengo semejante diablo.
-Pero tienes, en cambio, lo que paz me daría. Tú tienes el infierno. Tal vez Dios te ha enviado para salvar mi alma. Pues si permites que entre mi diablo en tu infierno, me salvarás y harás la obra más excelsa para ganar el cielo, pues dices que a eso vienes.
-Si es así, y si yo tengo un infierno piadoso de vuestro mal, meted cuando queráis vuestro diablo en mi infierno.
-Vamos, pues, a meterlo y que me deje en paz.
Y Rústico le dijo cómo debía ponerse para apresar mejor al maldito diablo. La joven, que nunca había hecho tal, se sintió dolorida ante la cólera diablesca y sus acometidas.
- En verdad que muy malo y enemigo de Dios debe de ser el diablo, que incluso en el infierno produce tan gran mal.
-Tranquilízate, niña, que no será así siempre.
Y para domar a aquel demonio lo introdujo seis veces en el pequeño infierno hasta que su soberbia declinó.
En los días siguientes, muy devotos de la divinidad, reanudaron la guerra cada vez que el diablo se levantaba en armas, de modo que Alibech empezó a sentir un placer en aquel rito y rezo.
- Razón tienen las gentes cuando dicen que nada hay más gozoso que de Dios ser devoto, pues nunca otro placer más grande he yo sentido que este que experimento metiendo una y mil veces en mi infierno tu diablo.
De esta manera era ella quien se acercaba a Rústico pidiéndole rezar y a Dios servir metiendo muchas veces el diablo en el infierno. Y no entendía cómo, a veces, el diablo rehuía el infierno, porque este era feliz de tenerlo muy dentro. Y es que el muy santo Rústico, alimentado de raíces y no tan vigoroso como la devoción de la joven precisaba, decaía y se desfallecía; y Rústico explicaba que el exceso de rezos era ambición y que había de castigársele cuando se alzase en cólera, y que, gracias a Dios, tan castigado estaba que no necesitaba más castigo por un tiempo.
Alibech insistía, entregada a sus santos deseos de dar placer a Dios apagándole el fuego a aquel diablo que tanto había encendido su infierno, cada vez más ardiente y precisado del líquido que a su vez lo apagase. Así que dijo a Rústico:
- Si vuestro diablo está tan castigado que ya no os atormenta y no queréis rezar, yo debo seguir sirviendo a Dios, que tengo una sed inmensa de aplacar este infierno metiendo en él cuantos diablos hay en la tierra toda. De modo que me voy. Y juro a Dios matar a cuantos halle, con lo que ganaré el placer de ganarme los cielos.
Y Alibech se marchó dejando a Rústico turbado. Y dícese que hay en el mundo tantos diablos buscando infiernos en los que aplacarse y tantos infiernos buscadores de diablos, que Dios está contento de ver cómo su religión se extiende y crece y fructifica por campos y ciudades, desiertos y poblados, y es todo el mundo ya un inmenso templo en el que todos rezan la oración más gozosa, que es, claro está, como Alibech y Rústico, la de meter el diablo en el infierno.
Y bien: ¿Qué aprender y aceptar de esta historia, además de su ingenioso humor, sino que la naturaleza se disfraza de engaño para devolver a los cuerpos lo que les pertenece, su naturalidad, su equilibrio biológico que moralismos y conveniencias sociales, reguladores de la fertilidad, pero no por eso justificados para ser condenatorios de la sexualidad, han pretendido castrar o convertir en tabú, pecado, castigo incluso? La destreza de los legisladores ha consistido en convertir, para las mentes de las que se cuidan, un acto natural, el sexo, en un artificio añadido al amor por las malas conciencias de allende las fronteras donde ni Dios ni Patria ni Caudillo eclesiástico existían, sino el mal y el desorden gobernando las calles de la carne, materia tan fungible como necesitada de erosión. Esta es la divisa olvidada: Mens sana in corpore sano in anima iocunda.