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domingo, 29 de septiembre de 2019

99 virtudes (El abrazo rumiante)


Eran los dos tan sensatos que empezaron a conversar para demostrarse que es posible hacerlo sin caer en la disputa. (Y era, probablemente, la milésima vez que ocurría). Ella dijo algo y él otro algo. Luego siguieron turnándose en un digo y dices. Hasta que, progresivamente, entraron en el "porque lo digo yo" y en el "y tú más". 
- Ayer no me llamaste como todos los días, o yo no oí...
- ¡Y voy a dejar de hacerlo porque esas llamadas me intranquilizan, siempre estoy temiendo esto o aquello!
- Creía que esos minutos eran un vínculo afectivo, aunque hablásemos de frivolidades...
- ¡Pues no! ¡Ya es como una obligación que no me deja vivir temiendo que se me olvide!
- ¡Pues no llames! Las costumbres se cambian, se sustituyen...
- ¡Sí, pero entonces te enfadas!
- ¡Estás en un error porque...
- ¡El error es tuyo!
- ¡Deberías dejarme acabar la frase en vez de interrumpirme...!
- ¡Eres tú quien me interrumpe!
- ¡Cada vez que me interrumpes me faltas al respeto...!
- ¡Y tú más...! 
- ¿Por qué no controlas la ansiedad? Si conduces a 200 es seguro que atropellas o te atropellan. Basta con eso: hablar a la velocidad adecuada para que entendamos y nos entiendan. Al menos nos pondríamos de acuerdo en que siempre estamos en desacuerdo pero que eso no nos convierte en enemigos.
- ¡Porque lo digas tú! ¡Yo quiero que me quieran como soy!
- ¡... Vale...!
          Quienes escuchaban no supieron quién se había convertido en el más insensato. Porque tan de necios es sufrir al insufrible como tratar de convencer a quien está convencido de que es el otro el que se equivoca. Y así fue como un solo defecto pudo más que 99 virtudes.




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