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martes, 23 de junio de 2026

La búsqueda ancestral - Leído por Índigo Horizonte

 

La búsqueda ancestral


Hace un millón de años, el hombre contemplaba 

el crepúsculo, luego

de haber cazado el alce, o defendido

el cenagoso oasis bajo la gran caverna

del cielo; y descansaba

tallando en las paredes

animales y signos, metáforas y estrellas.


Pasaron los milenios. El ocaso seguía

admirando a los hombres 

que, a las puertas de Atenas,

reposaban después de la batalla,

soñando con la anchura 

del secreto universo 

entre urdimbres y brújulas.


Y los siglos corrieron tras el tiempo 

y levantaron pórfidos y torres

bajo el sol, que ocultaba 

su lumbre cada día 

a quienes lo miraban desangrarse

en púrpuras enjutas.


Legó el ansia su fábula.


Dentro del corazón hay una isla

con prados y palomas, almendros y granados.

Siguiendo los senderos del tilo y la retama, 

se llega a una alta roca, 

como un ciprés erguido

cerca de las estrellas; y desde su estatura

desciende el infinito hasta los ojos

y es todo transparente.

El mar bate sus olas y baña el cielo azul; 

el día se confunde con la noche

en una penumbrosa claridad,

y la brisa trasiega 

la luz como una espora

por todo el firmamento iluminado.


Allí quiero llegar para quedarme,

luz yo también,

contemplando la dicha, el color de los días,

la soledad fecunda.


Escucharlo en otra voz:  Á L P




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lunes, 22 de junio de 2026

El Laberinto

                                     
                                                Katchaturiam: Adagio de Spartacus

El laberinto

Triste es amar a aquel que no te ama
y no saber cómo dejar de amarlo 
porque anhelas que un día llegue a amarte:
el amor se transforma en sufrimiento
y el sufrimiento empuja a amarlo más.
De ese modo he caído en tal abismo
que cuanto más te alejas más me acerco
y cuanto menos me amas te amo más,
pues más amor espero cada día
sin causa ni esperanza ni razón.
Qué doliente pasión, qué oscura luz.
Qué triste que amor funda vida y muerte.
¿Cómo puede vivir un corazón 
que no ama?

domingo, 21 de junio de 2026

Un Trovadorius póstumo

                                     

Borodin: Adagio

Llorens Ferri

Cuando a los estudiosos les da por perseguir y exhumar a un autor no lo dejan en paz. A buen seguro que este poemilla elemental que sigue no nació de la pluma de Trovadorius -aunque bien pudiera ser-. Aquí lo copio, por si quizás, tal vez y acaso...

Si yo fuera un poeta
de la estirpe de Dante o de Petrarca,
y pudieras creerme, te diría:
Para mí son más bellas tus palabras
que todo el universo constelado,
y prefiero tu risa
al cascabel que irradian las estrellas.
No hay más materia que la de tu cuerpo
ni más alma que la de nuestro amor.
Ni siquiera los dioses
tuvieron tanta dicha.
Soy la felicidad cuando me abrazas.

viernes, 19 de junio de 2026

Poemas en Akra Leuka (XXIV) Nemesio Martín

Un homenaje y recordatorio de Nemesio Martín; y una lectura del propio autor.
Ante tanto testimoniazgo, me limitaré a decir que
"Los libros son los seres humanos que más amigos tienen".
(La construcción del poema)



1) 

Hay autores que trasvasan la escritura de otros a la propia, y autores que atribuyen su vida -y su escritura- a otros. A veces la literatura acaba colonizando la existencia y usurpándola. Aunque "la vida no la dictan las palabras", sino que, al revés, siempre acabamos autobiografiándonos: desnudos o con disfraces.

