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sábado, 28 de febrero de 2026

Don Quijote Cervantes Saavedra

                                R Strauss: Don Quijote


Don Quijote Cervantes Saavedra


Dícese que la experiencia da la sabiduría. Tal vez por eso algunas grandes obras han sido creadas por hombres sazonados por la edad, como lo muestran Dostoieski, Defoe, Rembrant o Bach. Cervantes es un nombre tan universal como los citados y, por eso, además del genio imprescindible para la creación, tal vez sea Don Quijote una de las obras más reconocidas -y menos conocidas del lector común- por los talentos de la Historia.

Realmente, poco importa la edad a la que se escribe un libro, si este significa un hito para la humanidad. Ahí tenemos La Celestina, al parecer escrita por un joven que sabía tanto del vivir como cualquier hombre maduro. Lo que sí interesa es lo que una obra descubre sobre el ser humano y sus circunstancias, y cuánto aporta a la experiencia colectiva al dotar a sus contenidos, personajes o ideas tanta vida, y de mayor enjundia, como la de quien lee, de tal modo que, cuando acaba la lectura, el lector ha cumplido intelectualmente varias décadas más. Y esto es lo que ocurre con la ficción real de Alonso Quijano El Bueno: las disquisiciones cervantinas en torno a los hechos de su alterego hacen que, como se dice en el “Prólogo”, quien las conoce salga más rico, pues “el melancólico se mueve a risa, el risueño la acrecienta, el simple no se enfada, el discreto se admira de la invención, el grave no la desprecia, ni el prudente deja de alabarla”; de tal manera que el tesoro encontrado en esas páginas es el mayor que pueda hallarse en una de esas pequeñas grandes islas que llamamos libro y que salva de tanto naufragio a cuantos a ellas se dirigen. 

Fue Cervantes tan admirable que consiguió convertir en utopías las desventuras que sufrió. Su clarividencia y acierto consisten en constatar el más diestro método de conocimiento: el de mostrar mediante el humor la tragedia de la existencia: que el mayor sueño del hombre, que es establecer la justicia, es imposible; y que quien no sueña muere sin haber vivido de verdad. ¿Cuál era el sueño, o la “locura” de Don Quijote? ¿Por qué lo sufría todo con paciencia? Seguramente en ningún episodio se ve tan claro el destino que quiere para sí mismo como cuando, pensando simplemente en un mundo en paz, dice: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos en los que todo era de todos y no existían las palabras “tuyo” y “mío”. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia. No existía la maldad. Pero olvidóse el bien y vinieron los males. Y por eso yo soy defensor del inocente” (I, 11).

Como todo ser humano, Don Quijote tampoco pudo vencer al Caballero de la Muerte; y murió. Pero antes soñó y practicó su sueño: y es ese soñador actuante el que lleva vivo cuatrocientos años. Como esta, muchas interpretaciones pueden hacerse de Don Quijote: en un extremo está la del hombre que inventa un mundo para sustituir la realidad que no le agrada; en otro, el hombre que lucha por el hombre sin importarle lo que los hombres piensen. Pero incluso esos extremos se tocan para complementarse en el núcleo temático de la generosa solidaridad universal.

Suele decirse que Cervantes es el más genial novelista. Tampoco importa si lo proclaman sólo los españoles o también los extranjeros. Lo que sí importa es que El Quijote es una de esas obras fundamentales que ayudan a comprender la cuestión más difícil para el hombre: la existencia. ¿Cuántos hombres han sido determinados por la obra de un solo hombre? La cantidad de músicos, dramaturgos, cineastas, pintores, dibujantes y escritores es innumerable. No se equivocaba Stendhal cuando afirmó que “el descubrimiento de este libro fue el acontecimiento más importante en mi vida”, afirmación aplicable a tantos otros. ¿Pues qué mayor solidaridad para con la vida de cualquier hombre que ofrecerle cuanto hemos aprendido de la nuestra?

En un breve quijote apócrifo del siglo pasado, apenas conocido por inédito, pero del que se citan algunos fragmentos, leemos comentarios que pretenden homenajear a su creador. He aquí tres. Dice Sancho Panza: “Que piensen lo que quieran de mi amo. Yo compartí sus días y puedo afirmar que no ha habido, hubo ni habrá hombre más cuerdo y más honesto que mi señor Don Quijote”. Y Dulcinea: “Era yo la más de las tristes triste; y puedo decir ahora que soy la más afortunada entre las mujeres, pues nadie fue tan amada como yo por alguien tan amante como Don Alonso”. Y el mismísimo Cervantes: “Unos dejan dinero y haciendas a sus hijos. Yo he creído que no hay mejor herencia que mostrar la bondad incluso en un mundo que la desprecia para no reconocer que es egoísta. Llamadme Don Quijote”. 

viernes, 27 de febrero de 2026

Estado del Blog - Hoy

 Mientras mi vida fluye hacia la muerte // antonio gracia

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Las vidas que no fuimos.



