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martes, 31 de enero de 2017

Cuando los dioses te olvidan

Offembach: Orfeo en los infierno

A veces las circunstancias se conjuran de tal modo que uno parece haber nacido para que todo tenga alguien al que fastidiar. El teléfono deserta; Internet se va de vacaciones; la Radio no se escucha; la Televisión se aburre de sí misma y se estangurria; al ordenador, tan necesario ya para mí, le da un colapso; un músculo dorsal se lumbalgiea ... Todo son cosas sin importancia esdrújula, pero bastantemente fastidiosas. Por ejemplo: si suena el timbre de la puerta no puedes acercarte para saber si es el pesado de la publicidad o es el cartero con noticias de otros mundos tan perfectos como este.
     Siempre quedan los libros, los únicos amigos que nunca te abandonan. Pero he descubierto que incluso pasar una página puede ser doloroso y hacer ver las estrellas. He visto tantas estrellas que he empezado a creer que el Artífice Supremo es verdaderamente sabio: forjó nuestro efímero cuerpo tan interdependientemente que si te duele un dedo y lo mueves -incluso solamente para pasar una hoja- también te duele el otro, que sacude la mano, que tortura los brazos, que constriñen la espalda, que empuja su dolor hasta las piernas... 
     Sí: verdaderamente esa perfecta interdependencia corporal de huesos y tendones, y sus correspondientes latigazos doloríferos, han sido mi cogito ergo sum: y he empezado a creer. Ya creo tanto que no me conformo con creer en un dios; y ya creo en tres dioses, en cinco, en diecisiete... 
     Cuando crea en 50, por ejemplo, empezaré a pedirles que no creen más mundos a su imagen, sino a su desemejanza. Siempre es mejor la imperfección, porque la voluntad y la autosuperación tienden a mejorarlo todo; pero la perfección de la tecnología nos hace progresar demasiadas veces hacia lo inútil o lo innecesario que, a fuerza de convertirse en cotidiano, se vuelve imprescindible, nos debilita, nos transforma en esclavos y nos estupidiza. Y entonces, el infierno. 
     Y, además, lo peor: tal malestar nos renueva la idea de que, ahora que comprendes algo de la existencia y has aprendido algunas cosas que pudieras transmitir a los demás, estás mucho más cerca del máximo verdugo de la vida: la inexorable muerte.
     ¡... Cachis en la mar...!
     

  

lunes, 30 de enero de 2017

La catedral sumergida

Debussy: La catedral sumergida

Solía pasear yo mi melancolía juvenil por las frías callejas de Salamanca. Al doblar las esquinas me asaltaban fantasmas y laberintos síquicos que me iban persiguiendo como una jauría de mastines. 
     La Casa de la Muerte derramaba sus cirios, la estatua de Fray Luis brindaba por la luz, y hasta el puente romano -donde el toro del doncel Lazarillo mugía como un sauce- no dejaba los duendes muy atrás. Solo tras caminar por la alameda regresaba con algún menor lastre de tragedias y brisas.
     Entonces escalaba la frágil escalera hasta la puerta de la Catedral Vieja: y allí me acurrucaba, adormecido por el oleaje: era mágico aquel arrullo de las olas que venteaban su sonido imposible: y era el mar de mi infancia, el del Mediterráneo y Torrevieja, el que se arracimaba de pronto y me daba consuelo con su eco de sirenas y arrecifes del pretérito. Alguna golondrina le ponía a la tarde su imagen de gaviota: y era como si regresase.
     Allí brotó mi historia con Oniria, la leyenda infinita, el verbo manantial.
     Allí se escucha el mar, solemne, reiterado.