En Nemesio Martín Santamaría hay esas dos plumas que confluyen en una, dictadora o esclava de la otra, pero libres ambas como ejercicio de confesionalismo involuntario y de voluntaria devoción por los muchos poetas que en el mundo profesoril han sido. Ya el título de su primer libro, "Innumerable sonrisa", procede -o no- de un verso de Juan Ramón Jiménez: "... mar pleno, innumerable sonrisa", que a su vez procede -o no- del "Prometeo encadenado" de Esquilo: "... fuentes de los ríos, y sonrisa innumerable de las olas marinas...". ¿Sonríe innumerablemente la poesía de Nemesio? ¿Es elegiaco o hímnico? La vida es erotismo y óbito, fragmentos de fuego y de ceniza. Y la escritura es eco de esa dicotomía.

Me pregunta su viuda qué poemas me envía, de qué tema, si largos, cortos, publicados, inéditos... No hay -no debería haber- más que poemas buenos: los que nacen regulares deben mejorarse hasta convertirse en buenos, o tienen que desecharse para que no existan los malos. ¿Juveniles, de madurez...? Ninguna circunstancia altera la esencia; y, al final, sobran todas: incluso el autor pasa a ser una circunstancia del poema. Porque un poema es la suma de todo lo vivido y lo leído, el goteo de todos los manantiales de los que hemos bebido: los milenios de historia humana y de escritura asoman en cada acto y en cada palabra unida a otras palabras. De modo que las obras -músicas, cuadros, versos...- que perduran son las que, independizadas de sus abalorios, fechas, datos... se salvan del naufragio del tiempo, ese invasor de la existencia que solo acepta en su lecho a quienes nunca fueron mestureros ni versópatas. 

2)

El poema aquí recogido, aunque brota como una estampa social, no se deja vencer por el social-realismo, la denuncia de la inmigración y sus hambrunas, sino que va abandonando el "cuadro de costumbres" y muestra con delicadeza y con ternura lírica crecientes un hecho de la vida cotidiana: la niña que "venía de la mano con mi hija"-. También, como poema-cuento más que como documento, ni el tema ni su expresión eluden las alusiones literarias, todas relatoras: Las mil y una noches ("Aladinos intrépidos / por los mágicos cielos ...") o el Rubén Darío de A Margarita Debayle ("en el palacio, malaquita y oro / de un visir de Bagdad..."). La inocencia de la niña echada al mundo y sufridora de sus infortunios estremece al poeta desde "sus ojos o ascuas / de diamante vivo", quien acaba, como al final de El pequeño príncipe, ("si alguien la encuentra..."), pidiendo a los lectores que agradezcan a la niña "tanto amor y miel / como ella nos dejó". Así, como tantas veces repito, lo que empieza en elegía termina convirtiéndose en himno.


Marién


Marién o el cutis
de azucena turbada.
Marién, sus ojos o ascuas
de diamante vivo
alzados sobre un tallo de lírico cristal.
Marién o aquel aroma
que olía sólo a alma.
Marién, siete años...;
      lo demás no era
Marién, sino la vida misma:
vino del norte de África
por detrás de una estela
de azules golondrinas;
vivía en un cuartucho
con cinco hermanos más;
todas las tardes
venía de la mano con mi hija,
veía en el tazón de leche tibia
el rostro de su Alá;
se arrebujaba luego en un silencio
tejido por las lunas profundas del desierto,
o se abrían sus ojos
como dalias de asombro
ante el grifo del agua
templada de la ducha
y la luz de las lámparas.
Una tarde al salir 
dejó por los pasillos un reguero 
          de indolentes camellos, 
colgó oasis de ensueños y dispuso 
alfombras voladoras 
de Aladinos intrépidos
por los mágicos cielos
de las mil y una noches.
No la hemos vuelto a ver, y no sabemos
si las mismas azules golondrinas
la devolvieron a su aldea de adobe 
y cabras en las dunas del desierto,
o si vive hacinada
en una miserable chabola de París.
Si a principios de agosto alguien la encuentra
en una furgoneta de tercera 
mano dirigiéndose al Sur
por alguna autopista,
o en el palacio, malaquita y oro,
de un visir de Bagdad,
le diga, por favor, que no sabemos
qué hacer con tantos dátiles,
tantos higos y pasas,
y tanto amor y miel
como ella nos dejó.