Fragmentos de identidad

¿Dónde estarán todas aquellas vidas 
que quisimos vivir y no vivimos?
El amor que callamos, el dolor
que, ciegos, infligimos al callarlo;
la incierta voluntad, la ociosa muerte
de un presente que no nos atrevimos
a abrazar por temor a su futuro.
No eres tú, ni soy yo; somos fragmentos
amputados del que quisimos ser.
¿Y seguirás viviendo sin vivir?
El que yo fui se obstina en seguir siendo,
y lucha contra aquel que quiero ser;
el que seré me dice que no sabe
todavía su nombre; y entre tantos 
vagidos de mí mismo me diluyo
inexacto, inconcreto, inacabado.
¿Y seguiré viviendo sin vivir
las vidas con que sueña el corazón?



jueves, 26 de febrero de 2026

Cataclismos celestes.


Beethoven: "Tercera" (Marcha fúnebre)

Tres epitafios órficos, 1
La muerte universal

Yo estaba, no sé cómo, subido a una alta torre
en medio del sereno firmamento.
Miraba las estrellas,
sumido en el fervor de la contemplación,
y mi pluma trataba de entender.
Sembraba de preguntas
la infinita belleza de la noche, 
la estelar telaraña donde el hombre se prende
en la fascinación del Gran Enigma.
Veía los secretos del espacio
y el tiempo, y vi el crisol
de las crepitaciones de la carne.
Contemplé la vorágine inconsútil,
ubicua y sin lugar,
estática y errante,
sobre mi frente erguida. Vi
los dioses encrespados
que se gestaban en la inmensidad
y los que, ya cadáveres, servían
de arcilla misteriosa
para divinidades sucesivas;
vi la frágil infancia
caminando hacia la decrepitud
sin saber por qué nace y por qué muere;
vi mis células
desjarretarse entre palpitaciones,
caer como aerolitos
al osario abisal;
vi las sirenas émulas de soles
nadando en el océano
del firmamento como
dragones encendidos
devoradores de la luz; miré
el aleph donde todo se esclarece
desde su barbacana vislumbrante:
la hecatombe
de la Conflagración Universal
promulgaba su horror: toda existencia
es la semilla de su propia muerte
y toda muerte engendra nueva vida
carente de pasado y de futuro.

De pronto, un estallido sinuoso
conmocionó los astros, me sumió
en una inexorable
caída hacia el abismo
que me alejaba de los dioses y
me enterraba en el vértigo. ¿Qué ocurre?
¿Acaso el Universo se disuelve en cenizas?
Mi conciencia me dice que debe haber un orden
en la naturaleza.
Pero sigo cayendo y no aparece
un Dios que ponga bridas al destino.
Antes de mi caída, la belleza
le daba algún consuelo
a la existencia. Pero ante la muerte
nada tiene sentido.
Mirando alrededor, buscando alguna fe
que justifique el hecho de vivir,
encuentro solo ruinas, conciencias desoladas
y la asechanza de la indefensión.
¿Qué debo concluir de esta orfandad sin nombre?
¿Dónde queda el fulgor
de nuestra inteligencia desatada?
La muerte es un cadáver que sueña en nuestro cuerpo
y emerge lentamente,
hasta tomar la forma de esta cripta
que hemos llamado vida.
Existir es estar, ser en el tiempo
el inasible rostro de una efigie
que es la concitación de sus metamorfosis:
somos caducidad, mortalidad:
Todo en el universo combate contra todo
y nada queda al margen del combate.
Las estrellas son fuegos quemando otras estrellas
y todas las criaturas alimentan sus vidas
con la muerte darwínica de las otras criaturas.
Así el lobo degüella al antílope altivo
y el hombre se convierte en lobo contra el hombre.
Así la antimateria devora la materia
y sobrevive el arte que humilla al que lo causa.
Solo existe la vida porque existe la muerte.
Qué inútiles los sueños,
las ansias de escrutar y de escribir
como revelación y profecía
el destino del hombre, confesé;
el perfecto Universo es nada más que un átomo
y la infrangible eternidad es solo
un fugitivo instante sin memoria.
Toda conciencia dura apenas nada.
La sustancia del cosmos es fungible,
igual que lo es la carne o el espíritu.
Yo estaba, como digo, mirando las estrellas,
los arriates de estrellas crecidas en la noche,
y mi pluma trataba de entender
la infinita tristeza que depara el vivir.
De repente, lo supe:
también la pluma es otro ser muriente.
Y antes de abandonarme al gran osario,
anoté, persiguiendo algún consuelo:
también
todo dolor desaparecerá.