domingo, 29 de enero de 2017

Lecturas -tal vez- imprescindibles (35): La pervivencia de lo eterno


Rachmaninov: Las campanas

No conocía la película, ni la novela: Por quién doblan las campanas. La he visto, y la he leído ahora, fragmentariamente, simplemente para comprobar la pervivencia de lo eterno, válgame la redundancia. 
    Y sí. Eterno es el amor como deseo y eterno quien dice eternidades sobre el amor. En este caso, al margen de la anécdota bélica que se narra, lo que importa es la nueva identidad erótica que adquieren dos amantes, su coexistencia en uno solo de ellos, la pervivencia de ambos aunque el uno muera. Recuerdo el verso copartícipe de Lope: "Ir y quedarse, y con quedar partirse", que disuelve al amante y lo hace parte de un todo. 
     Fue Beethoven quien dijo a su Amada lejana: "Mi bien, mi todo"..., aclarando la indisolubilidad síquica de lo que el amor ha unido, como un eco lejano del platonismo que derivó en la popular denominación "media naranja". Wagner, en el diálogo entre Tristán e Isolda, les hace decir: "Yo soy Tristán, ya nunca más Isolda"; "Yo soy Isolda, ya nunca más Tristán". Y ambos, intercambiando su identidad, se funden en un solo espíritu corpóreo.
     Y eso es lo que hace grande esta historia de amor en medio de la guerra que es la novela de Hemingway: toda su grandeza radica en la trasmutación onírica y erótica que gozan -en la película, Ingrid Bergman y Gary Cooper-. Hemingway insiste una y otra vez en ese esencial unitarismo de quienes se aman, hasta que su amor les lleva, investidos quevedianamente, a ser uno solo más allá de la vida: ese juego tan real como vívidamente imposible crea el orgasmo final de los sentidos: el éxtasis del preludio y muerte de Isolda sacude al espectador. El espectador se emociona con tal esplendor y tal conflagración de los sentidos. 
     Claro: Es Beethoven, y es Wagner, y es ese diamante del amor de dos en uno lo que se convierte en único escenario. 
     Añadamos que la cita inicial, que inicia el dramatismo ("no preguntes por quién doblan las campanas; están doblando por ti"), es un poema de John Donne y concluiremos que Hemingway trabajaba con demasiados materiales -no sé si plagiariamente- poco menos que eternos.
     ¿También Hemingway plagiaba o ya era, como se eufemiza ahora, intertextualidad?

Audiolibro

sábado, 28 de enero de 2017

El Libro de Teluria (I)


Purcell: Lamento de Dido

El azar me convirtió en notario de cuanto acontece sobre la figura de Trovadorius, de quien justo es decir que adelgazar su verbo como él lo hizo, huyendo de retoricismos sin caer en la facilonería, ya es una virtud no acostumbrada. 
     Por ello debo atenerme a otros hechos: y son que se han encontrado -una vez más- algunos manuscritos atribuidos a su pluma. Su lectura indica que aquel canto de sus anteriores poemas se trocó en trasunto plañidero: al parecer, sus amores con la dama innombrada se marchitaron; o quizá fue otro amor el que naufraga en estos versos que ahora empiezo a dar a conocer. 
     No obstante, avanzo otra perspectiva: Mucho hay del estilo directo e intimista de nuestro autor en este conjunto de poemas; ahora bien: el título, Libro de Teluria, y su narratividad biográfica subterránea -que observará quien siga las sucesivas publicaciones-, conducen a concluir que tal vez no sea trovadoriusca su escritura, sino que probablemente fue una Dama así llamada -Teluria- quien lo escribió tras la muerte de su amado Trovadorius, allá por los ocultos tiempos en los que todo es ya leyenda. De ahí su carácter elegíaco:
     Aquí copio los dos primeros textos:

El libro de Teluria

1
Era yo el desencanto, una tragedia inútil
cuando te conocí y volví a la vida.
Como si despertasen los orígenes
del tiempo azul y un alba sonrosada
amaneciese para mí de nuevo,
mi corazón volvió a reír.
Fuiste mi sortilegio, la estrategia
con que me redimía del destino.
En ti encontraba mi resurrección
y tú me recreabas cada día
como a una arcilla virgen
destinada a ser fuego,
clamor de una existencia inmarchitable.