C)

Paralelo al anterior parece el siguiente, o un ensayo, o reiteración, del mismo. Indefensión de la infancia, miseria, ojos... Ambos son inéditos.


 De azul cobalto
   Tendría quince años, 
tal vez menos.
Su cabello pajizo, 
el dibujo afilado
del mentón y los pómulos
denunciaban su origen:
un país miserable, alguna ex
república soviética.
Clavado allí, 
en el cruce
de grandes avenidas
donde se hacen eternos los semáforos
al comerciante que regresa a comer,
al funcionario que ha estrenado un Volkswagen
con la última bajada de créditos.
Una pequeña niña
dormía en el parterre, 
bajo sucias adelfas:
una muñeca con el pelo de estopa
que fuera allí arrojada
desde uno de esos coches que rugían
en medio del asfalto,
en medio de un verano
de cemento y de plomo,
de derretida angustia.
Clavado allí, en el cruce,
extendiendo su mano
hacia las ventanillas, 
hacia los rostros 
de mirada de hierro, 
hacia el hermético,
divino receptáculo
de aire acondicionado
de pulcras y adorables secretarias
que exhibían sus uñas
de puma felicísimo.
      Nadie vio entre el vaho
vomitado por los tubos de escape
ni entre el estruendo de las explosiones
los ojos de cobalto de ese niño:
eran dos ríos de puro desamparo;
eran dos lanzas,
dos cristales agudos
acuchillando un cielo de vesania.
Recuerda: 
las monedas que le hemos entregado
no son el precio
al confortable lujo
de tu conciencia trémula; 
son la cadena con la que has atado
tu corazón al mundo:
una cadena azul,
                            azul cobalto.

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jueves, 18 de junio de 2026

La muerte de Gutenberg (Una elegía)

 

Rachmaninov: Rapsodia ...


El instinto de supervivencia injerto en nuestros genes nos impulsa a sobrevivir: a evitar el dolor, la enfermedad y la muerte. 

Algunos trazan estrategias artísticas para burlar la mortalidad y crean efigies de sí mismos que pretenden ser inmortales: los pintores, músicos, poetas, los gladiadores de palabras, pentagramas, dibujos...

Aquel que se derrama en la palabra, por ejemplo, sueña con verse manuscrito gutenberguianamente en libro para decir: este soy yo, a pesar de vosotros y de mí; nadie me matará, viviré siempre.

Huele a imprenta su carne, sueña ya que es un libro...

Pero ya ha muerto Gutenberg para gloria, o desgloria, de la página internética. 

El hombre y la mujer que hoy aparecen editados son otros hombres y otras mujeres, distintos todos: porque no ha muerto el mundo, pero sí nuestro mundo. Ya no corre la misma sangre, ni funcionan igual nuestras neuronas: dan vida a otros humanos que construyen con criterios distintos. 

Hemos muerto hace tiempo y no lo recordamos. El virus fue la primera errata de ese nuevo mundo.

He aquí un fragmento de Informe pericial:

VII

Eran siglos oscuros. Tenebrarios, 
lamparillas y aceites alumbraban
los garabatos mágicos, pulidos
por manos despaciosas que tallaban
diamantes de papel, códices de oro,
talismanes para la eternidad
como un legado hacia un renacimiento.
Tal fervor amanuense forjó imprentas 
y aquel tesoro enriqueció a millares
al mostrarles los mundos de este mundo.
Fue como si un gran sol amaneciese 
y descubriese luz en las tinieblas.
Pasó un tiempo. En el año Mil quinientos
cuarenta y tres un hombre agonizaba
y en su lecho de muerte recibió
un título temido y exultante:
“De los cuerpos celestes y sus círculos”.
Solo mil ejemplares se imprimieron, 
y tardaron dos siglos en venderse.
Pero algunos abrieron otros ojos 
que hubiesen retrasado el porvenir
de haber tenido que esperar un códice.
Tan solo el libro es subversión pacífica 
y muestra que en un hombre hay muchos hombres.

[Gutenberg, Copérnico]


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