Las cosas son lo que significan, y tienen tantos significados como intérpretes. Luego se entremezclan y se multiplican inacabablemente. A veces categorizamos un hecho y al poco percibimos que no es más que un fragmento que tendrá tantas consecuencias como tuvo precedencias.
Hablamos de la Bomba de Hiroshima como el inicio de un rumbo fatal: el mundo empezó a ser otro que había empezado a ser otro y seguiría siendo otro. Esos giros que preludian otros y son bucles de otros existen desde los principios del principio.
El Edén fue cataclismado por la bomba del conocimiento, dragón que todo lo devora en su sapiencial gula insaciable. Saber para saber más, incluso destruyendo lo que ya es sabido. Porque el verdadero poder es el conocimiento.
Alguien que ya sabía prohibió abandonar un paraíso en el que solo florecía el bienestar, y llamó manzana a su Jekil y Hide. Luego llegó un hacedor de paraísos y diluvió a los hombres herederos de Caín y Abel, prolongadores de yekilhaidismo... y así el cromañón ajustició al neandertal mientras los siglos y milenios tejían laberintos de imperios que esgrimían manzanas como armas y Egiptos contra Grecias, y pizarros contra caupolicanes
¿No fue otra guerra nuclear la conquista amerindia? ¿Y La Inquisición...?
Quien no entiende a los otros no se entiende a sí mismo. Quien no ayuda a los otros no se ayuda a sí mismo.
Amanece de nuevo y el sol sigue en lo alto, poco importa hasta cuándo si nos importa más que la noche.


