Como la casualidad -el azar- es otra forma anónima de causalidad, y sintiéndome obligado ya, por la tiranía de la edad, a hacer oposiciones a Matusalén, debo recordarme que probablemente los años que pasé recomponiéndome hasta llegar a El himno en la elegía no fueron más que una lucha ciega de antecedentes porque este lema tal vez naufragaba en mi inconsciente desde que pasé por el bachillerato en Santo Domingo de Oriola: allí me tropezaría a pesar de la Aventura del pájaro- con la resiliencia implícita en Las Bienaventuranzas que, leídas sin chóferes de la mente, son el gran poema del sursum corda que abre el mundo a otro significado del que la violencia le había dado.
Léalo el visitante de este blog, solo como una sucesión de palabras sin mandamientismos. O sea: sin connotaciones ideologistas:
Siempre he querido ser creyente porque ellos viven una vida y una muerte más blandas creyendo que hay un gigante invencible que los defiende del mal, o los consuela. Yo preferiría creer en un universo sin necesidad de creencias y sí de confianzas: en que todo está bien hecho y no precisa, por tanto, mejorarse: el que predicaba el señor Leibniz. Ni siquiera harían falta las bienaventuranzas.
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