2
Inmersos en el templo, y entre grises columnas
como oscuros barrotes que nos entrelazaban,
me hablabas de cariátides y dóricas empresas
que otros amantes vieron mucho antes que nosotros.
Quisimos desnudar de estrellas la alta noche.
y trepar a la cima del cielo constelado
para agitar en ella banderas como besos.
Tus palabras decían misterios, derramaban
enigmas en el aire. Yo escuchaba el sonido
del pasado en tu boca vibrando igual que un pájaro
que no supiese dónde posar todo el paisaje
acumulado dentro de sus ojos.
Olimpos y trirremes, argonautas, centauros,
vasijas y corales fluían en anábasis
desbocada; y mi pecho, agitado ante tanta
catarata de oro, te ofrecía sus himnos
y escribía tu nombre en la oculta epopeya
que el amor y la noche, trovadores de sueños,

viernes, 27 de enero de 2017

Lo escrito y lo escribible (I)


Scriabin: Poema del éxtasis

1.- ¿Qué dice un poema y qué quería decir con él su autor? ¿Nos importa, nos interesa, nos abre una ventana diferente sobre nosotros mismos o sobre los demás...? ¿Está bien construido, se sobrepondrá a las modas, tendencias, escuelas, años, décadas...? En fin: ¿Qué hace que una obra resulte imprescindible y vigente?
     Difíciles respuestas para tales preguntas. Sin embargo, no tan inescrutables si nos preguntamos el porqué de la vigencia de algunos poemas que perduran tras los siglos. ¿Por qué siguen, señeros, HamletLa Gioconda y La Novena de Beethoven? Porque atañen a lo medular del ser humano y este los siente como un pálpito propio: porque quien lee se identifica con quien escribió. Y este escribió sobre inmutabilidades.

2.- Así pues,  ¿Por qué un texto mantiene su vigencia?
     Descartemos, primero, lo evidente: cuando los intereses circunstanciales se sobreponen a los esenciales la ceguera encumbra a la luz obras o autores que en seguida son desprestigiados y pasan de preferidos a preteridos. (Eso ocurre con tanto best-seller y tanto premio dinerario, y tanta confusión entre sabia escritura y opaca literatura). 
     Para saber cómo serán las obras que importen al hombre singular basta con mirar las que ha escogido el hombre plural. Aquellas en las que se identifica quien está leyendo y se dice, como en un espejo: soy yo. Y en ese yo palpita lo que ama y desama: amor, muerte, vida, temporalidad, alegría, tristeza… Todo cuanto rigen el eros y el tánatos.

3.- Muchos ejemplos hay de puro y perdurable biendecir. Concedámosle a cada uno, generosamente, la excelsitud. Supongamos que su arquitectura es perfecta, su música, intachable, su versificación, su léxico ... Todos esos y otros elementos han conseguido aunarse para que nada sobre y el conjunto nos diga contundentemente algo que nos importa como individuos sensibles y reflexivos, amantes de la belleza y de la comprensión del ser humano. Cada lector se ha visto en él o ha visto un fragmento de su identidad y la del mundo. Su autor talló un diamante al traducir a palabras la existencia y al conseguir que estas se tradujesen de nuevo en vida en quien las lee. 
     Bien: el lector que quiere ser autor se pregunta ante ellos: ¿Cómo surge el poema -una música, un cuadro-?




jueves, 26 de enero de 2017

miércoles, 25 de enero de 2017

La incomunicación



Henry: Variaciones para una puerta y un suspiro


Observa Hemingway que el único placer civilizado que le queda a los hombres es el de la conversación. Y así ha sido desde que Sócrates, Platón, Aristóteles y Epicuro promovieran el diálogo como fuente de sabiduría. Una conversación sabia y serena muestra la cordialidad de quienes hablan porque saben y de cuantos escuchan para aprender.
     Sin embargo, nada o poco queda del diálogo conversador en las últimas décadas, en las que la prisa por hablar sin pensar ha convertido la conversación en discusión: quienes hablan mantienen un monólogo simultáneo en el que nadie escucha al otro, y en el que cada parlanchín no expone su opinión sino que trata de imponer lo que se le ocurre en ese instante, sin más coartada sapiencial que la de que "cada uno tiene derecho a pensar como quiera". (Pero no: todos tenemos el deber de pensar con sensatez y a expresarnos con buena educación).
     Dos empiezan a tratar de cualquier cosa, o de no saben qué, se cortan mutuamente a media frase, no esperan a que el otro acabe porque se les olvidaría lo que es mejor que callaran -qué lástima que no sea así-, no tienen en cuenta que al otro -además de tener el turno de palabra- también puede olvidársele, y se desgañitan por parlanchinear siguiendo la divisa involuntaria de que el asno no sabe que lo es y por eso quiere seguir rebuznando... 
     Cuántos amigos y parejas han terminado su relación por no saber callar cuando habla el otro.
     Claro: que si nuestros modelos de la buena educación son los televisivos -políticos, opinionistas, muchedumbre a granel...- qué va a aprender el ciudadano.
     En fin: silence is golden?