miércoles, 25 de febrero de 2026

A la orilla del Tormes

                                    Respighi - Pines Of Rome - Toscanini


Cuántas veces recuerdo que, a la orilla del Tormes,
soñaba que tu rostro era el lago más bello,
cuando me zambullía por la noche en tu carne.
Tus húmedas guedejas, el gorgoteo lánguido
de tu piel como seda sobre mi piel tremante,
las palabras de amor bajo la luna estática
y el gélido silencio del pasado
-que vuelve con murmullos y nostalgias-
trepan hasta mis ojos con su lluvia 
y renacen las huellas de los pájaros 
por mi espalda y tu pecho en la mañana,
piando amaneceres y rocío. 
Aquel dulzor hermoso se repite en el prado 
de la memoria súbita, y ahora que contigo
sueño que el mar es dulce y amaranto,
golpea nuestra piel ola tras ola 
para que mi arrecife penetre en tu caverna
y la espuma parezca un ópalo de fuego
incandescente.

 

martes, 24 de febrero de 2026

De la divinidad .

  

Katchaturiam: Adagio de Spartacus

De la divinidad 




Todos buscamos algo en lo que apoyar nuestro desamparo ante algunos momentos de la vida y, sobre todo, ante la muerte. Vivir resulta mucho más fácil para los creyentes que para los escépticos. De lo cual se deduce que quien no cree es a su pesar, y ningún dogmatismo, clerical o no, debiera condenarlo. Quien no duda no acierta; pero, preso en su fe, el creyente vive más dichoso porque se sabe protegido por un ser superior que garantiza su andadura, incluso el perdón de sus errores. Por el contrario, el incrédulo persigue una verdad que lo sostenga, y hasta la ciencia, incrédula por definición, le niega ese consuelo.
No es la fe obtusa, sino la razón intuitiva la que empuja a admitir la existencia de un Artífice Supremo. La vida no es admisible como consecuencia de un acto creador prestidigitatorio desde la nada. El cosmos no se basta con un milagro o un trabajo de seis días. Necesita un proceso evolutivo en el que lo que nace se desarrolla, se perfecciona, se deteriora, se transforma, ya que nada se crea o se destruye. El universo no es un experimento surgido hace seis mil años, como quería el obispo Ussher, quien, en 1658, estudiando las sucesivas generaciones de la Biblia, llegó a la divina conclusión de que el universo había sido creado el 23 de octubre del 4004 a. de J. C., a las 12:00 horas. Es comprensible este fanatismo en quienes sienten tal libro como un documento científico y ex cathedra. Lo increíble es que matemáticos del cielo como Kepler y Newton admitieran sin inmutarse tal “origen” como una verdad inamovible. 
 Si Aristóteles concibió un universo estático, Lucrecio lo necesitó expansivo. Ya San Agustín supuso, rozando, entonces, la herejía, que Dios tenía que estar “haciendo algo” antes de la creación, que había un tiempo antes de lo que cuenta el Génesis. Y así lo ve la ciencia. La memoria demostrable de nuestra sustancia se remonta a unos quince mil millones de años, cuando el Big Bang inició su estallido y la nada -que alguna cosa sería- se llenó de materia incandescente, implacable, que fue ordenándose desde el caos hasta un cosmos aún inacabado. 
Son quince mil millones de años transcurridos desde el Big Bang. ¿Y antes? El individuo es un microtiempo en ese océano intemporal, en el que las estrellas nacen y agonizan a lo largo de millones de milenios. Y ante tal inmensidad no es extraño sentir que la vida es un lugar oscuro y solitario, un locus horribilis en el que transcurre la agonía de sabernos mortales. Por eso la necesidad de un Ser Garante nos empuja a creer en él, o a inventarlo. ¿Tiene algo que ver el Dios piadoso y despiadado de los cristianos con la verdad científica y lógica? Más: ¿Se parece en algo el Jesucristo comprensivo de los evangelios al de los fanáticos obispos que excomulgan la democracia? 
Es fascinante saber que estamos hechos de materia estelar, de estrellas y de simios, de pájaros y flores, que las infinitas partículas viajeras por el firmamento y yacentes en la piedra se conciliaron para configurarnos y bullen girando en nuestra carne, y que la música del cosmos dejó su ritmo en nuestra sangre, que llevamos un trovador íntimo que conmueve nuestras emociones y canta mediante el arte y la naturaleza. “Este armazón de huesos y pellejo” -como definió Bécquer al hombre sufriente- ya no basta para identificarlo, sino que hay que sentir al ser humano como la conciliación de todos esos fragmentos de inmensidad que conforman su identidad. Y por eso el corazón sigue latiendo a la espera de reunirse con su ancestral origen.


Erótica del destino

                                    Gustav Holst - Mars


La conocí porque ese era el destino.
Me dijo: "Estoy casada"No me importa,
dije yo. No te pido en matrimonio.
Y pasaron los meses y los años,
y la vi tan hermosa como ayer, 
no sé si unida de algún modo a alguien; 
pero aquello que tiene que pasar 
pasa; y nos fuimos 
adonde no podíamos huir 
uno del otro.