De un poeta menor
He subido a la cima de las grandes preguntas
para encontrar respuestas que concedan sosiego,
y he mirado a lo alto y he visto igual vacío
que cuando miro dentro de mí, o alrededor.
Los pájaros, alegres, volaban sin conciencia,
las fuentes ofrecían sus músicas de vidrio
y exhibían las flores sus frágiles aromas.
Solo yo permanezco melancólico.
Y, aunque quiero callar la voz que me atormenta,
su grito se prolonga como un fiero alarido.
¿Qué puede dar -pregunto-
este poema frágil sino lo que yo soy?
Y soy tan solo tiempo, triste fugacidad
ordenando, doliente, una autobiografía
que es la de cualquier hombre.
Y aquí yazgo, tratando de escribir
un memorial que ordene mi vida. Escribo en verso
porque es la mejor prosa que conozco. Caminan
hasta mí cuantas cosas rescata la memoria
y llegan, se desbocan, asedian esta pluma
que quiere comprender. Ninguna se detiene,
sino que continúan y me arrastran con ellas
en un viaje iniciático hacia el acabamiento
o, tal vez, al origen.
En medio de este vértigo la vida se me escapa
sin haber entendido por qué nací, por qué
debo morir. Soy tan solo un camino
que avanza hacia su fin
sin saber ni siquiera por qué anduvo.