Los sonidos del silencio

martes, 24 de enero de 2017

Nuestro único demiurgo



Mussorgki: Una noche en el Monte Pelado


Solo “conozco” dos modos de libertad: el suicidio y la escritura.      Hay que descartar el suicidio porque supone la aceptación de la impotencia, la afasia, la derrota. La escritura implica la irrenunciabilidad a las utopías realizables, la crítica a quienes las obstaculizan. 
     La escritura es, por tanto, la única forma de plena libertad que existe. 
     La vida “propia” suele ser una escritura que dictan más los otros que uno mismo: somos lo que nos permiten y nos permitimos ser. En la escritura -en la creación- somos casi nuestro único demiurgo. 
     ¿No escribiremos, pues, tratando de crear fieramente y esforzadamente puesto que nuestra única vida es la escritura?


domingo, 22 de enero de 2017

¿Arte conceptual?


¿Arte conceptual, Doñas Elvira y Marisa?:

Decir arte conceptual es tanto como decir de un poema que es metapoético o metalírico: que trata de la propia poesía. Prefiere la razón de la escritura -o composición pictórica, o musical- a la emoción que produzca. Y entonces se deshumaniza, por mucho que diga sobre cualquier arte. 
     Pensamos anudando palabras -pinceladas o notas-, y estas forman conceptos. Así que nada hay que no sea conceptual y nada dice el término arte conceptual. La abstracción o el surrealismo son conceptos de la realidad plasmada como irrealidad o realidad del subconsciente. 
     Es lógico que en este mundo actual -en el que la frivolidad y el asentimentalismo van desapareciendo- el arte se devíe a hablar de sí mismo como un nuevo tema. Y que este se multiplique en obras que atienden a la poética, la incidencia social, las reglas de composición, las entelequias adyacentes a la íntima creación. Es lógico, digo, pero no debe sutituirlo: porque el arte que queda es el que contiene al hombre y lo resucita, no el que se detiene en sus coyunturas. Si una obra no se constituye en un ser humano, entonces es una majadería más o menos inteligente.
    Tampoco es enteramente nueva tal desviación, como demuestran las poéticas de Boileau o Luzán, y mucho antes Aristóteles, Lope, Cervantes; y después, la poesía civil, y algunos "novísimos". 
     ¿No es conceptual el Conceptismo de Quevedo, y aun Las soledades de Góngora? Cuando Velázquez idea Las hilanderas está conceptualizando el arte dentro del arte. Y cuando el pintor difumina o crea la perspectiva conceptualiza su obra porque le añade una breve teoría práctica al cuadro. Y si Van Gogh o Renbranth se pintan pintando es porque conciben el cuadro como espejo y no solo como pintura de retratos. Asimismo, al componer la Tetralogía o el Tristán e Isolda, Wagner promulga sendos tratados sobre el Poder y el Amor. Lo demás -las últimas tendencias- aún está por ver si son simples saltimbanquismos de la ociosidad ocupada en pintar, escribir, componer. 
     Un poco antes: si yo fuera, por ejemplo, Leonardo, me sentiría insultado cuando oyese llamar arte -equiparable al suyo- a una pipa de la que se dice que no lo es, un urinario, una lata de refrescos, el avestruz de Jacinta... 
     ¿Es arte cualquier cosa que nace de cualquier concepto y que se exhibe en cualquier sala de arte? 


sábado, 21 de enero de 2017

La tradición es un camino que anda


No hay mayor innovación que la progresividad de la tradición. Y la tradición auténtica es la que profundiza en el humanismo, al margen de novedades o piruetas expresivas. Todo experimentalismo que no se inserta en la tradición es un garabato en el aire. La tradición es un camino que anda.
     Suele confundirse poesía con verso, escritura con ludismo, cuadro con mancha pictórica, música con ruidos inarmónicos. Pero cualquier arte es, ante todo, retrato de un aspecto humano: su íntima realidad. 
     Claro está que el hombre lúdico no puede ser expulsado del homo sapiens; pero tampoco debe suplantarlo. Los vanguardismos son pertinentes porque diluyen los academicismos. Pero lo que queda es la palabra serena, fecunda, sustantiva y no adjetiva. Así que no se trata de inventar, sino de ahondar en los temas “de siempre”, los que identifican a la humanidad. Muchas veces he dicho que el primer poema de amor se lo diría, tal vez, Adán a Eva, o al revés. Los demás hemos estado repitiendo lo mismo durante milenios: y solo ha perdurado la dicción idónea de quien ha encontrado un nuevo matiz ensanchador del tema amoroso. 
     Calixto y Melibea, o Romeo y Julieta, no perduran por la palabrería de Rojas o Shakespeare, sino por la exactitud en la caracterización de sus perfiles mediante la palabra. Son una innovación dentro de la tradición: arquetipos. Garcilaso y Bécquer innovan por la pulcritud y sencillez de su dicción: por su equilibrio.
     Picasso o Mondrian, por ejemplo, son accidentes, aventuras, equilibrismos, prolongaciones, meandros de Velázquez o Renbrandt, por ejemplo. Estos se bastan a sí mismos, no necesitan de aquellos; en cambio aquellos necesitan de estos, y no existirían si estos no existiesen. Son la oración principal del arte; los otros, oraciones subordinadas. 
     Cuando alguna de estas subordinaciones se engrana en ese eterno vanguardismo progresivo que es la tradición pasa a convertirse, también, en obra clásica.


viernes, 20 de enero de 2017

La sin par obra maestra

Shostakovich: Cuarteto nº 8, adagio


Hay, incluso en los mejores poetas, unos pocos poemas que pasan a ser referentes y explicación de toda su obra, y que los definen como necesarios en el venero de la cultura. Porque si un punto del universo contiene todo el universo -en afirmación de Galileo de la que luego se han apropiado tantos-, también un poema contiene todos los poemas y a su autor. Igual ocurre en la pintura y la música, y cualquier arte. El autor teje su mundo, y lo crece y decrece. Al final ha conseguido unas pocas obras que son el signo digno de su búsqueda y hallazgo. 
     No hay dos Giocondas en Leonardo, ni dos Sixtinas en Miguel Ángel, ni dos Preludios en Wordsworth; tampoco dos Hamlets en Shakespeare, ni dos conciertos para violoncelo en Shumann... 
     Y agradezcámoslo, en vez de lamentarlo. Porque, de multiplicarse esas genialidades, ¿quién sería capaz de sobrevivir a tanta belleza?

jueves, 19 de enero de 2017

La construcción del poema.-

Edición del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert

1.- 
Tras tres tristes truenos, cuatro ristras de tremebundos trastos en la palestra troneral del cielo, lacustre todo y como muestra de la diestra relampagueante, cada vez más siniestra, llega al fin el paquete con los libros. Las editoriales son lentas, sobre todo las institucionales. 
     Y el libro brota como un breve manantial. No es este de poemas, sino sobre cómo se construye o, mejor, han construido algunos poemas. 
     Alguien dirá que este libro ha nacido de la observación del proceso de la propia escritura tanto como de la ajena: de la experiencia íntima y lectora.
     Y aquí está mi recién impreso libro: La construcción del poema. 
     Quizá quienes escriben encuentren alguna observación sobre la escritura que les ayude a mejorar su pluma o a desentrañar algunas otras.
2.-
     Si hay algo peor que la lectura de un libro previsible es leerse a sí mismo. Y más cuando lo que a uno le importa es descubrir su mismidad más recóndita, no contumaciarse en ella. Así que puede el lector imaginar el tedio de corregir las pruebas de imprenta de un libro propio: por eso, tras esa comprobación, no leo mis libros publicados. En este caso solo me he interesado por averiguar que no faltaba la dedicatoria a tres personitas por mí muy queridas: Para Irene, Nicolás y Pablo.
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

miércoles, 18 de enero de 2017

Anderson: Concierto para máquina de escribir y orquesta


El ordenador y los móviles han desplazado la pluma, el bolígrafo, el ordenador y la facultad de pensar. He aquí un homenaje humorístico sobre esos instrumentos -ya tan intelectuales y antediluvianos- en diferentes versiones.

Jerry Lewis en Lío en los grandes almacenes.

Otra versión del mismo, afinando la máquina:

En Concierto:

El "concierto" original:




martes, 17 de enero de 2017

Ford: Qué verde era mi valle.

Qué verde era mi valle

Cuando todavía se filmaba cine y no solo películas.
La poesía cotidiana que, como en El hombre tranquilo, sabía argumentar Ford.
13 años más tarde Elia Kazan dirigió, con un trasfondo similar, La ley del silencio, más efectista y "social". 
Esta es más auténtica, humana, hermosa y terrible.

lunes, 16 de enero de 2017

Elisabeth querida:

Schumann: Adagio Segunda Sinfonía 


(Elisabeth C ... escribió el 16-I-2017: "Antonio, cómo sabe un poeta que es Poeta de verdad y qué hace cuando llega al tope de su mismidad").


Querida Elisabeth:


La poesía, como el Amor, tiene tantas definiciones porque ninguna consigue definirla más que aproximativamente. En el mundo hay dos clases de personas: las que se dejan calificar por los demás y las que van autocalificándose para imponer a los otros el retrato que quieren que tengan de ellas. Pocas cosas me resultan más ridículas que escuchar "yo soy poeta", que es probable que solo signifique "soy versolari, versófago, macareno del verso"; pero el hábito no hace al monje. Y es verdad que hoy hay demasiados autocalificados "poetas" sin más coartada que "porque soy macarrónico del verso". Incluso dos autores que podemos sentir como poetas tontificaron sobre su raza poética: García Lorca dijo: "soy poeta por la gracia de Dios ... y del esfuerzo..."); y Miguel Hernández, cuando aún era un fanfarrón, escribió: "los poetas somos viento del pueblo...".
     El poeta auténtico no sabe que lo es porque no se lo pregunta, ya que vivir no es una profesión, sino una identidad, y escribirla, lo mismo. Sabe que no puede evitar escribir, pero no para que los demás lo aplaudan, sino para decirse a sí mismo, y sin buscar más premio que el de no negarle a la naturaleza lo que le pertenece y debe trasvasar a la palabra. Si los demás le ponen nombre a su personalidad es otra cosa.
     Eso no implica que no tenga conciencia de la realidad y sepa cuándo lo que dice para sí mismo -y para quienes necesiten semejante dicción- es un eco de lo que ya dijo, y que repetirlo es necedad porque ya lo descubrió anteriormente. Entonces es cuando ha llegado a su techo intelectual. La mismidad de un creador está dentro de él y se asoma al exterior a través de su escritura. Esa necesidad de exteriorizarse no se ejecuta para los demás, sino para re-conocerse, descubrirse, al diseccionar sus fragmentos de mismidad: Fragmentos de identidad y Fragmentos de inmensidad son dos títulos que publiqué tratando de recolectar al invisible y laberíntico que hay en mí: pero no los escribí como "poeta" sino como hombre que testificaba sobre sí mismo y ante sí mismo para salvarse o condenarse.
     Un poeta no es un nombre, ni un calificativo con el que los demás compartimentan el mundo a fin de entenderlo: es un hombre -o una mujer- que busca y no se satisface con lo que encuentra. Por eso necesita crearlo con su verbo, aunque tampoco este se lo ofrezca. Es un hombre -o una mujer- común que no se contenta con ser un hombre -una mujer- común.    
    No vive ni escribe para el público, aunque como habita junto a él, tampoco le es ajeno. Ve más cosas, o de distinto modo -qué triste es tener que mirar de modo diferente para poder "ver"-, que los otros. Unos lo admiran, otros lo detestan. Platón desterró de la República a los poetas porque todo lo cuestionan; Mecenas los protegió porque son quienes añaden mundos a este mundo. Hoy, tal vez, son más necesarios que nunca, pero este mundo ya es un tren indetenible y el Arte es solo un joyero con el que la muchedumbre engalana sus ocios.

     Así que, Elisabeth querida, si escribes, pintas o compones, mira hacia adentro y conviértete en tu propio lector: con una autocrítica tan feroz que te impida publicar -salvo cuando te vaya en ello la vida-. 



domingo, 15 de enero de 2017

El trayecto del autor

Dvorak: La rueca de oro











La obra de un autor siempre es acumulativa: cada nuevo título avanza sobre el anterior y lo contiene, igual que cada época contiene las antecesoras y las supera. La tradición es eso. 
     Es lógico que los primeros títulos de un creador sean aprendizajes y premoniciones, y que los últimos caigan en la reiteración o el autoplagio. Por eso yo leo un título nuclear y paso a otro autor, porque ya nada esencialmente distinto va a decir. Y hay tantos autores y obras, miradas, mundos... El estudio de cualesquiera “Obras completas” es para los curriculantes. 
     La escritura de un poeta, si lo es de verdad y enteramente, gira sobre una sentimentalidad fraguada en sus inicios a sangre y fuego, y le persigue en cada verso. Hasta que acepta que su techo intelectual y creativo ya no da para más.
     La escritura de un narrador o autor dramático se mueve en torno a unos pocos temas que engranan una misma y esencial historia que parece distinta por la ambientación y caracterización de los personajes. Temas hay unos pocos; argumentos, demasiados y ocultando el mismo. En esencia, los temas reiteran al protagonista y el antagonista, empeñados en una pugna en la que intervienen los coprotagonistas y coantagonistas. Cuanto más se enreda el asunto más personajes y enredos, y más páginas. 
     La obra maestra es aquella que concilia el sentimiento y el pensamiento, la verdad humana y el ludismo, el antiguo deleitar aprovechando. De otro modo: hay que sensibilizar el pensamiento e inteligenciar el sentimiento.
     La comprensión -el entendimiento- es la hermosura perfecta. 

sábado, 14 de enero de 2017

Cumpleaños bloguero


Borodin: Nocturno



Cinco años y cinco días cumple este blog. Nació azarosamente, y no contaba sino 24 horas cuando empezó a andar, titubeante y sorprendido de que le prestasen atención seres lejanos y desconocidos.
     Y aquí sigue, caminando día tras día sin faltar uno, recogiendo la lluvia que se derrama de mi pluma, o mi teclado, sin orden y bastante desconcierto. Ya es como un diario sin forma de diario en el que me confieso abierta o encubiertamente, vistiéndome de verso, prosa, llanto y risa, para que los fantasmas se disipen. Además: muchas veces he dicho que algo hay que hacer mientras la vida fluye hacia la muerte.
     Me sirve, tal vez, como al deportista: para quemar las toxinas que de otra manera arderían conmigo, dentro de mí, y me convertirían en una antorcha viva y una muerte sin fin. Ojalá ese fuego sirva, al menos, para dar algo de luz a quienes se asoman a estas páginas desganadas pero que aún no puedo abandonar. Me han servido, además, para unir la música, la imagen, la palabra, en un todo de origen sinestésico, como si mi sueño de ser Wagner o Scriabin se acercase a su materialización y acariciara la obra total. 
     Algún día tal vez sienta que he escrito unas palabras que me parezcan dignas y en las que encuentre una breve respuesta que me dé algún sosiego. Entonces podré colgar la pluma como hizo Cide Hamete: sabiendo que todo está consumado. 
     ¿Qué será de mí entonces, si solo soy mi pluma?


Versión popular de Last

viernes, 13 de enero de 2017

Cuatro erráticas sílfides


Saura, Salomé, Aida

R, Strauss, Salomé, Ewing

Lang, Hechizo de la serpiente, D. Paget

Gilda, Rita


jueves, 12 de enero de 2017

Laconismos 651-665

Mozart: Adagio C. piano nº 23

Welista: Despojamiento lacónico


651.- Todo está perdido cuando la mediocridad empieza a ser tomada como ejemplo y la autoexigencia es una excepción. 
***
652.- Escribir es la prueba definitiva de que vivir no basta.
***
653.- Lo nuevo es lo hermoso de siempre actualizado.
***
654.- Meritorio es aquello que exige un esfuerzo triunfal, capaz de convertir lo que poseemos en semilla consecutora de aquello de lo que carecemos.
***
655.- Convivir es muy fácil si la convivencia de dos no se convierte en la dictadura de uno.
***
656.- Nada provoca tanto el fracaso como el temor a fracasar.
***
657.- Escribir dentro de un cuadro, pintar sobre un pergamino, hallar música en el verbo.
***
658.- Solo los grandes espíritus desconocen su grandeza.
***
659.- Si piensas que cada día nace, al menos, un inocente que mantendrá su inocencia durante toda su vida, te será más fácil parecerte a uno de ellos. 
*** 
660.- Libre es el que escoge, responsablemente, lo que quiere.
Esclavo es el que elige solo entre lo que le ofrecen. 
Necio es quien, aunque no eligiera nacer y vivir, se empeña en morir. 
***
661.- Di a quienes amas que los amas; si esperas a que te lo digan tal vez los demás hagan lo mismo y nunca sepáis de vuestro amor.
***
662.- Enamórate de las personas, no del Amor.
***
663.- El mejor método para ser feliz mañana es intentar serlo hoy. Porque siempre partimos de lo que somos, no de lo que seremos.
***
664.- ¿No resulta más inteligente un Dios previsor de la diacronía de su creación que otro que se comporta como un prestidigitador desde la Nada?
***
665.- ¿Realmente resuelve algún problema del ser humano la existencia o inexistencia de un Dios ?
***


miércoles, 11 de enero de 2017

Frente al error

Haendel: Sarabande

La vida es un país desconocido que cada uno debe descubrir y conquistar para su propio bien sin arrasar el bienestar ajeno. 
 Dos cosas debemos saber y son esenciales para sobrevivir dignamente: qué queremos y qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo. Es decir: la reflexión sobre nuestro futuro y la voluntad para ponerlo en acción desde el presente; asuntos ambos que deben ir acompañados de ética y responsabilidad. Y si en la búsqueda de ese porvenir, después de haber previsto cuanto podíamos prever según nos enseñó el pasado, nos equivocamos a nuestro pesar, detengámonos y, sin esperar que nadie nos perdone, y sin inculpar a nadie, disculpémonos y perdonémonos a nosotros mismos, porque solo el propio perdón -la propia comprensión- nos es imprescindible. 
     No caigamos en la contumacia de creernos infalibles creyendo que podemos hacer del autoengaño y su correspondiente mentira un ariete para golpear la realidad hasta darle la forma de nuestros intereses. No existe mejor terapia que la de quedarnos solos frente a nuestros errores y defectos una vez que hemos decidido evitarlos con nuestras virtudes para convertirlos en aciertos. 

martes, 10 de enero de 2017

La voluntad hímnica, V: Hacia la luz


Hacia la luz

Este árbol, esta sombra y estos libros
que me procuran placidez y calma
no están hechos para morir; nacieron
al margen de los días para darle
un rostro amable al mundo.
Una hoja ha caído y me reclama
con su fugaz delicia: la contemplo
y el universo me contempla en ella.
Siento desordenadamente
correr el tiempo frágil, que este instante
no será, otra vez, mío.
                                           Cede el alba
su luz, y la mañana se apresura
hacia el ocaso.
Como un escalofrío, la tristeza
deja en mis ojos su melancolía.
Yo quisiera olvidar tanto dolor,
morir para matar
este desasosiego:
                                    y de repente,
rebelde y luminoso,
como si despertase de un gran sueño,
mi corazón se abraza a la existencia,
toco las cosas, vivo.

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Hacia la luz